ANÁLISIS / HONDURAS ¿ALGO EXTRAORDINARIO? DERIVA DE LA POLÍTICA LOCAL A SEIS MESES

El Partido Nacional en el poder, se fractura también: entre la nueva argolla brava de Asfura y Zambrano, y el juanorlandismo, modalidad patológica de la politiquería en que la hueste sigue al caudillo hasta más allá de la razón. Desde la Procuraduría, se exige cárcel para el líder aclamado en el aeropuerto. Deberá responder por traición a la patria, delito que amerita pena máxima y no prescribe, por reelegirse contra la Constitución.

Probablemente, Zemurray se rio cuando sentenció que aquí los diputados son más baratos que las mulas. Alguna vez, Picho Goldstein me explicó, riéndose, que sus empresas ganaban con leyes neoliberales muchísimo más que los veleidosos políticos corruptos promulgaban por dinero. Y por eso no cobraba su salaria de Ministro.

Y deben reírse hoy los temibles dueños de las ZEDEs derogadas pero prósperas, cuando contemplan a diputados liberales y nacionalistas respaldando esas cesiones ampliamente promocionadas desde la comunicación oficial del gobierno nacionalista que, con admirable solemnidad, defiende la soberanía del Conejo.

EL LIBERTADOR

Rodolfo Pastor Fasquelle

Al Dr. C.B. que me explicó.

Confieso, amigo lector, que la política vernácula ya me aburre cuando no me deprime. De modo que suelo desearles suerte a los comprometidos, y evito atenderla mientras no ocurra algo extraordinario. Y hoy parecía asomar justo algo extraordinario.

Después de todo, hace seis meses nos estremeció la traumática transición a la Racha. Salíamos de un gobierno que había querido ser un cambio, o al menos había representado una fractura después de un siglo de bipartidismo, y entrábamos a otro más del Partido Nacional, que simbolizaba el retorno insólito de JOH, recién indultado, y con él, de la vieja hegemonía bipartidista.

Parecía suceder —lo que en historia nunca ocurre— una Restauración casi perfecta del status quo ante: una vuelta al pasado conocido que la ciudadanía había repudiado, o por cuentas, superado en 2021. Incomodaba apenas el viejo principio de que lo hecho, hecho está y nada tiene un reverso completo.

Pero parecía que sí se restauraba el bipartidismo, incluso mediante el viejo ardid de burlar y darle la espalda al caudillo y candidato acaso ganador del Partido Liberal; y recurriendo al todavía más antiguo Pacto para repartir sueldos y rentas, porque trabajos, lo que se dice trabajos, no son.

¿Humpty Dumpty estaba otra vez ahí, sobre el muro? Orondo, entero y guasón. No había hecho falta demasiado esfuerzo para recomponerlo y todos atribuían el milagro a Trump. Parecía irreal. Hoy, seis meses después, empieza a parecerlo todavía más, pero por la razón contraria. Aunque no parece entender que la única unidad posible es la de su restauración del orden interno violado, LIBRE intenta dejar atrás su derrota catastrófica.

Una parte de su liderazgo califica de entreguista al pueblo, atribuyendo el resultado de la elección a la falta de patriotismo y mitigando después esa explicación mediante la narrativa de un fraude más extenso de lo demostrable. LIBRE tenía, después de todo, todos los instrumentos  y aun credenciales para impedir ese fraude y mucha responsabilidad en el descontento de la población con su gobierno y su campaña.

Entre los liberales, después de la marginación del candidato derrotado, un recién expulsado de LIBRE aparecía ungido para el futuro visible. Fingiendo demencia, los dos liderazgos notorios del PL marchan en direcciones opuestas, sin bases detrás que los acuerpen. La nomenclatura busca la colaboración lucrativa con quien manda, mientras el caudillo tres veces ganador y derrotado camina hacia el desierto, acompañado por sus íntimos.

Nadie se detiene a saborear la ironía: el presidente del Partido Liberal desconoce ahora toda ascendencia al hombre que ese partido postuló, hace apenas semanas, para presidente de la nación. Pero incluso la argolla que adversa a Nasralla comienza a desquebrajarse. Muestra su incomodidad con el jefe de bancada y, paradójicamente, se conspira contra Cálix, maestro de conspiradores. El resultado es que tanto el liderazgo caído de LIBRE como el caudillo liberal traicionado quedaron reducidos a los guetos de sus respectivos movimientos, sin propósito ni propuesta, incapaces de convocar más allá de ellos o de unir partidos.

Y entonces viene lo más extraordinario, en apariencia. Marginada ya la facción de los mejores y los técnicos, el gran ganador, el Partido Nacional en el poder, se fractura también: entre la nueva argolla brava de Asfura y Zambrano, y el juanorlandismo, modalidad patológica de la politiquería en que la hueste sigue al caudillo hasta más allá de la razón. Aunque, pensándolo bien, el melismo, el yanismo y el salvacionismo acusan síntomas idénticos: el síndrome del caciquismo.

Desde la Procuraduría, la facción oficialista exige ahora cárcel para el líder bienamado, recibido y aclamado en el aeropuerto apenas días atrás. Y desde el Ejecutivo se declara que el invencible deberá responder nada menos que por la tipificada traición a la patria, delito que amerita la pena máxima y que no prescribe, por haberse reelegido contra la Constitución. Con cuya condena quedaría inhabilitado de por vida JOH, pero, en teoría, también quienes habían colaborado con él.

La Restauración empieza así a devorar a sus restauradores.

Pero ocurre además algo quizás aún más sorprendente y consecuente. Mientras se fragmentan los partidos, también se desdibujan las diferencias programáticas que recién habían surgido como novedad. Durante mucho tiempo —lo observaba el Banco Mundial en 2009— los partidos hondureños, incluso cuando se definían ideológicamente, proponían poco que los distinguiera en lo sustancial y en la práctica. Los activistas y dirigentes podían ser cómplices intercambiables y oportunistas, con total independencia de la bandera y del ideario. LIBRE había obligado a ciertas definiciones. Pero también empieza a replegarse en eso ahora, o al menos retrocede su facción hegemónica, dividida.

Nueve meses después de la elección, la candidata que pretende volver después de un rechazo masivo todavía no presenta una propuesta pragmática. Mientras que el imberbe exministro de Obras —que escapa de rendir cuentas— recorre los caminos polvorientos de Dios y el Diábolo proclamando que él será el Bukele de Honduras y aplicará la Cero Tolerancia. Sin mencionar, entre quienes ahora sí deberán responder, a quienes se asocian para delinquir en la administración pública, en esos contratos tan cuestionados con los bienes del Estado. ¿Solo va a entubar a los chavalos, y a los opositores incautos?

Cabe suponer que tampoco advierten él ni sus secuaces la contradicción de proponer desde LIBRE un populismo autoritario de derecha. ¿O sí? ¿Y ya se ha vuelto inevitable esa pócima? La mención es pertinente porque Honduras se parece tanto a El Salvador, más que a ningún otro país del istmo y precisa resolver su problema de seguridad pero sin encarcelar a 2% de su población. [1] En todo caso, hay de todo en todas partes y toda clase de venenos letales parecen estarse distribuyendo en paradojas incomprensibles pluripartidistas.

Probablemente Zemurray se rio de cosas parecidas cuando sentenció que aquí los diputados son más baratos que las mulas. Alguna vez, cerca de 1990, Picho Goldstein me explicó, riéndose, que sus empresas ganaban con leyes neoliberales muchísimo más que los veleidosos políticos corruptos que las promulgaban por dinero; y por eso desdeñaba cobrar su sueldo de Ministro.

La anécdota revelaba más de lo que quizás él pretendía. Y deben reírse hoy los temibles dueños de las ZEDEs derogadas pero prósperas, cuando contemplan a diputados liberales y nacionalistas respaldando esas cesiones ampliamente promocionadas desde la comunicación oficial del gobierno nacionalista que, con admirable solemnidad, defiende la soberanía del Conejo.

De modo que, sin poder restaurar nada al final, el presente se parece mucho al pasado, aunque quizás Humpty Dumpty no haya quedado tan entero. A seis meses de la Restauración, se confirma el cisma en LIBRE; el Partido Liberal se dispersa entre el caudillo y los coconspiradores; el Partido Nacional comienza a disputar su propia herencia. Y las fronteras ideológicas se vuelven tan porosas que un dirigente de un partido socialista aspira a convertirse en Bukele, mientras los defensores originarios y constructores del Estado celebran concesiones que comprometen al Estado-nación.

O sea que los payasos tienen sonrisas coloradas pintadas sobre sus rostros blancos en las tres pistas del Circo; pero en todas prima un sentimiento ominoso de impotencia. Proliferan los nombres. ¿Pronto habrá muchos de dónde escoger? O quizás ése sea precisamente el problema: que no habrá nada que escoger si todos son iguales e igualmente dudosos.

Con el andar de los próximos seis meses quizás descubramos que, de la misma manera en que resultó ilusorio el rompimiento del bipartidismo, tan solo mutado, también resulta ficticio el resquebrajamiento de los partidos. La Restauración que parecía haber recompuesto lo viejo demuestra justamente lo contrario: que el sistema ya no puede restaurarse porque sus partidos han conservado sus nombres y sus caudillos, pero han perdido las diferencias de personalidad histórica que les dieron sentido al nacer y al rompimiento de 2021.

Y detrás de tantos candidatos, retornos, facciones, caudillos, argollas y restauraciones, no se puede aún vislumbrar una opción comprometida con el bien común, el respeto a la ley y la defensa de la patria. Eso sí que habría sido extraordinario. Porque así, al final, esta actualidad destilada es lo mismo de siempre, aumentado, y Honduras parece más bien momificada y ovillada en el huevo del basilisco.

 

San Pedro Sula, domingo 9 de agosto de 2026.

[1] Como ha conseguido Costa Rica, la más chica, que continúa siendo el país mejor gobernado del istmo, avanzando —con sus problemas— en modernidad democrática, servicios públicos, valoración de su medio ambiente e incluso dignidad externa. La diferencia no es misteriosa o ideológica, racial ni cultural; radica en haber construido una tradición de profesionales serios de lo público.

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