La “Cámara de los Secretos” en Hibueras hace mucho fue abierta, la bestia liberada ha tenido mil nombres y formas, desde sacerdotes que tocaron campanas con la muerte del paladín, empresarios que odian la tierra que los prosperó y hasta políticos de educación trunca que llaman “presidentes”; pero no atacan con sus fauces y colmillos, son un basilisco que siembra miedo, miseria e ignorancia, ésta última con daño letal.
Maquiavelo debate que es mejor ser temido que amado, instrumento personal que para Honduras es el cimiento del sistema que nutre la bestia que gobierna, petrifica y envenena; este país no requiere un monarca “salvador” para vencer el mito se debe levantar en armas los espejos, he aquí donde los voluntarios escasean, hoy solo garífunas y campesinos recuerdan “el camino de las calles y antorchas”.
El monstruo es real, se hace presente todos los días, a veces parece diputado, otras secretario o presidente, por ratos se ve como militar o policía; en lo profundo del puerto, una anciana abandonada, cuya piel yace carcomida por el sol y el hambre, se cae en cenizas, podría ser cualquier “abuelita”, es Honduras…
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Una noble anciana del barrio Marejada, en Puerto Cortes, desdentada, con el rostro partido por el sol y el abandono, ha recibido una carta, más bien un requerimiento de pago de la ENEE, donde se le ordena saldar una mora, inmediatamente, por 64,420.63 lempiras; también se le informa que, si no puede pagar de una sola vez “no hay problema”, que puede hacer arreglos de pago; pero a doña Rosario, en realidad, no parece preocuparle: la mirada extraviada delata que, desde que murió su marido hace muchos años, dejó de estar del todo presente, “Yo no tengo refri, teléfono, tele o abanico; cuando tengo calor me levanto a echarme aire con un cartón”, dice. Mientras, el periodista mira a su alrededor: láminas oxidadas, paredes recicladas y un piso de tierra, charcos. Doña “Chayo” es Honduras.


Este país fue petrificado por los ojos fríos de la corrupción, no como un accidente o casualidad, sino como modelo y estrategia para mantener al hondureño con la cabeza abajo, el estómago vacío y la mente rota, es decir dominar. En los bestiarios medievales existe una criatura que no necesita garras ni colmillos para matar, le basta con mirar: el basilisco que, según la leyenda, nació de un huevo de gallo incubado por un sapo en un estercolero, mata con el aliento y petrifica con los ojos, no devora a sus víctimas, las inmoviliza, las convierte en piedra, silencio, estatuas víctimas de su propio miedo, ningún monstruo describe mejor a cierto tipo de poder que el que hoy gobierna desde las sombras la vida pública hondureña, ni a la carta que llegó hasta el barrio de doña Rosario como si su miseria fuera, además, una deuda a pagar.
Nicolás Maquiavelo, en El Príncipe, no inventó la crueldad política, solo observó el comportamiento de la clase gobernante y la describió con método, escribió que es más seguro ser temido que amado, porque el amor se sostiene por un hilo de gratitud que los hombres rompen cuando les conviene, mientras que el temor se sostiene por el miedo al castigo, que jamás abandona, fue un manual de supervivencia para un príncipe que necesitaba consolidar un Estado, pero lo que Maquiavelo describió como estrategia de un individuo, en Honduras se ha convertido en arquitectura de un sistema, no hay nobleza o príncipe, hay un basilisco colectivo, un entramado de intereses que no gobierna para para desarrollar un Estado Nación, donde los ciudadanos sean orgullosos y dignos, que el penco y ladrón tenga su castigo, no, no, no… Aquí el criminal tiene más cámaras que un joven atleta que haya logrado una hazaña y mientras este muere en pobreza, el corrupto asciende y lo llaman “presidente”, aunque sea solo un narcotraficante. Y, lo más lamentable, suelen celebrarle sus pencadas de “tiktoker”, como aclamando al bárbaro que infunde el terror.


La bestia tiene tres armas y las tres tienen nombre en la política en Hibueras, la primera es la mirada que petrifica: el miedo. No hace falta que el Estado profundo dispare una sola bala para someter a un pueblo, basta con que la posibilidad de la violencia flote en el aire, en cada retén, en cada arresto sin explicación, en cada dirigente comunitario que es amenazado; el miedo se instala en la sobremesa, en la decisión de no denunciar, en el silencio de quien vio algo y prefiere no haber visto nada. Como el basilisco, el poder no necesita atacar a todos, basta con que todos crean que podría hacerlo. “No digas eso, no protestes, no hables de los corruptos, busca una vida pacífica, cumplí con tu trabajo y retiraté… pensá en tu familia”.
La segunda arma es el aliento envenenado: la miseria. El basilisco no solo petrifica con los ojos, también marchita la vegetación por donde respira, así opera la pobreza diseñada, no accidental; en territorios como el Bajo Aguán o la Moskitia, donde la falta de oportunidades no es un fracaso de la planificación estatal sino, muchas veces, su resultado más eficiente, una población que sobrevive a diario no tiene tiempo para preguntar quién legisla en su contra ni energía para organizarse frente a un decreto que le arrebata la tierra, la miseria no es solo carencia, es una tecnología de control. Mantiene a la gente ocupada en sobrevivir para que no le sobre fuerza para exigir.


La tercer arma es la más silenciosa y letal de todas: la ignorancia, el mierdero obscuro donde se incuba el huevo del basilisco, un Estado que no invierte en educación pública de calidad y gratuita, que permite que la desinformación circule más rápido que la réplica, la verdad o la realidad de los eventos, que concentra los medios de comunicación en pocas manos, no está fallando, está sembrando. La ignorancia no es solo la ausencia de información, sino el exceso de información equivocada, repetida hasta parecer sentido común. Es el terreno fértil donde el miedo y la miseria germinan sin resistencia, porque nadie logra identificar al monstruo que los produce.


Maquiavelo advertía también que el príncipe debía cuidar las apariencias: parecer piadoso, leal, humano, aunque no lo fuera, porque los hombres juzgan más por los ojos que por las manos, el basilisco hondureño ha aprendido esa lección, se presenta en discursos de desarrollo, en fotografías junto a comunidades indígenas, solo miren a las ZEDE y sus pichingos de “influencers” extranjeros que dicen “amar Honduras”, en decretos bautizados con nombres técnicos: agroindustrial, modernización o seguridad jurídica, términos que esconden, bajo el disfraz legal, el mismo veneno de siempre, el lenguaje burocrático es hoy la piel de cordero que usa la bestia.
Pero el mito no termina en la derrota del animal, la leyenda medieval sostenía que el basilisco tenía un enemigo natural, la comadreja, inmune a su veneno, capaz de enfrentarlo en su propia guarida y existía otro remedio, más simbólico todavía, un espejo, si el basilisco se veía reflejado en su propia mirada, moría fulminado por su propio poder, la metáfora resulta casi perfecta, el periodismo (pero no el de los tradicionales, no el de medios oenegeistas, el real periodismo), la memoria organizada de los pueblos indígenas y garífunas, la denuncia sostenida en el tiempo, son ese espejo: no destruyen al monstruo con más fuerza que la suya, lo derrotan devolviéndole su propia imagen, esa que se escurre por los teclados de la verdad.


Honduras no necesita un príncipe más hábil en el arte de temer y ser temido, ni salvadores, ni héroes o caudillos, necesita romper el hechizo que confunde el silencio con la paz y la resignación con el orden, el basilisco solo sobrevive mientras nadie se atreva a mirarlo de frente, la pregunta, entonces, no es si el monstruo existe, pues ya sabemos que sí, sino ¿cuántos espejos estamos dispuestos a levantar antes de que termine de petrificarnos? Mientras tanto, en Puerto Cortés, doña Rosario sigue sin refrigeradora, sin abanico, echándose aire con un cartón, esperando que alguien, algún día, deje de cobrarle por la sombra que el Estado nunca le dio.
Y la historia advierte en la voz de Morazán a los perversos “con ustedes hablo enemigos de la patria y del pueblo”; no todo es punto extremo, también el pobre se cansa de esta vida que le han creado y eso se engendra en el huevo de la rebeldía donde nacen los pueblos, a veces se llaman revolución, otras hombre masa y entonces ustedes saldrán a suplicar paz, gobernabilidad y democracia, y la gente que nunca entendió esas palabras no escuchará y solo habrá ruinas y renacimiento de una nación, sin ustedes. ¡Avanti!

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