Advertimos que este espacio no fue pensado para burlarnos de los “bad boys” de la política, no nos reímos cuando Billy Joya se le arrodilló a Renato, ni cuando Cruz Asencio bramó que no hizo nada, tampoco con el “boludo” (pendejo) de Cerimedo en el ascensor, todos fueron usados por el poder y desechados, cuando ya eran inservibles.
Cerimedo en Honduras vino altanero, amenazó a los detractores del partido del narco –palabras del juez Castel–, buscó sicarios para tapar su poca hombría y dignidad, como nuestra clase gobernante, pública y privada (si existe diferencia), que mostró su carente humanismo para meter un sistema que exilio trabajadores y encima se robó sus remesas.
Nietzsche lo dijo claro, un verdadero hombre mide su fuerza en la adversidad, pero al pensar en personajes como Cerimedo y nuestros gobernantes, abrimos el debate de lo que significa ser un “hombre” ¿o por qué fueron tan grandes Alejandro Magno, Marco Aurelio y Francisco Morazán?, por “farmear lamentos”, seguro que no.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Fernando Cerimedo llegó a Honduras con ese aire de gurú importado que suele acompañar a los asesores de presidentes, hablan como si hubieran descubierto el secreto de la política, miran al resto altivos, como si fueran humanos superiores (escondiendo justamente su insignificancia) y convierten cualquier adversario en “ñángara”, cualquier estrategia churra en una genialidad y cualquier derrota en una conspiración comunista ruso-china, el problema de jugar tanto tiempo al personaje invencible es que algún día la realidad decide quitarte el disfraz; Cerimedo, el hombre que sabía de campañas, poder, redes y “farmear aura”, terminó enfrentando una escena mucho menos glamorosa, llorando bajo presión y ahí aparece la ironía que debería incomodar a más de uno en nuestra clase gobernante, los gurús también tienen miedo, los estrategas también se quiebran y los que pasan la vida señalando “ñángaras” también pueden terminar descubriendo que el poder no es una armadura, a veces apenas es un escenario; y cuando se apagan las luces, queda el hombre.


Hay una ley no escrita en el periodismo de opinión que dice que uno nunca debe subestimar la memoria de internet, porque tarde o temprano la propia soberbia queda archivada en una captura de pantalla esperando el momento exacto de la humillación (saludos Kilvett, que humillante tu vida maje ja, ja). Cerimedo, en algún momento de euforia post-electoral, le escribió a un crítico —o a todos los hondureños, da lo mismo, sus complejos disfrazados de desprecio nunca discriminaron a nadie— una frase que hoy merece ser enmarcada en el salón de los asesores idiotas: “Vas a seguir llorando? El TPS se reactiva el 1 de febrero. Guarda este tuit”. Y guardado quedó, Fernando. Guardado y esperando.


Ni se reactivó el TPS el 1 de febrero, ni en ningún otro febrero, al que se le acabó el aura fue a él, en un ascensor de Santa Cruz de la Sierra, meses después, tirado en el piso, hecho un pusilánime, llorando de verdad, no la lágrima que usaba para burlarse de sus adversarios, sino el llanto desde el pechito, de quien descubre que la Fiscalía boliviana lo señala como autor intelectual del ataque a balazos contra su expareja, la abogada Nadia Beller, ese momento que te das cuanta cuál es tu eslabón en la cadena de la corrupción y que realmente no sos importante, mientras se ventilan mensajes suyos en los que, según la acusación, habría planteado la necesidad de “eliminarla”. Guardá este tuit, dijo él, guardado está, y ahora funciona como una profecía, como esos oráculos griegos que castigan a quien los pronuncia con desdén. Ahora vos Fernando, guarda esta reflexión. Como dijo Berlín en la “Casa de Papel”… Y es así en la derrota, donde se define un hombre, algunos se comportan como pusilánimes, otros tragan, algunos se revelan, pero lo hacen sin dignidad…
Pero esta columna no es sobre un argentino que se quebró lejos de casa, es sobre nosotros, sobre el espejo incómodo que su derrumbe nos devuelve, porque la soberbia de esclavo de Cerimedo, es la misma que tienen los “Hermes” y otros que oliscan los deseos del poder, la misma soberbia que ha gobernado Honduras durante 200 años o más; la clase política hondureña ha vivido convencida de que los recursos, el presupuesto y hasta la vida de sus ciudadanos son patrimonio de familia, que lo han “forjado”, nunca reconocen que es el lomo de millones de personas para beneficiar un grupito, por un pueblo que vota con la ingenuidad de quien todavía cree en segundas oportunidades.


Esta clase gobernante (política y empresarial) no construyó, en tres décadas, ni una sola condición real para que un hondureño pudiera sostener su vida sin tener que huir de ella, no hubo empleo digno, no hubo educación que compitiera con nada, no hubo salud pública que no fuera lotería de sobrevivencia con premio de ataúd, lo que sí hubo, con precisión de relojero, fue una economía diseñada para exportar gente, primero la maquila como chiste de subsistencia con salario de hambre disfrazado de oportunidad, después la migración como válvula de escape para no tener que explicarle a nadie por qué el país no alcanza, y finalmente el TPS como parche humanitario para una hemorragia que el propio Estado se encargó de abrir con navaja.


Y cuando esa misma clase gobernante fue incapaz de resolverle la vida a su gente dentro de las fronteras, no tuvo ningún pudor en cobrar dividendo económico de las remesas que esos mismos ciudadanos, desterrados por su incompetencia, enviaban puntualmente cada mes para alimentar familias que solo levantan el teléfono para pedir “la clave”, Se apropiaron del sudor ajeno sin sonrojarse y sobre los cadáveres de los que no pudieron llegar y los que están pero ya con el alma chupada, ellos se sentaron en la silla del rey y crean sus revistas y sus escuelas y sus hospitales, para finalmente llevar el dinero de vuelta a los Estados Unidos, una vez que la granja ha sido desgranada.


El país entero convertido en granja de exportación —café, banano, camisetas de maquila y, sobre todo, de mano de obra barata sin pasaporte—, mientras el dinero que debía transformarse en hospitales, escuelas, carreteras que no se tragaran vidas en tierras frías, terminaba gastado en los resorts en Miami; no en Tegucigalpa, no en Choluteca, no en la Moskitia o cualquiera de todos los departamentos, que todos son pobres, en Nueva York, en propiedades, en compras, en la vida paralela que la clase gobernante se construyó fuera del país que juró servir bajo palabra de honor y biblia en mano, mientras adentro dejaba la casa de la granja intacta —el establo bien barrido, el ganado bien contado—, lista para seguir produciendo remesas, votos y muerte. ¿Y de qué nos sirve que muestren al presidente con sus burros apestosos si atrás de él la hija se viste como si fuera a la semana de la moda en Milán? “Ponete a pensar”, dice Rambo de León…
Cerimedo lloró en un ascensor porque, por primera vez en su carrera de vendedor de ilusiones y fanfarronería, le pasó una factura que él mismo juraba nunca iba a recibir, lo que estos viejos teclados dejan servido, con toda su acidez, es la pregunta que los “dueños” de Honduras no quieren responder, así como no responden a las auditorias, si algún día pagará la suya, o si seguirá creyendo, como el argentino antes de la capucha, que la soberbia sale gratis y que la cera de sus propias alas aguanta para siempre el sol que ellos mismos encendieron. ¡Avanti!

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