¿POR QUÉ DESTRUIR LOS SÍMBOLOS? UNA HONDURA SIN MEMORIA, NI PATRIA O LLEGARON LOS THERIAN, CASA TOMADA

Honduras es empujada a la “pedagogía del olvido”, no por recelo de una buena gestión, es algo más profundo. Pero esto tampoco es nuevo, es una estrategia tan antigua como la sociedad y el miedo al pasado, porque un pueblo que recuerda a Lempira y Morazán, no acepta cadenas o el olvido, se ataca a la memoria para bloquear rebeliones… Pero solo 25 días pasaron y ya la mitad de Honduras desaprueba “las rachas”.

El viejo orden que hoy manda otra vez, busca borrar nuestra “arrogante idea” que somos Patria, Nación y pueblo digno, nos quiere dóciles y en miserias, castigarnos por atrevernos a ser soberanos e independientes o felices; y no basta con la obediencia, nos quiere hacer sufrir, Orwell lo deja explícito en su novela 1984: “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”.

La casa está tomada por símbolos extranjeros y hay que decir y comprender lo qué Jerjes, dijo a Leonidas en 300 “tu nombre será borrado”, ser patriota, en palabras de José Martí, es odiar eternamente a quien ataca a nuestra Hibueras y la oprime; el poder que teme a los símbolos los destruye porque sabe que la identidad es un archivo vivo, sin memoria no hay reclamos o comunidad, borrar no es casual ni cambio de partido, es un atentado o bien, una dimensión de la neolengua orwelliana, es imponer la verdad de la injerencia sobre el alma y las raíces de nuestro pueblo, para que nunca los hondureños nos sintamos orgullosos de Honduras y de nosotros mismos.

Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Desde las sombras manos obscuras se extienden –maliciosamente– para borrar todo rastro de que somos Nación, en la noche conspiran para mostrar al hondureño “pacifico”, como sinónimo de pendejo, así como los europeos que nos vieron e inventaron la palabra “resiliente” para referirse a que somos buenos aguantando las condiciones inhumanas que nos “regalaron” sus países y otros, con la mano de nuestra miserable clase política. Por eso odian que hablemos de la valentía de Lempira o el genio estratégico de Morazán, la lealtad inquebrantable de Cabañas o el ingenio de Lucila Gamero. Incomoda hasta la intoxicación que alguien use la palabra “Patria” y se infestan si alguien se atreve hablar de “Dignidad” o alabar que Bertha aparece en un billete: la muerte rondando las esquinas, el saqueo a los minerales y las tierras, el abuso corporativo, desigualdad y miseria, solo es porqué “no oramos lo suficiente”. Mar -a- Lago, impone una estrofa extraña a nuestra alma hondureña.

El presidente del Congreso, Tomás Zambrano, sostiene una Biblia en manos, una de las primeras mociones fue aprobar la lectura de las «Sagradas Escrituras» en escuelas del pais.

El modelo del hondureño hoy, debe ser el cínico o el penco, un “influencer” tiene más autoridad que un intelectual y el Congreso está lleno de “Therians” –bestias pendejas, en palabras más catrachas–, criminales que se identifican como gente decente, como le encanta al poder ese hombre temeroso de gestos afeminados, arrodillado y siempre servil, que primero son los intereses del extranjero, después los del extranjero y, por último, también los de ellos ¿Y si se revelan? ¡Nooo! ¿Cómo podría existir la vida si nos quitan la visa gringa?; mejor cedamos hasta el nombre del continente a ellos, lo que sea pero que el chele no se enoje, con gusto el cobarde periodista pondría el lomo para que Trump pase encima de él y se disculparía por ser tan poca cosa. Hay muchos “analistas” qué hoy no duermen, la depresión y angustia de ser poca cosa, los consume, pero pondrían la lengua como alfombra para que pase el extranjero sobre la historia y dignidad del pueblo hondureño.

Desde el 27 de enero de 2026, el gobernante Partido Nacional retomó el uso del azul marino en el pabellón nacional; en la gráfica, un grupo de militares se deshace del oficial azul turquesa.

Honduras sin memoria es casa vaciada. Cuando el poder cambia de manos —tras el ciclo de gobierno anterior— y regresa el bipartidismo, lo primero que se altera no es la pobreza ni la violencia: es el símbolo. Se desteje el azul de la bandera, se retoca el escudo hasta volverlo dócil, el azul turquesa se vuelve estrella solitaria, se borran murales que narran la lucha indígena como manchas incómodas para el poder. No es casualidad, ni coincidencia; es objetivo. Como en Casa tomada, de Julio Cortazar, la ocupación empieza en silencio: se clausura un cuarto, luego otro, hasta que la casa ya no es de quienes la habitan sino de un rumor que avanza. Borrar no es únicamente colores y figuras es desplazar memorias. Y quien controla la memoria, controla el relato de la patria, es lavar los anhelos de nuestras luchas de nuestro pueblo, es callar el deseo de autodeterminación que lleva 500 años. Aún las venas están abiertas.

Las nuevas autoridades de la Secretaría de Finanzas ordenaron borrar un mural que representaba la lucha del pueblo hondureño en busca del desarrollo, entre otros temas.

La política del borrado no es nueva; es vieja como el miedo al pasado, lleva siglos es que siempre seamos amigos de nuestros enemigos. Cuando se deforma el escudo o se arrasan murales que hablan de resistencia indígena, no se “moderniza” el Estado: se le amputa la memoria. En 1984, George Orwell advirtió que quien domina el presente reescribe el ayer para asegurar el mañana. El poder que teme a los símbolos intenta destruirlos, porque sabe que la identidad es un archivo vivo, donde vive la Patria, eso está haciendo este gobierno. Sin memoria no hay reclamo; sin símbolos no hay Patria, ni sueños comunes, sueños de grandeza o unidas, por qué nos quieren divididos, compa, así somos débiles. Por eso el gesto de borrar no es neutro, es un acto de conquista (invasión) cultural. Una Honduras que pierde sus colores y sus murales pierde también el espejo donde se reconoce. Y un pueblo que no se reconoce es más fácil de gobernar, más fácil de dividir, más fácil de olvidar.

Un hondureño custodia una fogata encendida en un sector cercano a Casa Presidencial en Tegucigalpa durante la crisis electoral de 2017.

José Martí lo dijo con claridad feroz en Nuestra América: la patria “no es ese amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas, es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca”. Es conciencia, es dignidad, es memoria viva. Por eso, cuando se destruye el simbolismo nacional o se le reduce a ornamento, no se ataca un objeto, se mutila una raíz ¿por qué creen que se elimina los colores de la Guacamaya en el Estadio Nacional? ¿Por qué se elimina los colores patrios en el aeropuerto de San Pedro Sula? ¿Por qué se borra al pueblo lenca en el Casco Histórico de Tegucigalpa? ¿Por qué se elimina el “Buen Corazón en el parque la Leona de Tegucigalpa? ¿Es ingenuidad? Para nada, es calculo, en la república bananera, es el hondureño estúpido, sin arraigo nacional. Honduras ha sido empujada a la pedagogía del olvido, donde no se enseña el orgullo de la tierra sino la resignación del presente inmediato, no se forma ciudadanía se fabrica sobrevivencia. Hay que sentir vergüenza por ser Catracho. El hondureño aprende a vivir el día, no a comprender su historia; a resistir, no a pertenecer. El símbolo deja de ser espejo y se convierte en adorno, y el adorno no convoca, no une, no levanta. Un pueblo sin educación simbólica es un pueblo sin relato propio. Y quien no posee relato, termina habitando una patria ajena, incluso cuando camina sobre su propio suelo.

Antes de finalizar el mandato de Xiomara Castro, el Banco Central de Honduras cumplió con la demanda nacional de incluir a Bertha Cáceres en el billete de 200 lempiras, ratificando su rango como prócer del país.

Una sociedad ligera, sin recuerdos que durante más de 100 años peleó en las “montoneras”, que quienes seguían no eran letrados, sino campesinos de Texíguat y El Salvador; que los que se levantaron contra un golpe de Estado, destruyeron todos los símbolos del poder que hoy intentan resurgir con muchachos neoliberales, aunque ellos no sepan que es eso, que ya puestos en los cargos tienen caras de extraviados de quien quiere “deslizar” la pantalla y ya no sentirse presionado, pero ya conocerán la estructura que definió el juez Castell, pero esta es la realidad fuera de “Zoom” , aunque Roberto, Rashid o cualquiera de estos cipotes puestos por los medios tradicionales, quieran engañar, la realidad pronto explota en la cara. Pobreza, crimen y hambre, no son un video de TikTok que se puede “scrollear”, el carácter de los hombres y mujeres se define en la adversidad. Les llegó la hora muchachos ¿Cuál es tu fe Roberto? La probaremos.

Marcha del Frente Nacional de Resistencia Popular durante el golpe de Estado 2009.

El poder teme a la memoria, esa capacidad de ubicarnos de dónde venimos y hacia dónde vamos como Nación, es el pilar de la construcción hacia una Patria digna y orgullosa. Al final, todo se reduce a la memoria o al vacío, no hay término medio. Como en Casa tomada, de Cortazar, la casa no cae de golpe: es abandonada cuando quienes la habitan dejan de reconocerse en sus paredes. Así también la patria se pierde primero en el símbolo, luego en la conciencia, y finalmente en el alma de su gente. Orwell lo recalcó en 1984: el acto más brutal del poder no es matar el cuerpo, sino reescribir el pasado hasta que el hombre dude de sí mismo. Honduras no está perdiendo sus colores por descuido, sino porque esa es la maquinación. Porque un pueblo que recuerda a Lempira no acepta cadenas, y un pueblo que nombra la Patria no acepta olvido. La última frontera no es la tierra: es la memoria. Y defenderla es el último acto de dignidad, “con ustedes hablo enemigos del pueblo y la libertad” Dijo Morazán en la hora última. Avanti.

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