ANÁLISIS, HONDURAS / 2022–2026… HOY CON LAS CABAÑUELAS DE LAS PRIMERAS HORAS

LIBRE debe ensanchar su credibilidad, abriéndose en segunda línea de combate, más estratégica. Inyectarle inteligencia al trabajo y analizar de forma honrada los hechos duros. Formar para ello sus cuadros de estudio y trabajo político. Y, con el fin de reconstruir credibilidad, con densidad moral, ser capaz de articular oposición seria, de amplia aceptación, cita desde la autocrítica el diplomático y pensador hondureño, Rodolfo Pastor Fasquelle.

El partido debe hablar a la ciudadanía vulnerada, necesitamos más vocería unificada, con rostro efectivamente limpio; más alianza técnica y mensaje amplificado para el hondureño resentido con la burla del fraude, para que se entienda quiénes son los culpables y el daño que se le hace a la viabilidad de la nación. Y necesitamos dejar de proteger a los fraudulentos, si queremos ser los paladines de las elecciones limpias y la virtud cívica.

Rodolfo Pastor Fasquelle
EL LIBERTADOR
redaccion@ellibertador.hn

Escribo solo de lo que conozco; lo que desconozco es mucho más, y solo lo descubrirán otros en un futuro incierto. Nadie previó que íbamos a necesitar una crónica y hace falta un recuento. Muchos estamos sintiéndonos mal, porque tenemos una visión crítica de lo ocurrido; también yo entiendo la caída sin tobogán. Pero estoy listo para un año nuevo y para los próximos cinco años de lucha. Ojalá siete, mi número de suerte.

Ganamos porque logramos transformarnos en opción ciudadana, transversal, de cambio. Contundentemente. Nadie habló de fraude cuando hace cuatro años, luego del triunfo de Xiomara Castro en las elecciones de noviembre de 2021, Honduras —y nosotros también- empezamos jubilosos una jornada colectiva que acabó en tristeza y fracaso, en noviembre pasado. Cuando una gran mayoría del pueblo hondureño asistió y nos rechazó en las urnas, en las que luego de una decisión en el conclave de los señores del inframundo y de la derecha internacional, se restauró al poder al tradicionalismo político, que había probado ser letal desde hace medio siglo. Sometida al Consenso de Washington y contaminado por las nuevas industrias clandestinas, pero incapaz de generar las condiciones —de empleo y servicios— para retener a la población y despegar un desarrollo, o de evitar la conflictividad que hoy recomienza. A fines de los setenta, Honduras estaba atascada.

En la gráfica, el embajador hondureño Rodolfo Pastor Fasquelle presentó sus cartas credenciales al gobierno de Corea, acreditándolo oficialmente.

Supimos hace cuatro años que tendríamos una oportunidad para administrar el país; sería un reto difícil; creíamos tener lo que se necesitaba para ser exitosos. Nos alegramos en aquel entonces de ver rostros nuevos cuando se anunció el gabinete. Aunque sabíamos que no teníamos las destrezas acumuladas y que habría que pagar el costo de la curva de aprendizaje y del tropiezo inicial, no había otro camino para preparar el futuro. El país estaba dañado.

Los estadounidenses nos presionaron desde el primer día. No la teníamos fácil ni teníamos el porqué esperar que lo fuera. Por supuesto que la derecha internacional se propuso igual desde el primer momento generar ingobernabilidad, y la verdad es que no consiguió mucho. Otros lo habían tenido más difícil. De cierta manera, la Presidenta, tan poco ponderada, fue una figura empática. Dio instrucciones como debía, confió -quizás demasiado- en su equipo, por supuesto en sus parientes. No conozco las interioridades que explicarían porque la buena intención no se tradujo en una mejor gestión; pudiera haberse debido a fallas estructurales contradicciones, líneas paralelas y ojala no sabotajes a la conducción.

Pero fracasamos. No hay excusa. A otros les hicieron guerras contrarrevolucionarias y los invadieron; los aislaron y bloquearon de verdad. A Honduras, pese a las publicitadas mentiras, siguió llegando inversión y crédito, la cooperación y el turista hasta este año pasado en que incluso otros gobiernos desalentaron la visita. Y no logramos llenar las expectativas de la gente. Perdimos la confianza generalizada con que antes ganamos

No solo no se expandió la base electoral del Partido, como hacía falta a futuro; no se mantuvo el caudal original. No fue solo el fraude. Perdimos un millón de voluntades que no eran de Nasralla. Que estaban hechas de ilusión, de la esperanza que todavía despertaba la refundación, quizás de ingenuidad. Nos ilusionamos sin asidero con que eran nuestras, esas almas; y solo eran prestadas. Y nos desconectamos de lo que ellas estaban sintiendo o pensando, embobados con nuestras propias fantasías de poder, engañados por amigos que nos celebraban, nos chuleaban.

No se puede con honestidad dejar de reconocerlo que perdimos simpatizantes, ni tampoco se puede reconocerlo y exigir la nulidad. LIBRE es mi Partido, no nos divida nadie; pero cuando quiera ganar elecciones, y cuando desde el poder quiera gobernar simbólicamente, debe dirigirse a la ciudadanía.

La desconexión interna de LIBRE, incluso con su militancia, se tradujo en desconexión con el entorno. No es cierto que no hiciéramos nada. Buscamos relacionarnos con el mundo, aunque tardamos y trabajamos en abrir mercados torpemente; reparamos las escuelas, aunque no invertimos suficiente en magisterio; trabajamos en las carreteras y en la electricidad. Pero siguió habiendo cortes. En algo se redujo el crimen violento, pero demasiado poco, y persistió la sensación de inseguridad y de impunidad.

Fallamos en la congruencia, en la comprensión de que no podíamos permitirles a los propios lo que le habíamos condenado al otro. Teníamos que decirle a la ONU que nuestros votos estaban a la orden y los de los amigos, pero no controlábamos a la mayoría del Congreso, compuesta precisamente por los delincuentes que había que perseguir. Que firmábamos el convenio de la CICIH en todo lo que nos correspondía como Ejecutivo, para que lo implementaran cuando se resolviera esa contradicción. No lo hizo Xiomara y no lo recordó ni prometió Rixi.

Fue una mala estrategia tratar de remediar el desencanto de la refundación con un ilusionismo revolucionario. No es que la Corte fuera del bipartidismo; ¿ acaso es que no supimos empoderar a quien hacía falta allí, para hacer valer nuestra minoría? Que trabajamos como si no hubiera que refrendar el mandato. Fallamos más aun en el estilo que en el contenido. La gente se molestó con deficiencias ocultas que conocían en carne viva.

Fallamos catastróficamente en la comunicación, en la falta de estrategia, de visión y de mensaje que caracteriza al auténtico liderazgo. En vez de exigir reformas electorales —que ahora reclaman múltiples sectores independientes— nos sometimos al sistema que sabíamos que no servía, excusando que no contábamos con la correlación de fuerza para obligar los cambios mas útiles ¿cuándo pudimos apoyarnos en la sociedad civil para institucionalizarlas?

Se dio, hace un mes, un proceso electoral gravemente viciado, catastrófico, con anomalías tan extensas y visibles que ni la prensa, favorable al resultado, logró presentarlo como una elección limpia, menos aún la observación internacional objetiva. Eso no equivale aún a una verdad judicial incontrovertible; pero sí constituye una verdad política fuerte: la elección nació bajo sospecha estructural. Y LIBRE hace bien en recordarlo.

Hay que reconocer incluso un mérito en la difícil crisis poselectoral. Es correcto defender mil votos con que pudimos ganar la capital, lo que es simbólicamente importante, sin dejar de ser, en todo caso, pírrico. Se vale trabajar con método y sistema en la documentación jurídica del fraude, ante simpatías independientes, trabajar en la demostración del fraude para el publico general. Sin pretender usarlo como coartada o como excusa. Convirtiéndolo en levadura para la conciencia de la reforma imperativa.

Se debe entender que hay ciudades distintas, como San Pedro o La Ceiba, en donde la derrota exige una autocrítica drástica y un viraje radical del partido; buscar las claves; ponerlos correctivos necesarios. LIBRE no debe salir del sistema, ni abandonar el Estado, ni llorar su derrota como Magdalena, sino exigir responsabilidad por el fraude y por la propia perdida de credibilidad ante los independientes que son, como me dijo alguna vez un borracho lúcido, los que le dan el triunfo. Los liberales no nos van a ayudar, pero se debe retomar la senda que busca consensos amplios. Esos que te recomendamos, Rixi. Y, sin embargo, ¿seguimos en la desconexión?

También se está fallando ahora, con la misma ceguera. LIBRE no puede quedarse en consignas ni en el victimismo. Mel Zelaya, que fue nuestro fundador y es líder histórico del Partido no puede seguir siendo la única voz que repite sin cesar el mismo reclamo personal.

Necesitamos más voces: nuevas, creíbles, sobrias, capaces de seducir a un auditorio más amplio y ciudadano, porque LIBRE debe hablar ya en clave de ciudadanía vulnerada, más que como partido resentido, haciéndole ver al ciudadano y a los mismos empresarios lo que pierden con el fraude y el entreguismo prometido. Para la mayoría desafecta que destacó por encima del fraude electoral, la voz de un único caudillo es ruido, excusa y revancha. Necesitamos más vocería unificada, con rostro efectivamente limpio; más alianza técnica y mensaje amplificado para el ciudadano resentido con la burla del fraude, para que se entienda quiénes son los culpables y el daño que se le hace a la viabilidad de la nación. Y necesitamos dejar de proteger a los fraudulentos, si queremos ser los paladines de las elecciones limpias y la virtud cívica.

El Partido debe ensanchar su credibilidad, abriéndose en una segunda línea de combate, más estratégica. Inyectarle inteligencia al trabajo y analizar de forma honrada los hechos duros. Formar para ello sus cuadros de estudio y trabajo político. Con el fin de reconstruir una credibilidad perdida, con densidad moral, ser capaz de articular una oposición seria, de amplia aceptación. Capaz de reconquistar incluso esas voluntades y luces perdidas, no por negligencia o indiferencia o culpa suya, si no como protesta silenciosa,  legitima, contra nuestras fallas del pasado.

Yo me declaro esperanzado listo, para seguir peleando. Desde la posición que se me asigne en el colectivo de la militancia honesta. Sin inocencias ni lirismos. Para luchar por lo que es justo y necesario: la justicia, la democracia real, el derecho universal, pero sin ficciones juridicistas. Entendido analítica y rigurosamente desde la realidad del mundo y del país.

No como gesto individual, sino como parte de una responsabilidad cívica, que no se agota en un partido ni en una elección. Porque si algo ha quedado claro es que no basta con tener razón, ni siquiera con tenerla dos veces. Hace falta método, orden, inteligencia política y conciencia del tiempo histórico que habitamos. Entendimiento de la obligación de apelar a todos los ciudadanos conscientes y de concientizar los que no lo están.

Esta vez hay que esforzarnos mas por aprender, que es un acto de humildad, para poder educar, es decir facilitar el aprendizaje del otro, con eficacia. Mas que cualquier otra cosa, los políticos democráticos tenemos que ser maestros humildes del pueblo. Para lo cual por cierto, antes tenemos que ser humildes y respetuosos.

Educarlo. Sin dogmatismos ni supersticiones caudillistas. Sin excusas, asumiendo la responsabilidad de nuestros actos y de nuestras negligencias; con estudio y seriedad; sin confrontación estéril ni teatralizaciones que confunden ruido con fuerza. Con conciencia exacta del lugar en que estamos, del pueblo que es nuestro pueblo y del tiempo que es nuestro tiempo, cuando ya no nos queda tiempo para improvisar.

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