Caifás, era el jefe de la confraternidad pastoral (Sanedrín), y cuando percibió a Jesús como amenaza por su creciente popularidad y enseñanzas contrarias a los vividores de la fe, sintió que perderían los privilegios y los regalos que les daba Roma a cambio de dormir al pueblo israelita miserable; entonces condujo el asesinato del Maestro, literalmente dijo: «Conviene que muera uno solo por el pueblo y no que perezca la nación entera» (Juan 11:50).
Esos mismos hipócritas, hoy, levantan un teatro desde las sombras y llaman a “humillarse” ante el dios de Caifás, ciego, sordo, mudo, pero amadores del billete público y opulencia terrenal, piden como sádicos, que el hondureño ya sumiso desde hace 500 años, obedezca lobos como Gerardo, Evelio y otros sanedrines; amen al prójimo y arrepiéntanse generación de víboras, ¡salgan a las calles a pedir empleos que azota la vida de millones de hondureños, exijan que pare el crimen común y organizado, que despierte la justicia!
El Mesías del que tanto nos han hablado, nunca fue visto en las collegias romanas, hoy Cámaras de Comercio o vistiendo fina seda, ni trajes de mil dólares como Evelio; era santo y tan alto su humanismo que lloró a Lázaro, su amigo; para alcanzar una iluminación divina se fue al desierto 40 días y 40 noches, Satanás le ofreció reinar “el mundo”, no cedió a la tentación como ustedes, para entendidos: Gálatas 1:6-8. Y ustedes, jajaja, medio ven la esquina del billete, y ya van rodando por la pendiente de la depravación.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Un hombre mira al cielo en busca de alguien. Camina despacio por el corredor de la muerte donde lo llevaron sus decisiones y de las que no se arrepiente: sanó enfermos, ayudó a las viudas, dio pan y abrigo al hambriento… retó al poderoso en beneficio de los necesitados; afuera otro nombre se grita ¡Barrabás! ¡Barrabás! ¡Barrabás! Tres veces, como los traidores. El Sanedrín (consejo de los judíos), sonreía feliz, matarían al nazareno para satisfacer sus ambiciones, egos y regalos del César. Poncio Pilatos se sigue lavando las manos hasta hoy cuando mira a los eternos hipócritas y vividores de mentes sencillas.


Honduras avanza sobre viejos territorios, los negocios no paran de cerrar y el agobiante desempleo no para de abrir puestos, los narcotraficantes son recibidos como héroes que han elevado el nombre del país en terrenos ajenos, los bienes públicos nacionales se negocian y tasan, las grandes corporaciones cabildean en las noches más obscuras para no pagar un centavo de impuesto que sirva para desarrollar la nación, la oposición se ha callado y desaparecido –ahora hacen solo tiktoks–, mientras el hondureñito es abandonado y sacado por ley de su casa, y llora… como hemos llorado por 500 años ante una cruz impuesta por extranjeros y sus cipayos del patio. Es en estos momentos donde la santa iglesia debería ser llamada a exigir a los empresarios corruptos y políticos ineptos que paren su sanguinaria matanza; pero… no. Los sanedrines de hoy, están en sus antiguas fiestas de derroche, vive terrenal, pidiendo billete por todo lado a los gobiernos y bajando a los pobres en los cultos y, aún insatisfechos, les dicen que, en trance con dios, les dijo que los creyentes les regalarían el carro del año, quizá, Jeep Rubicon.


Y con la decencia, que escandalosamente nunca nació en esos páramos fríos del cerebro, los pastores que juegan a ser adivinos, leedores de manos, tahúres, hace solo unos meses eran actores políticos manifestándose en las calles y augurios de malos porvenires a quienes no les paguen el diezmo (no el aporte cristiano, sino dinero, abundante dinero hasta que sus vientres se revienten); nos dicen que vayamos a humillarnos, mientras ondea la bandera de Israel. El soberbio y con alma quebrada del periodista en singular papel teatral y casi entrando en éxtasis se pomponea el pecho mientras les dice a sus interlocutores “¡Estos temas me ponen así! Miren hace cuatro años como eran los del gobierno anterior y mírenlos ahora!” –mientras, la aburrida mesa repite “amen”.


El hijo de Gerardo con aire que tuvo mejor educación que el padre, pero no sabe las mañas del todo, todavía, dice: “Debemos ser obedientes, debemos ser humillados, debemos someternos, dejarnos guiar”. Cuidado muchacho que es claro Dios al decir que los tibios serán vomitados; cuando Jesús dijo “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” encierra una profunda desmitificación del poder humano y una lección de humildad para los que se consideran superiores, el Cesar no solo era un gobernante, exigía culto divino, pero para el hijo del señor solo había que darle dinero, un freno radical al ego de los poderosos y la autoridad terrenal. Cristianos hondureños ¿Dónde está su Dios?, donde está tu deseo, está tu dios. Cuando la noche cae en alguna colonia se escuchan los gritos de un periodista que llora y se corre el maquillaje.
Cuando hombres como Gerardo o Evelio se paran frente a una palestra serían más fáciles de reconocer por un demonio de Castelvania que por los ángeles del cielo y la realidad supera por mucho la metáfora “con gusto participé en el golpe” y muertos “fueron parte del aprendizaje”, dijo Evelio en un evento de amor al pueblo, un hombre que se siente orgulloso de la sangre derramada, de las vidas perdidas y de un país en llamas… esa no es la iglesia de Dios, ni la vida filosófica que profesó Jesús, se asemejan más a bestias sedientas y enfermas entregadas a sus bajas pasiones y en sus pechos habita el mal y la muerte. Otra familia fue desalojada hoy en algún lugar de Honduras, se le quiebra la voz, los niños lloran en el suelo entre hambre y desesperanza. Ahí no estuvo la iglesia, ni ayer, ni hoy, ni mañana. ¡Qué humillación!


Un país donde el presidente llora y pide casi una decena de veces que lo dejen trabajar, que no soporta la presión de gobernar, con otro gobierno montado en paralela, devela un “espíritu de cobardía”. ¿Eso no ve la iglesia? ¿Y la ENEE? No la ve la iglesia –bueno, si hace dos meses propusieron que se les regale la energía a sus templos–; ¿y el niño hambriento en el semáforo? No lo ve la iglesia; y las muertes, desesperanza diaria y nocturna en la mesa de la mayoría de hondureños, una justicia muerta que deja libres a los peores criminales y los pobres pagan 7 veces sus culpas ¿Eso tampoco ve la iglesia? ¿Y su rol de ente espiritual? O se les pierde el tiempo contado el dinero de las entradas a un juego que invita al hondureño ya humillado a que entierre las rodillas en el suelo y adore la humillación, un día más, una vida más. La única iglesia que ilumina es la que arde.
Y en este teatro de sombras, la estupidez no es casual, es anestésico perfecto para una patria que no empieza a construirse, se rasgan las vestiduras por la moral de alcoba mientras el territorio se vende al peso, las costas se privatizan bajo el disfraz del progreso y los ríos se tiñen del veneno que dejan las transnacionales apadrinadas por los mismos que bendicen las armas y tanquetas. ¿Dónde están los salmos para el campesino despojado de su parcela? ¿Dónde las oraciones por la madre que busca a su hijo en las fosas del camino al norte? No hay liturgia para ellos, porque el dolor de la turba hambrienta no cotiza en la bolsa de valores ni llena los sobres de la codicia confraternidad pastoral, son los sepulcros blanqueados de la era moderna y de la antigua, peroratas dominicales para dormir la conciencia de una élite que comulga con la mano derecha mientras con la izquierda firma el desahucio de todo un pueblo, pero la historia no perdona la tibieza de los altares; cuando el templo se convierte en cueva de ladrones, la indignación popular termina volcando las mesas, con látigo en mano.


En una alegoría de la obra Castelvania ilustra el destino de muchos vendedores de alma ilustrado así:
Obispo –¿Quién anda ahí? ¿Murieron los oradores?
Demonio –No (desde las sombras)
Obispo –Entonces vuelve afuera, los oradores deben morir antes de que el sol se ponga. (aún no distingue con quién habla)
Demonio –El sol, ya se ha puesto (se revela ante el obispo)
Obispo –Ustedes no pueden entrar a la casa de Dios.
Demonio –Dios no está aquí, está es solo una caja vacía…
(Más demonios aparecen y rodean al obispo)
Obispo –Di… Dios está en todas sus Iglesias.
Demonio –El amor de tu Dios, no es incondicional, él no nos ama y él no te ama a ti.
Obispo –He cumplido con su voluntad, la obra de mi vida, ha sido en su nombre.
Demonio –La obra de tu vida le provoca el vómito.
Obispo –¡Yo soy el obispo de Gresit!
Demonio –Tu Dios sabe que no estaríamos aquí, si no fuera por ti, todo es culpa tuya… ¿No es así?
Obispo –¡Era una bruja!
Demonio –¿Mentiras en la casa de tu Dios? Ya veo porque te ha abandonado, pero nosotros te amamos.
Obispo –¿Qué?
Demonio –Te amamos, no podríamos estar aquí sin ti… Déjame besarte. (El demonio devora la cabeza del obispo) ¡Avanti!

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