En la bajamar moral de las sociedades, emergen los seres de más bajos instintos, se odia al patriota y se rinde homenaje al traidor, así transita la sociedad hondureña en el presente, personajes como Cosette y Ana Paola siempre los hemos tenido en la historia de Hibueras, como capataces en las bananeras, emocionados de hincarse al extranjero y remachar el grillete en el cuello del pueblo.
Las consejeras mataron lo que quedaba de “democracia electoral” era tanto el jolgorio y las noches de chicas en la embajada francesa catando diferentes vinos de la viña europea que ¡Sorpresa! Dieron resultados electorales sin siquiera abrir cientos de cajas, de algún hondureño que creyó su voto tenia alguna importancia, no aceptaron el conteo de voto por voto.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. El poder, no es bueno, ni malo, absoluto o permanente, depende quién lo ejerce. Cuentan que Micheletti, ante la presión internacional y la Resistencia en las calles, lloraba como niño pidiendo el vientre materno, pero figuras obscuras presionaron al anciano busero a continuar con la farsa; usaron su ambición desmedida para un objetivo mayor: mantener el control del sistema. Hoy suenan los tambores de premios y reconocimientos para seres siniestros que, sin escrúpulos, prendieron la hoguera donde el hondureñito será quemado y no como Giordano Bruno, sino más bien como un venado cazado por el enfermo Torquemada. Hace mucho nos enseñaron a odiar nuestro propio progreso, ser enemigos de nosotros mismos, ahí del Himno Nacional recordándonos que somos colonia, avergonzarnos de nuestros colores, que el sometimiento al extranjero es inevitable, aunque mate niños, aunque sea un narcisista, aunque sea un pedófilo. El periodista sin empacho enciende la cámara y dice “ni modo, tenemos que obedecer” y el débil y analfabeta cerebro obedece. De esa tierra fértil de la ignominia vienen Cossette y Ana Paola.


Abusando y profanando la imagen de Baudelaire, una suerte de seres perversos manipula los cuerpos de las dos señoras venidas a menos, completas desconocidas que de pronto son más “rockstar” que los “The Rolling Stones”, ocupan las portadas de los medios tradicionales y, como dijimos antes, alérgicas a la virtud y moral, son los disparadores, las operadoras del crimen y la perversión que maquinó contra un pueblo y sus ideales; tendrán premios, reconocimientos y chamba, confites y confeti, pero siempre serán lo que son, ni más, ni menos. No es la virtud la que las ha llevado donde están, es la traición a la voluntad del hondureño, pensamiento propio o amor patrio. Siempre serán los apetitos individuales, las envidias que recorren como fantasma invadiendo los rincones del alma que ya días no ven, antiguos miedos de inseguridad, la manipulación del sueño con ansiolíticos para no sentir el dolor, el dolor de lo que son: mandaderas.


En la novela de Maupassant, Georges Duroy —Bel Ami— no asciende por virtud, sino por habilidad para moverse entre sombras y convertir vínculos en trampolines; no crea el poder, lo seduce; no reforma el sistema, lo aprende y lo usa. Algo similar ocurre cuando operadores políticos, como Ana Paola y Cossette, señaladas y cuestionadas tras el proceso electoral anterior por sectores que denunciaron delitos electorales, 26 audios no fueron suficientes para el Fiscal, no enfrentan un debate ético proporcional al ruido que generaron aquellas acusaciones. Lejos de quedar marcadas por la controversia, parecen transitar hacia nuevos espacios de reconocimiento. Como Bel Ami, entienden que en ciertas estructuras lo determinante no es disipar dudas, sino sobrevivirlas; no es desmontar la sospecha, sino dirigir hasta que se vuelva irrelevante. Y mientras la opinión pública se fragmenta entre versiones, el ascenso continúa, envuelto en una narrativa donde el premio sustituye al escrutinio y la influencia de la estructura termina pesando más que la transparencia.


Cuentan que se deslizaba 4 slides de pizza Cosette frente al “escondite secreto” de Ana Paola que todos conocían. Se reían de la frivolidad con la que un proceso electoral de un país se determinaba; entre cuchicheos, como cucarachas meneando las patas, el mentiroso periodista quedaba en ridículo, hablando de procesos de persecución mientras ellas compartían una Coca-Cola 0 (por la dieta) y declaraban en tierra francesa, al ganador de la presidencia hondureña. Ana Paola y Cosette no son importantes en sí; es más bien la ejemplificación de un sistema inescrupuloso donde todos se ponen de acuerdo para mantener el control, son simples eslabones corroídos de las viejas cadenas del atraso nacional. Lo peor es que no es para ellos mismos, sino para entregarlo al extranjero, así ha sido siempre en Hibueras, hasta hoy. Como en el cuento de Maupassant; por más que Georges Duroy —Bel Ami— baile en el salón, no significa que la fiesta le pertenezca a él, son simples meseras de los señores y de las moscas.


En la tierra donde el poder no pide permiso ni ofrece disculpas, las controversias se diluyen con la misma rapidez con la que se entregan reconocimientos. Ana Paola y Cossette, señaladas por amplios sectores tras el proceso electoral anterior, no fueron arrinconadas por la sospecha, la atravesaron. Como Georges Duroy de Guy de Maupassant, comprendieron que el sistema no exige pureza, sino habilidad. Duroy no inventó la corrupción de los salones parisinos; simplemente aprendió a navegarla, a seducirla, a convertir cada vínculo en peldaño. Así también, en nuestra versión tropical del poder, la polémica no sepulta carreras, las redefine. Mientras unos pedían auditorías y explicaciones, otros ya afinaban los tambores del aplauso. Y es que en Honduras la memoria política suele ser breve cuando la influencia es larga. No es la absolución lo que garantiza el ascenso, sino la capacidad de resistir el ruido hasta que el ruido se canse. El premio llega cuando la indignación pierde pauta.


Pero, como en la novela, conviene no confundir protagonismo con propiedad. Duroy baila en el salón, deslumbra, asciende… pero nunca es dueño de la fiesta. Ana Paola y Cossette no son el origen del engranaje; son su expresión visible. El verdadero poder permanece intacto, intercambiando piezas cuando es necesario, recompensando lealtades, blindando discursos. Hoy pueden sonar reconocimientos y flashes; mañana habrá nuevas figuras listas para ocupar el mismo lugar. Lo inquietante no es que dos nombres generen controversia, sino que el sistema premie la capacidad de sobrevivir a ella. Porque cuando el escrutinio se vuelve opcional y la ética negociable, el ciudadano común termina reducido a espectador de una obra donde el guion ya está escrito. Y como en Maupassant, el aplauso final no limpia la sombra del trayecto: solo la maquilla bajo luces más intensas. Avanti.

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