“Mano dura, porque Honduras merece paz y tranquilidad”, o algo así van los hermosos y dramáticos eslóganes de nuestra casta política; adoptan nombres de fieras y muestran su agresiva determinación por castigar a lo más nefasto que ha parido este territorio: los miserables, porque claro, jamás nuestra Temis apuntará contra quienes han creado esta Gotham, tan real y nada utópica. Nos ha tocado ese universo que transformó a Arthur en Joker, sobre pisos de desigualdad y abandono institucional.
Nuestra justicia es ciega y no ve los ya casi tres meses de los garífunas en su “patio”, pero su ojo de halcón está presto a firmar la libertad para quienes hacen daño. Ahí la falsa moral de esa sociedad político-empresarial, indignada con el muchacho de ropa mugrienta y que convirtió en alimento “la Tula” (bolsa de Resistol), pero que premia con despachos de alta ebanistería y cheques en blanco. En Joker, los ricos de Gotham llaman payasos a los pobres; aquí se les llama mareros.
Si el Congreso quiere discutir mano dura, que empiece por su hemiciclo y por aquellos que tuvieron todas las oportunidades y aun así fundaron este averno; la alternativa a la cárcel para un adolescente no es la impunidad, sino la escuela. Ya es tiempo de que la justicia actúe con dureza arriba y abajo; no urgimos de un Batman como verdugo para tener otro final, quizá podemos iniciar con que los “padres” que tienen fijos los 100 mil al mes dejen de mocionar pendejadas.
Reflexión
EL LIBERTADOR
redaccion@ellibertador.hn
Tegucigalpa. ¿Cuál es la distancia entre una bala y una decisión? Quizá una vida. Arthur Fleck no se convierte en villano el día que dispara al periodista manipulador y guasón, empieza el día en que nació, en piso de tierra y abandono social, cuando necesita asistencia psicológica y que el Estado lo abrace —la policía lo golpeó—, cuando las raídas paredes de tabla comienzan a crujir con la lluvia al mismo ritmo de un estómago vacío, ese vidrio que se sube en un semáforo o esa política del Gobierno que beneficia a unos pocos y condena a los demás. En este momento, en algún barrio dos niños se matan y en alguna torre un empresario compra a un político corrupto, mientras un gringo negocia una mina con un Gobierno estúpido. ¿No es eso parte del problema? Arthur Fleck se convirtió en Joker para exponer una sociedad mala e hipócrita, como la nuestra.


¿Cuántas personas ha abandonado esta Gotham moderna que le dicen Honduras? Los laboriosos diputados, después de conocer el “efecto Bukele” —una fórmula que en su mente les puede dar la piedra filosofal de la eterna reelección en nombre de la “seguridad y orden”—, se emocionaron tanto que propusieron responsabilizar penalmente a los niños desde los 12 años, uno de los umbrales más bajos entre 17 países latinoamericanos, mientras el Comité de los Derechos del Niño recomienda los 14. Según la DPI, la detención de menores infractores ya aumentó un 138 %; es decir, en 2025 fueron 174 y 415 niños en lo que va de 2026. La mano dura llegó a las calles de los pobres, una vez más. Pero estas bestias han tenido un hambre por la niñez tan abrumadora, son como “hiedra venenosa” en los pies de los descalzos; una tal Saraí Espinal ya lo había propuesto antes. ¿Que alguien nos explique este cuento? O sea, ¿la sociedad es la responsable del crimen y del cagadal, y no la élite política y económica que ha dirigido el rumbo de este pueblo durante dos siglos? Ahora hay que matar ese cáncer social malvado.


¿Qué oportunidad de salto social les dio el poder a esos jóvenes antes de ofrecerles una celda? Quienes son capturados no son hijos de la abundancia, son los hijos de los eternos excluidos, los de los techos mojados, los del “bono” y el “subsidio”, esos hogares de los que la estadística dice que seis de cada 10 son pobres, y los otros extremadamente pobres. ¿Qué esperaban los que han creado este parto infernal? ¿Que de la mierda que hicieron nacieran flores? Ese es el país donde crecen los jóvenes a quienes hoy se les promete más cárcel. Un informe de la organización KIND documentó que la policía responde a las pandillas atrapando a adolescentes en barrios marginados, con perfilamiento y, con frecuencia, acusaciones falsas de pertenecer a una estructura criminal; ese mismo informe describe escuelas de barrios abandonados donde las pandillas reclutan, venden droga y extorsionan; es decir, el joven del barrio es, a la vez, presa del reclutamiento y blanco de la persecución.


El Joker es, ante todo, un nihilista, no cree que el mundo tenga sentido, orden moral ni castigo que importe, y de ahí su risa. En Joker, Arthur Fleck es un hombre con un trastorno mental que sobrevive como payaso. Su terapia y su medicación se acaban cuando la ciudad recorta los fondos de los servicios sociales, y sin esa red queda a merced de una calle que lo golpea y de una élite que lo mira con desprecio; en el cómic The Killing Joke, de Alan Moore y Brian Bolland, mencionan que basta un solo mal día para que cualquiera termine donde él terminó; y en The Dark Knight, el Joker destruye en una noche al fiscal más íntegro de Gotham y sugiere algo que arde: que la moral de la gente «decente» es un barniz que se rompe cuando duele. La lección no es absolver, sino preguntar quién construyó la fábrica; en Hibueras son el barrio sin escuela, sin salud mental y sin empleo, con el “bandera” esperando en la esquina. ¿Quién le quitó la red antes de la caída?


El Joker no nació, es una construcción, es el fruto enfermo de una sociedad podrida y corrupta, donde el político acomodado miente tanto como el periodista que ha engordado por migajas que come en el aire, por ese empresario avariento al que parece que los ojos se le van a volar y quiere más, o el extranjero con aires afeminados que interviene en una elección. Es fácil para un cipote tonto como Kilvett o su amigo Rashid decir que un joven no “tiene salvación”, y viéndolos a ellos parece cierto. ¿Pero cuántas tareas podrían hacer en una labranza? ¿Podrían sostener un machete desde las 4:00 de la madrugada? ¿O podrían ser como muchos jóvenes estudiantes en barrios marginales controlados por el crimen? ¡No, mis muchachos miserables! No es lo mismo ser un parásito anclado en los intestinos de la bestia estatal, grabándose en calzoncillos antes de ir a sesionar, a ser hombres que se niegan a la miseria y desde ahí edifican un futuro bueno para su familia. ¿Crees que es lo mismo estar como Saraí Espinal hablando de su apagada vida en TVC, o si es mejor el 69 que el ahorcado, que ser una señora cuya hija ha muerto de cáncer en sus brazos sin dos lempiras para comprarle yuca? ¡No, pequeños! ¡No! ¿Creen que es igual andar sobre una llanta en el río Choluteca que sobre una góndola en Venecia?


¡¿Quién les ha dicho a estos párvulos que la fórmula para erradicar la pobreza es crear cárceles?! Los países que encabezan la lista en el Índice de Desarrollo Humano son Islandia, Noruega y Dinamarca; siento mucho decepcionarlos, mis cándidos muchachos, no es El Salvador, que, igual que Honduras, comparte indicadores similares, siendo los países rezagados solo por encima de Haití en la región. Suecia cerró varias cárceles por falta de reclusos luego de un programa de rehabilitación en lugar de castigo, y Finlandia registró un homicidio por cada 100 mil habitantes, mientras Honduras cerró con 26.2 —nada más maravilloso que Disney—, 95,000 asesinatos en los últimos veinte años y, en diez meses de 2026, 109 masacres. Honduras camina en sentido contrario: 25 centros penales alojaban a 19,458 personas con 149 por ciento de hacinamiento en 2022, cerca de la mitad sin condena; y hoy el Congreso y las autoridades de Seguridad se reúnen para definir la construcción de otra cárcel. Tal vez de ahí sale el próximo Nobel de Química o Física. Ya en 2017 expertos advertían que construir no resolvería el hacinamiento mientras se siguieran aprobando leyes que llenan las celdas. No se trata de copiar el modelo escandinavo ni el de Bukele en un país donde seis de cada diez hogares son pobres; se trata de la secuencia: ellos invirtieron en la persona antes de que cometiera el delito; nosotros queremos invertir en el castigo.


Mientras tanto, la justicia hondureña dejó en libertad a casi el ciento por ciento de 30 investigaciones documentadas por la MACCIH. Hasta Juan [Hernández] en Honduras es una ovejita sin mancha: Gladis Aurora López, Alexander Ardón, Mario Roberto Zelaya, Ramón Bertetty, David Chávez, Wilfredo Cerrato y, por supuesto, nuestro excelentísimo señor presidente —indultado, pero no perdonado de uno y mil delitos: fraude, lavado de activos, conspirar para introducir cocaína a EE. UU. y por cargos de armas—. ¡Es que este muchacho es la joya de la corona! ¿Y sabes qué es lo mejor? ¡Es inocente de todo! Ahí está la falsa moral: una sociedad que se indigna con el muchacho del barrio por su tatuaje de calavera y se resigna ante el corrupto de traje limpio, que pide celda para el reclutado y un despacho “top” para el que se llevó el presupuesto de Salud. En Joker, los ricos de Gotham llaman payasos a los pobres; aquí se les llama mareros.
Si el Congreso quiere discutir mano dura, que empiece por quiénes tuvieron todas las oportunidades y aun así robaron las de los demás. Cuando Gotham descubrió a Arthur Fleck, ya era tarde: la ciudad prendió la ira que había alimentado; Honduras todavía puede elegir otro final. La alternativa a la cárcel para un adolescente no es la impunidad, sino la escuela, el trabajo, la salud mental y una justicia que mire hacia arriba con la misma dureza con la que hoy mira hacia abajo. Si no, no estaremos combatiendo a los Jokers, los estaremos fabricando en serie. ¡Avanti!

Deja un Comentario