REFLEXIÓN / XIOMARA CASTRO, SIMPLEMENTE, EL LEGADO

Xiomara Castro dejó la presidencia de Honduras y, tras de sí, un legado que hoy queda en reposo, será en otro tiempo histórico cuando se revelará todo el esplendor. Gobernó un país anclado durante siglos, pasaron 130 años para que, por ejemplo, se construyera un hospital; demostró que las empresas públicas si funcionan, la infraestructura y la salud. De ahí el lamento de industriales honestos: “La presidenta, con su amor por el país, pudo haber logrado mucho más si todos los sectores hubieran dejado de lado el miedo”.

Pero Castro va más allá del ruido aldeano y la mediocridad mental, su paso por el poder marcó una ruptura poco común en la historia del país: gobernar sin apropiarse del Estado, bueno lo de ella es altura virtuosa y un ejemplo para esos que agarran cargos que no ganaron, otros los toman sin participar en elecciones y otros se roban los votos y algunos usan algoritmos para aumentar en cientos las cifras de las actas.

En una Honduras acostumbrada a ciclos inconclusos y salidas forzadas, su retiro conforme a ley dejó una moderna y profunda lección política que solo el tiempo podrá dimensionar. No fue un gobierno perfecto, pero sí uno que irrumpió la inercia de gobernar contra la gente y devolvió al poder popular a un límite que parecía perdido. Si alguna vez caminamos como país, fue éste, y ella mismo lo entendió: “el gobierno de la primer mujer presidenta entregó alma y cuerpo para que este país esté listo para despegar”. ¡Ojalá racha!

Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. En un evento público, la gobernante Castro, previo a entrar en una reunión de altísimo nivel, decidió ir a saludar a los periodistas allí reunidos; sin embargo, tenía una solicitud inusual: “Por favor, jóvenes, solo deseo hablar con ustedes, apaguen las cámaras y no graben nada”. Miradas curiosas de los representantes de los medios de comunicación más importantes ahí reunidos, algún susurro acaso; la mujer gobernante se acerca segura y con sonrisa, da la mano a cada persona y esos mismos carroñeros que una semana antes la atacaban y hoy estaban frente a ella, la alababan, decían que no entendían el porqué la ofendían allá en cabina, el director del medio o los dueños… Algunas y algunos portavoces parecían poseídos por demonios de gula, odio y avaricia, solo rendían culto a su dios, al patrón de los viajeros, comerciantes, pastores y ladrones, famoso por inventar notas para dormir y llevar sandalias aladas.

La presidenta Xiomara Castro llegó a la jefatura de la República en 2022, gobernando el país hasta 2026, destacando su gestión por la fuerte inversión pública , que abarcó sectores históricamente olvidados como la infraestructura pública, la salud y los deportes.

Aunque sí lo sabía y también lo entendía, ese réquiem de las salas de redacción no es veneno ambiental que ignora el comunicador, pero no era el momento de confrontar, sino de escuchar: “A mí no me importa que me ataquen, sabemos lo que estamos haciendo por el pueblo y me siento orgullosa de eso, pero, ¿saben? —dijo la gobernante— una de las cosas que más me satisface son esas salas neonatales (unidad hospitalaria especializada en la atención de bebés recién nacidos), ver que las mujeres ya no van a parir a sus hijos en el suelo, que no tienen que ir hasta Tegucigalpa o San Pedro; eso me llena mucho de felicidad”.

Inmediatamente, los ojos se nublaron y todos los periodistas callaban, como todo buen “Sherlock Holmes”, cualquiera sabe que lo que acabamos de presenciar es noticia; esa sensibilidad no abunda en un político por los hijos del obrero, del pobre, del pueblo; quizá en 130 años no ha pasado y ella pide “apaguen las cámaras”. Alguno dijo: “¡Qué mierda, esa era la noticia!” Pero a la mujer hecha presidenta no le importaba la primicia o la exageración o la pantomima de amor por su gente; ella fue quien era, desde la dignidad de la mujer hondureña: guerreras, libres, fuertes. Una pequeña historia, que jamás se contó, que expresa un pincelazo de alguien que fue presidenta y que su legado será estudiado como memoria nacional en el futuro, con menos sesgos, sin injerencias, sin envidias, sin traiciones.

La presidenta de Honduras, Xiomara Castro, siendo galardonada con el premio “Pioneras en Liderazgo Político Femenino” durante la Cumbre Mujeres Líderes Políticas 2025, celebrada en la ciudad de Podgorica, Montenegro.

Honduras amaneció cansada, con ese cansancio antiguo que no se quita durmiendo, sino recordando algo pesado y viejo en el alma. Y en medio de ese país que parecía condenado a repetir el castigo, el gobierno de Xiomara Castro empezó a mover piezas que durante décadas nadie quiso tocar. No fue épica inmediata, fue trabajo lento, la fábrica de pobres comenzó a retroceder en varios puntos porcentuales, no por milagro, sino por decisión política. Cientos de miles de familias dejaron de caer un poco más abajo gracias a subsidios directos, a la contención del precio de los combustibles, del gas doméstico, de la energía que antes se llevaba el salario entero (o más). Más de un millón de pares de zapatos llegaron a pies infantiles que caminaban descalzos hacia escuelas olvidadas, y junto a ellos, mochilas, cuadernos y computadoras que encendieron por primera vez una pantalla sin miedo. No eran regalos, eran deudas históricas pagadas tarde. Defender la soberanía también fue poner límites, decir no donde antes solo hubo obediencia, recuperar la voz del Estado frente a intereses que trataban al país como finca de bananos. Nada de esto borró el dolor acumulado, pero interrumpió la caída libre, y en un país acostumbrado a hundirse, detenerse ya es un acto de rebeldía. En una de tantas majestuosas obras inauguradas, cierta vez dijo la presidenta en San Pedro Sula: “Hicimos un recorrido con todos los periodistas por los modernos trabajos en el aeropuerto, está muy bonito, ahora es una puerta de salida y de entrada de mucha dignidad para Honduras, pero saben qué, no lo repitan, ningún medio sacó una sola noticia de esa modernidad”.

La presidenta Castro confronta a oficiales de la seguridad del Estado en el marco de las protestas contra el derrocamiento del mandatario Manuel Zelaya, en 2009.

Hay una melancolía que acompaña estos cambios, porque Honduras sabe que cada avance costó sangre, amenazas y silencio; es imposible no pensar en aquellas damas invisibles —como María Josefa Francisca Úrsula de la Santísima Trinidad Lastiri Lozano, viuda de Travieso de Morazán, y tantas otras— cuya existencia permitió que, siglo y medio después, las mujeres pudieran votar, decidir y gobernar. Xiomara Castro no llegó sola: llegó empujada por una memoria que no se resignó a morir. Los programas de vivienda social, alivios a las cargas económicas de las familias, la energía subsidiada para los más pobres, no son solo políticas públicas, son señales de un Estado que vuelve a mirar hacia abajo, donde siempre estuvo el pueblo. Proteger la soberanía no fue discurso, fue negarse a seguir entregando recursos, recuperar dignidad en un mundo que exige columnas blanditas, como esas que les encantan a los señores serios presentadores. Honduras sigue herida, sigue triste, pero ya no completamente arrodillada y en esa nostalgia lúcida, sin aplausos fáciles, hay verdad, no una realidad, ni una percepción, solamente verdad: por primera vez en mucho tiempo, el Gobierno administró los bienes para su propia gente y no como fue siempre, el Gobierno contra el pueblo, contra la mayoría de empobrecidos y condenados a la desgracia en esta tierra, pero no se resientan, tienen la promesa que al morir al menos barrerán calles de oro en el cielo, pues, el oro de este mundo es de pocos y solo ellos lo tocan y disfrutan en el extranjero como extranjeros.

El legado de la presidenta Castro se extiende en diferentes áreas , como la salud con la construcción de nuevos hospitales, inversión en salud, como las salas neonatales, el desarrollo rural y también deportivo, entre otros.

Obvio, esta no es una historia de panes duros con mostaza y de estómagos hinchados por almas turbias. Es la historia de una mujer que luchó desde abajo, que un pueblo la identificó como igual y la dejó gobernar y ella les cumplió, no tuvo conflictos para dejar el poder, dijeron “Van a desintegrar el Congreso para quedarse” y no pasó; “Va a utilizar a los militares para quedarse” y no pasó; “Van a hacer fraude electoral, para quedarse” y no pasó; “Van a quitarle a la gente sus empresas” y no pasó. Sin embargo, la presidenta Xiomara caminó entre los caníbales de los que compran mentiras, soportó a las fábricas de noticias falsas, vio los cuerpos obscenos de quienes engañaban y observó con paciencia que solos, cayeran en ridículo, no una vez, sino por cuatro años. Castro no estuvo ni un minuto más de lo que la ley lo permitía, cerrando un ciclo para la historia del país, como la mejor presidenta en la historia del país.

Un punto que se ha destacado de la gestión de Castro es su apertura al mundo multipolar, devolviendo respeto a la imagen internacional de Honduras al liderar organismos como la CELAC, así como la apertura de relaciones con China y su visita al país asiático, donde fue recibida por el presidente Xi Jinping.

En un país donde el poder siempre quiso quedarse un día más, Xiomara Castro se fue cuando debía irse. No necesitó tanques, ni discursos encendidos o enemigos inventados, aunque se los crearon cuando fue necesario ir desprestigiando a Libre. Caminó entre la desconfianza, soportó la injuria, dejó que los mercaderes del miedo se agotaran solos y entregó el mando sin drama, como quien entiende que gobernar no es poseer. Honduras, acostumbrada a despedidas violentas, asistió a algo inusual: un ciclo que cerró conforme a la ley y no a la fuerza. El juicio definitivo no le corresponde a esta generación —demasiado herida, demasiado cercana— sino a la historia, que con menos ruido y menos odio sabrá reconocer cuándo un país dejó, aunque fuera por un instante, de devorarse a sí mismo. Su máxima queda para la memoria histórica: “Hice en cuatro años, lo que el bipartidismo no pudo en 130 años”. Y su sonrisa fresca y sincera de mujer correcta, es una daga filosa en la hipocresía de los que desde el poder político y económico han encarcelado y saqueado al pueblo hondureño por siglos, esa sonrisa ¡jajajaja! se queda para siempre en los hondureños que amamos Honduras. Avanti.

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