TOMMY, “CISNE NEGRO” INCUBADO Y LOS DOS GOBIERNOS

En las horas tenebrosas de la historia hondureña han aparecido distintos cisnes negros, que durante 200 años, han construido esta sociedad mala, hasta hoy. En palabras del genio matemático Nassim Taleb, el “Cisne Negro” es un fenómeno social y político, un protagonista con impacto nacional, que es inesperado, pero cuando sucede, todos dicen que era inevitable.

El Cisne Negro, no es casual, es la reacción natural del cuerpo degradado de la elite política hondureña, así como las viejas familias quedaron pidiendo chambas, sin empresas, sin poder; de la misma manera el Clan del 81 ya ni intenta tomar el control de la presidencia, el “niño Tonka” corre por la empresa de papá, Toño es una decadencia andante y Ricardo metido en medio de algún cafetal y Marcia un fantasma Liberal. El Cisne Negro será un Ranger.

Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. ¿Cuál es el valor de un presidente atrapado en las redes de las elites de una republíqueta? Caía la noche en casa de gobierno, las sombras, hombres y moscas se confundían, aunque con gustos similares. Avanzando hacia el “Altar Q”, aquel hombre que es el primer hondureño se sienta, despacio, cansado —Observa sin decir una palabra — como fiera acorralada, rápidamente saca un lápiz y sobre una nota improvisada escribe “no digan nada de los grupos de poder, cualquier cosa la escriben, me vigilan” … Simplemente sorprenden, acorralado y sin salida el hombre, que por teoría constitucional con más poder, mientras su “Narco- discípulo” ya conspiraba detrás de las cortinas legislativas contra él. Hoy el ambiente es peor, hay dos gobiernos, uno que no sabe que hacer y otro que sabe perfectamente lo que debe hacer y para quién.

Nasry Asfura, firmando sus primeros decretos como presidente ante la mirada del mandatario Legislativo , Tomás Zambrano.

Así como las viejas familias del poder murieron y hoy apenas son los que hacen fila fuera de casa de gobierno, para que a sus hijos les den alguna embajada; así la clase política ha tenido una mutación, de ser los dueños todo poderosos, aquellos tiempos donde Maduro gobernaba o los niños del Clan 81, de “La Americana” bromeaban sobre quien sería el siguiente presidente murieron y de ahí se le dio paso a los “ranger” poderes regionales, que ante la ambición y corrupción desproporcionada, aprovecharon la ola y se colocaron como los dueños de la política, hace muchas décadas no están los árabes en esas posiciones, pero esto no es un accidente, esto no es casual, es causa, estos personajes son un reflejo de las elites, aunque en ocasiones, no les haya ido muy bien…

El exmandatario Hernández, condenado por narcotráfico, habla al oído a Donald Trump.

En las paginas del ensayista y matemático, Nassim Nicholas Taleb, se explica la aparición del “Cisne Negro” que irrumpe, la tranquilidad de los pueblos, un evento impredecible y fuera de lo común que tiene un impacto extremo en la historia, economía y política. Una vez que sucede, tendemos a inventar explicaciones para que parezca que siempre fue lógico y evitable, aunque nadie lo vio venir. En resumen: es la sorpresa total que lo cambia todo. Posteriormente, saltan los analistas que no advirtieron ningún riesgo a llenar las redes sociales y los medios de comunicación para afirmar después de los desastres que era evidente que eso iba a ocurrir, en este caso, estos antiguos teclados se adelantan a contarle la historia del huevo donde se forma, el nuevo “Cisne Negro” que presagia la historia cíclica de la nación hondureña. En cada periodo de decadencia moral, de pérdida de dignidad y de ausencia de verdaderos estadistas, en nuestra tierra, han aparecido los cisnes negros; Manuel Bonilla, fundador del partido Nacional, también le dio vida al oprobioso titulo de “Repúblic Banana”, antes de él, otros Cisnes Negros conspiraban día y noche para destruir la Federación Centroamérica de Morazán y más cerquita, el busero el Micheletti y ayer por la tarde Juanchis. La Honduras de Morazán, Macondo de Gabo y Comala de Rulfo, son lo mismo.

El dictador, Roberto Micheletti, alza la mano del golpista Romeo Vásquez Velásquez, días después de derrocar al expresidente, Manuel Zelaya.

En ese escenario aparece T. Zambrano, no como accidente, sino como síntoma de una profunda enfermedad de país. Se le ha mencionado en tramas que rozan la manipulación legislativa y decisiones opacas que favorecen intereses específicos, episodios que, lejos de ser anomalías, reflejan una forma de ejercer el poder donde la transparencia es estorbo y la institucionalidad, un discurso aburrido de la dictadora Castellanos que recita mientras se baja de la lancha con un acusado (pero su compa). Su ascenso, desde márgenes alejados de las élites tradicionales, podría seducir a quienes buscan historias de ruptura, pero lo que realmente expone es algo más crudo: un sistema que ya no necesita apellidos ilustres, sino ejecutores eficaces en su propia lógica decadente, un lugar del mundo donde la construcción de valores patrios es un proyecto y el Estado, una ilusión. Como ocurre con los cisnes negros que no terminan de nacer, como esos representantes de poderosos que se mueven en los congresos; en cambio el que irrumpe elegido por fuerzas obscuras, como Juan Orlando Hernández, en este caso, el nuevo huevo no es casual.

Ambos, encarnan una transición silenciosa: de la estructura nacionalista, hacia instrumentos de la ocasión, tal como dice Sor Juana Inés de la Cruz al servicio de los grupos que determinan el destino de todo un pueblo, donde la lealtad sustituye al mérito, en este nido olvidémonos de palabras sin sentido, como gobernanza, democracia, República y soberano, simplemente la utilidad desplaza todo interés de país.

Zambrano carga cajas con pruebas a su favor cuando fue acusado por el caso de corrupción «Fe de erratas».

Hernández, sentenciado por narcotráfico y otros crímenes, no fue anomalía aislada del sistema, sino el precedente de un modelo que normaliza la acumulación de poder sin dar cuentas a nadie. En esa línea, Zambrano es la continuación de un modelo putrefacto, productor de una sociedad sin esperanza. No estamos ante cisnes negros que irrumpen en un sistema sano, sino ante figuras que emergen cuando el lago ya está contaminado. La verdadera sorpresa no debería ser que existan, sino que aún insistamos en verlos como eventos extraordinarios y no como el reflejo predecible de una élite que, en su degradación, terminó por producir exactamente aquello que dice no comprender y cuando ya no les son útiles los envían a caminar por los círculos de Dante.

Momento en que Juan Hernández es llevado hacia avioneta de la DEA en su extradición.

Hoy Honduras no es gobernada por un solo poder, sino por una fractura evidente que ya no se oculta. Dos gobiernos conviven: uno débil, errático, que habita en Casa Presidencial como quien ocupa un espacio prestado desde donde una María hace un daño terrible como una regente-gobernadora; y otro que opera con precisión desde el Congreso Nacional, donde no se improvisa, se ejecuta. El primero reacciona, nombra, gira, prueba nombres como quien lanza dados —figuras como Marvin Ponce o ROMA aparecen no como parte de un proyecto, sino como la ausencia de uno—. Noventa días han bastado para confirmar que no hay ruta clara, que el poder Ejecutivo ha sido reducido a una función menor: administrar presiones, firmar lo que llega y sobrevivir al día siguiente. Un “tomador de pedidos” en medio de una crisis que no entiende o no quiere entender, mientras los combustibles suben, la incertidumbre se acumula y la inconformidad popular comienza a tomar forma. Hoy el Ejecutivo es territorio asaltado, desde adentro y desde afuera y el máximo representante es solo un jefe de protocolo.

Zambrano junto a diputados nacionalistas reunidos con la entonces embajadora de EEUU en Honduras, Lauda Dogu. 

Del otro lado, en el Congreso Nacional no se titubea. Ahí no hay dudas, hay estrategia. Se ordenan mayorías, se ajustan cuentas, se persigue políticamente cuando es necesario y se reconstruyen equilibrios a conveniencia. La justicia deja de ser un árbitro para convertirse en herramienta, y las alianzas ya no responden a principios, sino a utilidades inmediatas, incluso si eso implica sentarse con los actores más cuestionados del tablero. En ese movimiento, el Partido Liberal no es adversario ni socio es absorbido, diluido, reducido a pieza funcional dentro de una lógica mayor. Así, mientras el Ejecutivo parece no saber hacia dónde va, el Legislativo tiene absoluta claridad sobre qué quiere, cómo lograrlo y para quién trabaja.

Cuando el poder real deja de residir en quien ostenta el cargo y se traslada a quien domina las reglas, lo que emerge no es caos, sino una nueva forma de control. Una donde las figuras visibles —presidentes, diputados, operadores— son intercambiables, pero la lógica permanece intacta. Honduras no está siendo sorprendida por eventos extraordinarios; está siendo gobernada por las consecuencias previsibles de su propia degradación. Y en ese escenario, la pregunta ya no es quién será el próximo “cisne negro”, sino cuánto tiempo más se seguirá fingiendo que no sabemos exactamente de dónde viene el caos. Avanti.

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