Quince semanas consecutivas con alzas en combustibles, ataque a tortillas en el mercado negro, zozobra en el Congreso, aire tóxico y carísima la energía, los subsidios que bajaron la pobreza van eliminados, el “Súper Niño” evapora la esperanza de productores, no entendemos el chiste ¿Cómo es que goza el presidente en sus bailes y hartadas de baleadas? ¿Qué gracia tiene eso para los padres con hijos asesinados cuando los entierran? ¿Y no arranca?
Hay algo profundamente ofensivo en la alegría oficial por los primeros cien días ¿Y cómo vamos?, pues Honduras, un escenario donde el poder sonríe y baila dando la espalda a la incertidumbre y la bala que se multiplica en nuestros barrios; la sociedad civil del BOC-tox, acomodada a sus salarios democráticos, nunca interesó siquiera “su gente” como recriminó la escoba de Saravia a María Antonieta Mejía.
Que buena razón tenía Macario cuando negó un pedazo de pollo a Dios y al diablo, solo con la muerte sintió honor de compartir el bocado, solo la dama Parca es el gobierno de todos, no discrimina; ella danza entre nuestras calamidades, un presidente más vulgar que sus asesores, un Congreso con saña que nos regresa a nación parodia que acomoda los escándalos a la “IA” y guerras contra memes y tortillas.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Las grandes sensibilidades de la humanidad siempre se han sentido atraídos por los contrastes abrumadores de la indiferencia. La muerte nos seguirá a todos, somos mortales todos, nadie se salva ni se queda en esta tierra de lágrimas y traiciones; los que votaron por la Racha y quienes no, no importa, igual, la bruma cubre la ciudad y en ella se esconden los demonios que devoran las vidas de los hondureños y, no solo eso, también las alegrías y los sueños, en la niebla se esconden las torcidas intenciones de los que nunca han pensado en los descalzos, porque ellos son quienes los muerden; mientras el gobernante baila y sus burros caen bufones, las mujeres del poder, los serviles sin columna y también los inocentes, pues nada es más democrático que la muerte.


Era 1851 y el alemán Alfred Rethel retrataba “Der Tod als Erwürger”, todos caídos al suelo, mientras la huesuda amiga toca infinita la melodía de los que ya no están entre nosotros, han muerto los cortesanos, la justicia, los payasos, los reyes y las graciosas acompañantes; así como el bufón Stańczyk, el triste. Cuando la degradación se eleva hasta que son los comediantes más serios que los gobernantes, los que se ríen de todo se ponen serios y quienes deberían tomarse muy en serio la administración del Estado, el gobierno pué, para los que no entienden –o su representación internacional–, se han rebajado por un par de baleadas y un vulgar baile de punta en algún rincón obscuro rodeados de ratas que infectan.
Han pasado 100 días, pero realmente son 200 años. En las aceras, los vendedores acomodaban la fruta golpeada mientras los autobuses vomitaban obreros cansados antes de que siquiera empezara el día; pero arriba, en los salones iluminados donde los “sirvientes” son invisibles y la traición adquirió residencia y nacionalidad, la política sigue celebrándose como fiesta privada VIP. Honduras lleva demasiado tiempo convertida en un escenario donde el poder sonríe en fotografías mientras afuera la incertidumbre se multiplica como el moho en las paredes olvidadas de los barrios. Y, aun así, siempre hallan en el hambre música para bailar.


Los primeros 100 días no fueron presentados como periodo de reflexión, sino como ceremonia de aplausos donde los únicos que festejan son los favorecidos con el premio, los del Cohep y sus “memes” irónicos y hasta burlescos y muy lejos de la pobreza –aunque dudamos que lo vean como memes, seguramente en sus mesas fue buena idea, mentes chiquitas con estómagos grandes–. La propaganda intentó cubrir con canciones y meneadas de cadera el ruido más incómodo: hospitales deteriorados, promesas suspendidas y una ciudadanía que comienza a incomodarse y reconocer el viejo olor de los gobiernos que terminan enamorados de su propia imagen. Porque hay algo profundamente ofensivo en la alegría oficial cuando el país todavía mastica ansiedad, desempleo y miedo; una celebración sostenida sobre una mesa coja siempre termina derramando la copa sobre quienes nunca fueron invitados al banquete.


Más de 15 semanas consecutivas de aumentos a los combustibles, reducción del 70 por ciento de proyectos sociales y corte del 50 por ciento de inversión pública en producción agrícola, entre tantos, dispararan el ya triste estilo de vida del hondureño, los miserables que tanto berrearon por un gobierno como éste y los medios y periodistas que se lo metieron a la cabeza, negocian 200 lempiras de aumento para los empleados, mientras ellos amenazan con parar la fabrica sino les pagan los cientos de miles de lempiras sobre sus ya abultadas riquezas que van más allá de lo absurdo y obsceno en un país empobrecido; tan desquiciada anda la muerte y tan cómoda se siente qué en 100 días han sido asesinadas 624 personas y llevamos al menos diez masacres –de tres víctimas o más–. Pero nadie siquiera conoce al jefe de la Policía… Mientras tanto, en una esquina, Juan y Cossette pasan pidiendo sangre.


A los medios tradicionales se les han terminado los temas triviales, la paja, hacen lo que pueden para esconder la noticia que se ha enrachado el fracaso en el gobierno que sus pantallas vendieron día y noche cuatro años, no pueden esconder que dieron bronce por oro, pero ya la agenda se les quemó, el ridículo ya no aguanta, programas enteros para discutir si quitar un cuadro o no de una pared, ese cuadro tiene más cobertura y logros que cualquier secretario actual; los pobres viejecitos no saben qué hacer, a la anciana Luz Ernestina ya se le cayó todo el bótox intentando levantar los “logros” imaginarios; Alia Kafati fue el chiste del país con los pies del señor Frodo y hasta a Rashid le han revelado sus obscuros secretos… pero hay una realidad, en este país de dos gobiernos, uno parece no estar interesado en avanzar y el otro tiene su propia agenda no televisada. Pero no se preocupen, ahí les dejaron su cafecito Louis Vuitton (en imagen al menos). Hay algo profundamente ofensivo en la alegría oficial. Y los dichos son filosofía, lo que antes era malo, ahora es bueno, verdad María Antonieta, oíme, esos 300 mil dólares no son tuyos, son de nosotros, la sociedad, y vos, doñita pícara, dándoselos al pedigüeño de JOH, otro viejito largo y eterno vividor del lomo popular.


Ya no importa resolver, sino aparentar; ya no interesa gobernar, sino producir imágenes suficientes para mantener entretenida a una población agotada. Mientras los hospitales se desmoronan lentamente y los barrios continúan expulsando jóvenes hacia el exilio o la tumba, arriba se organizan celebraciones, transmisiones en vivo y discursos diseñados para una audiencia que consume realidad como si fuera otro programa nocturno. Los terratenientes de esta aldea descubrieron que una buena fotografía puede ocultar por unas horas el olor de la pobreza.
Todo se transformó en espectáculo: el baile, la indignación fingida, las cadenas nacionales, los “influencers” reciclados en analistas y los secretarios convertidos en animadores de un circo institucional que sonríe incluso cuando el país sangra. La tragedia nacional comenzó a venderse como contenido y quizás ahí se encuentra la degradación más peligrosa, un Estado que ya no busca solucionar el hambre, la violencia o el abandono, sino controlar el ángulo de la cámara, mientras el edificio entero empieza a incendiarse lentamente detrás de ellos, hasta que les cae cuando menos creen o esperan. Avanti.

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