Expertos destacan que establecer normas y brindar afecto fortalece la seguridad emocional de los niños y les ayuda a desarrollar habilidades esenciales para la vida en sociedad.
AGENCIAS / EL LIBERTADOR
¿Qué necesita un niño para ser feliz? En el siglo XXI, esta pregunta ya ha trascendido las necesidades básicas y va un paso más allá. ¿Necesitan los niños miles de juguetes? ¿Necesitan o no necesitan acceso a las pantallas? ¿Necesitan límites? ¿Necesitan que los protejamos de lo que sucede a su alrededor? El mundo puede ser un lugar oscuro para los niños, y como adultos nos sentimos inclinados a pensar que sí, necesitan que les protejamos del mundo que les rodea.
Y en cierta medida, acertamos. Fue Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, quien dijo: “No hay necesidad más intensa para un niño que la protección de un padre”. Pero también sabemos, gracias a expertos en crianza a los que hemos entrevistado y a otros tantos especialistas que tratan sobre el tema, que cuando la protección se nos va de las manos, se convierte en una forma más de maltrato. Encontrar el equilibrio es, por tanto, más importante que nunca.
UNA NECESIDAD BÁSICA
En tiempos de Freud, las palabras “crianza respetuosa” no estaban sobre la mesa. La primera mitad del siglo XX fue cruel para los niños en muchos aspectos, por lo que el psiquiatra sentía que debía manifestar algo que sus estudios en psicoanálisis mostraban a la perfección: el niño necesita sentirse protegido para poder explorar el mundo sin tanta ansiedad.
La figura paterna (que ahora sabemos que no se encuentra únicamente en el padre, sino que puede depositarse también en la madre, abuelos, tíos u otras figuras de referencia) es la imagen de la autoridad, pero también es la fuente de contención, estabilidad y confianza que necesita el niño para formar una base psíquica sólida.
Este punto es importante, porque establece un binomio esencial que, quizá, hemos olvidado en el siglo XXI: autoridad y seguridad van de la mano. Para que los niños se sientan protegidos, necesitan límites.


PONER LÍMITES
Los límites son un tema frecuente entre los expertos en crianza del momento, porque no son pocas las veces que confundimos proteger con malcriar. Pensamos que poner límites a nuestros hijos les hará sentir frustración, y que esa frustración les hará infelices. Pero nada está más lejos de la realidad.
“Yo siempre digo que tiene que haber un equilibrio entre disciplina y amor”, decía la educadora Diana Al Azem en una entrevista que concede a este medio. Para que los niños se sientan seguros, necesitan límites.
El experto en el cerebro infantil, Álvaro Bilbao, lo explicaba también en una entrevista para Cuerpomente. “A veces confundimos el afecto con la sobreprotección y la amabilidad con permisividad. Lo difícil es encontrar el equilibrio: no tienes que darle un sopapo a tu hijo, pero tampoco dejarle hacer lo que quiera. Hay que poner límites y normas intentando que el niño lo entienda, pero el límite tiene que estar por encima muchas veces de que el niño lo comprenda”.
¿POR QUÉ SON IMPORTANTES LOS LÍMITES?
Lo cierto es que se ha repetido tantas veces que comienza a parecer un asunto menor, pero no lo es. Como nos explicaba Bilbao en la citada entrevista, los seres humanos “tenemos toda una serie de estructuras que se localizan en el lóbulo frontal del cerebro, que se han desarrollado evolutivamente durante millones de años, para acomodar las normas sociales”.
Esta zona del cerebro necesita desarrollarse, como el resto de las áreas de este órgano crucial, y para ello el niño necesita lidiar con los límites desde que es pequeño. Es lo que le permitirá, como adulto, respetar algo tan sencillo como que la luz roja del semáforo debe detenerse, normas básicas para la convivencia y la seguridad, tanto individual como colectiva.
SEGUROS E INCÓMODOS
Una de las principales preocupaciones que surgen entre los padres a la hora de poner límites es la idea de que, si lo hacemos, nuestros hijos lo pasarán mal. Es incómodo que no te dejen hacer lo que quieres. Es molesto que te digan que lo que deseas no es posible. Y ese malestar que como adultos tan bien conocemos es el que queremos ahorrarles a nuestros hijos.
Pero para que estén seguros, necesitan cierto grado de incomodidad. De hecho, explicaba el pedagogo Gregorio Luri, parece incompatible aprender a vivir bien sin ser capaz de soportar cierta incomodidad. “Crecer es llenarte de heridas y cargarte de muñones”, declara en una entrevista que concede a este medio.
UNA CRIANZA LLENA DE AMOR
Dicho todo esto, es innegable también que, para que nuestros hijos crezcan sintiéndose seguros, necesitan amor a raudales. Y todos los expertos coinciden en este sentido.
Diana Al Azem, por ejemplo, insiste en que, para poder tener una buena relación con los límites, también es importante cuidar del vínculo. Se trata de “validar sus emociones cuando se enfaden, porque se van a enfadar. Es normal que no les gusten los límites. Y podemos decir: ‘Entiendo que te moleste, que no te guste, y aun así esto es así’. Se trata de ser coherentes, no perfectos”, aseguraba la profesora.
Bilbao coincide, y añade que “ser cariñosos solamente aporta cosas buenas” y “hace que los niños se sientan más seguros, que tengan más confianza para expresarse, que tengan menos miedo a la autoridad, etc.”
Así pues, encontrar el equilibrio entre los límites y el cariño parece ser hoy la clave para encontrar ese punto crucial al que se refería Freud y en el que el niño siente realmente que cuenta con la protección de sus padres.

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