En la Villa Olímpica de Tegucigalpa, donde el sudor se mezcla con el polvo de los sueños, un muchacho de dieciséis años descubrió que el boxeo no se elige, es el deporte quien se encarga de bendecir a los héroes, como los truenos de las tardes de mayo eligen donde caer, con fuerte retumbar.
Es en ese rincón del gimnasio de boxeo donde Gerardo, “el Chocolate” Sánchez pasa sus madrugadas forjando su sueño, puliendo sus habilidades en aquellas cuerdas de ring que guardan el eco de combates silenciosos contra el cansancio y la falta de oportunidades en Honduras.
“El Chocolate”, es uno de esos hondureños especiales, es periodista y boxeador, en 2023 cuando conquistó el cinturón latinoamericano de la Organización Mundial de Boxeo, supo que todo su esfuerzo había valido la pena y nace un sueño olímpico, lograr la ansiada primera medalla de oro.
Redacción Central / EL LIBERTADOR
Tegucigalpa Manny Pacquiao, “Pac-Man”, era estelar en la pantalla aquella tarde, cuando Gerardo Sánchez, envuelto en la curiosidad deportiva veía al púgil filipino, sin saberlo estaba a punto de ser “noqueado” y al despertar con una nueva pasión. Recuerda de forma simple que: “Cuando Pacquiao peleaba, Filipinas entera se paralizaba, y yo me pregunté ¿por qué Honduras no podía tener algo así?”.
Era 2017, y aquel muchacho de mirada serena que había transitado sin el éxito esperado por las canteras de Motagua y Olimpia, viendo esa aspiración esfumarse como la neblina en la ciudad ante el calor de la mañana. Encendió el televisor en el instante preciso en que el universo decidió reacomodar sus fichas. No fue una decisión, fue una revelación. Porque hay hombres que escogen su camino, y hay otros, como Gerardo “el Chocolate” Sánchez, a quienes los caminos se abren, con la contundencia de “uppercut” —gancho ascendente— al hígado.
El muchacho que siempre había sido “terrible, con mucha energía” —según cuenta—, que corría y pedaleaba por inercia y herencia de su padre y tíos que entendían el ejercicio como quien entiende la respiración, se presentó en la Villa Olímpica sin más credenciales que su terquedad y la intuición de que aquel deporte de golpes tenía, paradójicamente, la forma exacta de su salvación. –
Allí lo esperaba Julián Solís, el hombre que habría de moldearlo como barro antes del horno, el mejor entrenador de Honduras —según proclama el pupilo con la devoción de quien nombra a un padre—. Pero el camino, como todas las historias de los soñadores en este país, estaba sembrado de espinas invisibles.
La familia —esa trinchera de amor que a veces se convierte en el primer ring— no disimulaba su escepticismo: “Me decían que iba a quedar mal de la cabeza, que eso no era lo mío, qué mejor buscara otro deporte”. Y no era para menos, porque el boxeo no es deporte de goles ni de canastas, sino de hematomas como huellas de batalla.

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