Los doctores Rosemary Joyce y Russel Sheptak presentarán sobre este tema una conferencia en el Museo de Antropología e Historia de San Pedro Sula (MAHSPS) el jueves, a las tres de la tarde.
La conferencia denominada “Rito, música y danza lenca en la pintura policroma del Clásico” se realizó con el propósito de conocer y profundizar sobre la cultura lenca, la antigua parranda y la convivialidad de sus pueblos. La actividad contó con la participación de dos reconocidos referentes internacionales en la investigación arqueológica e histórica.
Rodolfo Pastor Fasquelle
EL LIBERTADOR
redaccion@ellibertador.hn
Por los doctores Rosemary Joyce
y Russel Sheptak en el MAHSPS
Sin hacer el ridículo de impostarme como experto en arqueología, estoy obligado a hacer una presentación de estos amigos. Leeré esto.
Los conocí en distintos momentos. A Rosamaría, en 1995, cuando vino con John
Henderson al Ministerio de Cultura y me convencieron de que tenía que abrir el Parque de Los Naranjos. A Russel, pocos años después, cuando dio aquel salto en el vacío hacia el estudio de los documentos coloniales. (Nos vacilamos pensando en hacer juntos un estudio sobre Cristóbal de Pedraza. Tuvimos miedo.)
Aunque llevan un buen rato trabajando como pareja —yunta, dualidad encarnada—, tienen formaciones y trayectorias muy distintas. Ella es arqueóloga y él es historiador, eso después de haber recapacitado, en el medio del camino de su vida, sobre la verdadera ciencia, porque andaba perdido como ingeniero electrónico….
Ambos han cosechado el esfuerzo de encontrarse en la frontera entre esas disciplinas, cruzarla y borrarla. Como hay que hacer. Porque, como decía A. López Austin, «solo una historia hay»; y ambas disciplinas terminan encontrándose en la etnografía. Y se casaron aquí, en el profundo Valle de Sula.
Un matrimonio fructífero, porque desde entonces se puede ver el holograma de Joyce en lo que hace Sheptak y el de Russel en lo que hace Joyce; cada vez más, sus trabajos se entrelazan, y ellos hacen juntos las cosas.
Ambos son rebeldes. Pero ella es una estudiosa eruditísima, que trabaja con los ojos, con la memoria y con el corazón. Él es un metódico y exhaustivo recopilador de la evidencia documental, que trabaja con los números y los bytes y la conexión en redes.
Rosamaría empezó su carrera con Henderson, identificando en Puerto Escondido uno de los centros alfareros más antiguos del istmo. Un centro que, sin ser jamás monumental, suponía ya una sociedad sedentaria, conectada con una enorme geografía: desde el Golfo de México hasta el Darién.
De afuera llegaban ideas artísticas, religiosas y políticas, además de obsidiana y luego metal. Y hacia allá exportaban también los nativos de Sula ideas, plumas, pieles y cacao. Era una sociedad que, hace 3.700 años, ya consumía la chicha fermentada de pulpa de cacao, cuando Copán todavía no llegaba a ser aldea milpera.
Russel fue de los historiadores que se empeñaron en buscar documentos que los demás nos contentábamos con pensar que no existían, de modo que tuvo que desmentirnos. Y conectó la etnografía de Anne Chapman —por ejemplo— con la arqueología, para descubrir al primer cacaotero vallesuleño que tenía dos mercados: el del ritual de las tierras altas y el del consumo suntuario de los altiplanos más lejanos de Mesoamérica.
¿Quiénes eran? Rosamaría pasó a descubrir cómo los patrones de las complejas prácticas funerarias de Playa de los Muertos iluminaban las estructuras sociales: comunidades de gentes vinculadas entre sí y al paisaje, pero sin una jerarquización marcada. Así llegó a formular la hipótesis holística de lo que llama la «heterarquía persistente de un paisaje policéntrico».
Mostró cómo esas relaciones resurgen en el Clásico de Currusté y se mantienen hasta el final de ese horizonte. En el Posclásico, los cambios en las prácticas mortuorias sugieren un mayor contacto con Yucatán y un retroceso de la comunidad.
Pero no son mayas. Junto con Henderson, R.M. nos invitó a respetar la identidad propia. Y a dejar de medir el desarrollo de aquella sociedad —distinta— en términos de su aproximación a un Estado, con que nunca terminó de comprometerse.
Ese fue, creo, uno de los cambios de mirada que nos propusieron: dejar de considerar como fracaso aquello que no desembocó en Estado, porque se resistía a ello. Entender que una sociedad puede organizarse, prosperar,
relacionarse, crear, comerciar, tener rituales, jerarquías y valoraciones distintas —y al mismo tiempo resistirse a convertirse en lo que, desde nuestra historia, nosotros esperamos que llegue. Mientras tanto, Russel nos mostró —
documento en mano— cómo aquella sociedad gentilicia, de calpulli en vez de altepetl, renuente a las estructuras rígidas, se reorganiza y sobrevive a la guerra cruel, injusta y devastadora de la Conquista española, entre otros sitios en Ticamaya y Masca, al menos hasta el siglo XVIII.
El nativo, nuestro lenca (Russel ¿propuso llamarlo toquegua?) se adapta a la dominación colonial a su manera. Busca refugio en las montañas y riveras que menos le interesan al español. O pelea. Defiende sus derechos ancestrales, incluso ante la Audiencia del Rey.
Se fusiona con otros grupos subalternos. Atesora su cultura y su independencia. Sobrevive insumiso. Sobrevive no como una reliquia, sino transformándose; no sin perder cosas, sino conservando otras; negociando, resistiendo, mezclándose, escondiéndose cuando fue necesario y volviendo a aparecer cuando pudo.
Y que sobrevive aún hoy en Santiago y el San Manuel que hoy quiere homenajearlos. De modo que estos ponentes no son simplemente especialistas que vienen a hablarnos de un pasado remoto, vetusto, como dice el alcalde. Son estudiosos que, desde disciplinas distintas, han pasado buena parte de su vida preguntándose cómo reconstruir una sociedad cuando sus monumentos son escasos, cuando sus documentos parecen no existir o se esconden en los archivos, cuando la historia oficial la deja al margen y le da la espalda.
Y han encontrado respuestas allí donde a veces otros no buscamos: en una vasija, en una tumba, en una palabra, en un documento que parece fragmentario, en una práctica ritual, en una planta de cacao, en la persistencia de una comunidad.
Hoy vienen a hablarnos precisamente de eso. De la música y de la danza en esa pintura colorida de la cerámica clásica. De cómo eran felices antes los vallesuleños. De la cultura, la parranda antigua. De la convivialidad.
De esa gente que, mucho antes de que nosotros lográramos ponerle nombres a su mundo, ya sabía reunirse, beber, bailar y cantar, comerciar, celebrar y vivir, mantenerse juntos.
Un aplauso, por favor.

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