Las llamas siempre reclaman regresar al alma y cuerpo de su creador. Los juicios a las brujas no se hacían por justicia, sino para sembrar el terror, pero esa es semilla mala, «Quien siembra vientos, cosecha tempestades», dicen los abuelos y todas las escuelas de pensamiento espiritual ¡Y no es broma!, eso ocurre cuando son indignos quienes avivan la hoguera, el fuego finalmente los consume, ley de causa efecto, no hay salida. Cuidado dueños momentáneos del Congreso, los gatos negros se hartan en las sombras.
La Regla de Tres advierte que cualquier energía positiva o negativa que un brujo o bruja emita al mundo regresará a ellos tres veces más fuerte, y este retorno ocurre en los planos físico, emocional y espiritual. Este es el principio “mientras a nadie dañes, haz tu voluntad”, tengan cuidado un rito mal hecho que conduzca al odio rompe el equilibrio de la práctica segura y finalmente la obscuridad te acompaña en todas las vidas y los costos de destrucción alcanza todas las generaciones.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. En 1962 en Massachusetts, reinó la obscuridad, el humo ennegreció el cielo y no como metáfora, fue la confirmación de las decenas de cuerpos ahorcados o quemados en los juicios de Salem, bastaba un soplo, un susurro apenas o simple odio personal sin pruebas bastaba y sobraba para que un juez desdentado y cara agrietada acusara de brujería a la víctima, las denuncias no buscaban la verdad; eso no importa en la dimensión de la soberbia y los bajos instintos, el terror se impone antes del veredicto, al cruzar la puerta del tribunal ya va muerta la inocencia. Cuentan que en un recinto no tan sagrado en el Centro de Tegucigalpa se instaló un aquelarre, donde las brujas ríen, se retuercen del éxtasis condimentado en maldad, tiemblan enfermas de locura ante la angustia de los sacrificios, al fondo del abismo adonde no llega la luz, alguien que no fue electo por nadie, sonríe —retorcido por un cóctel de rencor, amargura y complejos—, marca el celular y satisfecho confiesa su mejor “día político”: “A este también lo voy a castigar… ahora nos vamos a tirar… ja,ja,ja”. Unos dientes amarillos se asoman y un espíritu triste baja silencioso a las tinieblas.


Como reflejo presente de los valores gelatinosos de Sméagol, aproximadamente hoy a las 7:50 de la mañana, el supuesto hombre objetivo y serio, se enroscaba en los brazos de un verdugo, como cucaracha oliendo dulce o lo fétido —Es que… es que… veo un problema, la gente siente que esto es por odio, tenemos que buscar una estrategia, tenemos que inventar algo, para que la gente crea que no hay odio en lo que hacemos, no lo voy a negar, no lo voy a negar, yo también quería estos juicios, pero debemos tener cuidado— mientras su nuevo dueño lo mira y sonríe, no dice más, se acomoda la corbata y no dice más, apenas un “Lo hacemos por la democracia” y otra sonrisa apretada se asoma. El orden se arqueó y el crimen usó la toga, la finalidad nada tiene que ver con justicia, es revanchismo, humillación y control en la casa de la mujer ciega y con balanza inclinada.
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Pero cuidado valientes queridas y queridos, no es un cuento ni una novela de amor, “La Ley de Causa Efecto” existe, es ciencia. En la obra original de Mary Shelley, la obsesión de la “Criatura” por encontrar a Víctor Frankenstein no nace de tierna amistad, surge de una mezcla tóxica de abandono, despecho y una profunda necesidad de reconocimiento. La búsqueda obsesa del “monstruo” por volver al doctor Víctor es el ejemplo literario y espiritual perfecto de cómo el odio y la venganza consumen tanto al creador como a la creación. ¿Entienden jueces?


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Las Tradiciones Neopaganas y Wicca hablan de “La Ley del Triple Retorno”. La Regla de Tres establece que cualquier energía positiva o negativa que un brujo o bruja emita al mundo regresará a ellos tres veces más fuerte. Efecto en tres niveles, algunos practicantes interpretan que este retorno ocurre en los planos físico, emocional y espiritual. Ética de la «Rede», este es el principio de «An’ it harm none, do what ye will» (mientras a nadie dañes, haz tu voluntad) advierte que el uso del odio rompe el equilibrio necesario para la práctica segura y finalmente el pacto es con la obscuridad que te acompaña en todas las vidas y los costos de destrucción alcanza todas las generaciones.


No olviden que, en este teatro jurídico, donde se televisa el cinismo y la sed de venganza, no hay espacios para la defensa, no existe, la guillotina es también mediática. En Salem confesar era la salida, en esta hondura donde el escenario se parece al origen del universo, hay que buscar a los señores, dueños transitorios e inquisidores creadores de la ley y propietarios pasajeros del hemiciclo, para rendirles pleitesía, solo así y solo así, ellos darán perdón y un “pescadito” de 100 mil, uno podría pasearse descalzo por la alfombra sin temor al martillo, la moneda de cambio es hacerse el pendejo y algunos de los casos, simplemente serlo, almas afeminadas que con gusto se estregan a los señores y otros serviles por vocación. Las hogueras de la conveniencia están encendidas, las beatas bailan desnudas y endemoniadas sobre los cuerpos de las víctimas, mientras la justicia, sepa Judas dónde está en este paisaje asolado, por ahora no hay oración que salve este país.


Un “gato negro” camina por las butacas del Congreso, augurio y presagio de males venideros, pero los renglones de Dios se no pueden torcer y no teme el qué está en la hoguera, sino quién la prendió, al juez no se le recuerda el nombre, Giordano Bruno es inmortal. Salem no cae por el exceso de juicios o por los culpables, sino por la exhibición de los altares de sacrificios en un pueblo cansado de sufrir.
En textos bíblicos, el ejercicio de la hechicería impulsada por sentimientos bajos es considerado una abominación que aparta definitivamente a la persona de la gracia de Dios. Y, peor, se enseña que la venganza pertenece únicamente a la divinidad: «Mía es la venganza, yo pagaré». Usurpar este rol conlleva “ira” espiritual severa, porque es haberle dado golpe de Estado o “sucesión constitucional” a Dios. Avanti.

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