EN UN CEMENTERIO MAYA, JUAN Y TOMMY TRANSARÁN EL ALTAR Q EN HONDURAS

Juan Orlando viene por control, fidelidad y viejas estructuras, él nunca fue “nacionalista” usó la estrella solitaria porque solo con crímenes a la Patria “recuperó” poder; en la silla Legislativa, aguarda Tommy, hoy como gobernador “Conejo” aspira a la serpiente emplumada. ¿te acordás Ricardo de tu viaje al “Paraíso”? ¡¿Dónde estás?! Todo vuelve a Copán.

No es gloria lo que abraza el retorno del “hombre”, porque sí volverá pero no cómo él reclama inocencia, trae marcado el traje naranja del penal y la amistad de Tekashi aunque la tormenta es grave no todo está sentenciado, recuérdelo estimado lector y lectora, Juan es –y siempre ha sido– un peón, él cantó por un castigo barato, y si algo nos dice la historia es que en los imperios criminales, siempre hay un tiburón que devora “peces gordos” y esto es fiel al secreto que se llevó Epstein.

Copán Ruinas nos recuerda que todo tiene un final, cayó la ciudad, sus reyes y su civilización, pero su pueblo trascendió y evolucionó –ahora pelean contra mineras en Occidente–, espanta nuestro presente pero tómelo con convicción: quienes nos han hecho daño nunca podrán borrarnos así invoquen demonios y compren sus lealtades, aunque no guste, al final dependemos del noviembre y su elección a “medio mandato”… Tic, tac, el inframundo todavía existe.

Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. En las viejas entrañas de Copán Ruinas, donde los antiguos señores tallaban su destino en piedra, yace la lógica intacta del poder, no se hereda, se construye incluso desde la muerte o el inframundo. Así gobernó K’inich Yax K’uk’ Mo’, enterrado en el corazón de su imperio para sostener, desde abajo, la continuidad del linaje. Hoy, la escena hondureña parece repetir esa profecía con menos grandeza y más obscuridad. Juan Orlando Hernández, “liberado” de su encierro “político” y real, no regresa a retirarse: vuelve a mandar. Como aquel fundador venido de tierras lejanas, entiende que el poder no necesita presencia formal, sino control real. Su ambición es ser el dueño del Altar Q, convertirse en eje invisible, el líder supremo que define quién sube y quién cae, para eso, la silla ya no es de piedra, sino de lealtades, silencios y deudas que aún no se han saldado. Se muestra la señal del señor tenebroso en el cielo y los leales enseñan los tatuajes.

Pero en todo altar hay aspirantes, y ahí aparece Tommy Zambrano, formado a la sombra de Mauricio Oliva durante el ciclo más siniestro del orlandismo. Tommy no es improvisado, es producto de escuela, disciplina interna, de entender cómo se sobrevive en estructuras donde el poder no se discute, se roba. Sin embargo, la historia no perdona a los eternos aprendices, la pregunta es incómoda ¿tiene vocación para ser segundón o hambre para disputar el altar? Porque el poder, como en la antigua Copán, no admite ambigüedades, si hay disputa, alguien tendrá que decidir. ¿Será en un nuevo “Paraíso” privado, como aquel donde coincidieron Juan y Ricardo Álvarez, ¿sellando pactos lejos del ojo público? ¿O será el propio sistema, erosionado pero vigente, el que incline la balanza? Lo único claro es esto: cuando dos figuras se acercan al altar, no hay espacio. Y en política, como en las ruinas, solo uno termina siendo piedra fundacional; el otro, polvo ¿o no Ricky?

Imagen del juicio de Juan Hernández donde fue condenado a años de prisión por tráfico de drogas.

En un cementerio maya, donde el tiempo no muere, Juan y Tommy trazarán el sillón. No será de piedra ni de incienso, sino de impunidad y ambición, como aquellos jeroglíficos tallados en las estelas de Copán que aún hoy descifran poder y destino. Juan regresa como sombra que conoce los pasadizos del inframundo político; no viene a pedir permiso, viene a medir fuerzas, a leer los augurios en los restos de un país cansado y a probar fidelidades. Tommy, mientras tanto, se inclina ante ese altar no por devoción, sino por conveniencia, quiere la banda, el cetro y el control. Ambos entienden que, en esta tierra, como en la antigua ciudad sagrada, el poder no es herencia, es invocación de demonios, hace falta más que discursos; hace falta sangre fría, memoria corta y pactos que se sellan en silencio, como los rituales que jamás quedaron escritos, pero que sostuvieron imperios, por eso es que alguien como Mauricio Oliva, jamás tendría el temple. ¿Prestará el nombre Tommy?

El diputado Tomás Zambrano estrecha la mano a Juan Hernández en la toma de mando de enero 2018, durante la ilegal reelección presidencial.

Copán no fue grande por casualidad, sino por la precisión de sus alianzas y la disciplina de sus élites. Hoy, entre ruinas y cenizas modernas, la historia parece repetirse con menos gloria y más urgencia. Juan no vuelve solo, regresa con el peso de sus “favores” y el eco de lo que fue; Tommy, en cambio, se proyecta como heredero de un ciclo que no termina de morir; ambiciona ser rostro nuevo de viejos y azueles pactos. En ese altar imaginario, ambos juegan a ser sacerdotes de un destino, pero si algo enseñan las ruinas es esto: ningún poder es eterno, y toda civilización que olvida a su gente termina convertida en piedra, visitada solo por quienes buscan entender en qué momento comenzó la caída. Y en este caso, Tommy no podrá imponerse a su maestro. «Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: ¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!» Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas». Reza el poema de Percy.

Zambrano celebrando la firma de Nasry Asfura como presidente del país para 2026-2030.

Aunque pareciera que todo está sentenciado, la realidad es que el futuro permanece abierto, especialmente más allá de nuestras montañas, en las turbulentas tierras estadounidenses. Noviembre, con su fuerza electoral de “medio mandato”, puede transformar por completo el escenario hondureño, donde el control y los intereses se mueven al ritmo de Washington. Es necesario mantener la calma, incluso cuando los asesores más belicosos amenacen con lanzar los vasos, porque en última instancia, para los Estados Unidos lo importante es conservar el dominio sobre esta “Banana Republic”. Motivos sobran; la moral, en cambio, está por nacer.

Durante los mandatos de Juan Orlando Hernández, el lema «fuera JOH» se hizo común entre los hondureños inconformes.

Y el destino de figuras como Juan Orlando Hernández depende de los caprichos del poder norteamericano: lo capturan, lo condenan y lo liberan según les convenga, adaptando los hechos a sus intereses o a la coyuntura, igual que Barrabás, no hace falta ser chamanes para anticipar los escenarios que suelen repetirse, no por arte de nigromancia, sino por la lógica de la política internacional. Basta mirar el pasado para entender el futuro. ¿Quién detuvo el “Voto por Voto” del niño neneco de “La Americana”? Un día cualquiera, ese personaje se subió a un helicóptero, visitó algún “Paraíso” y, al regresar de ese viaje, nunca volvió a desafiar a JOH, las reglas no se incumplen. Así, las reliquias mayas siguen siendo motivo de reflexión, recordando que la historia no sólo se escribe en piedra, sino también en los silencios y pactos del poder. Avanti.

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