La corrupción y la decadencia moral de quienes gobiernan Honduras han alcanzado tal nivel que el narcotráfico logró instalarse en la propia presidencia del país. Este fenómeno no se produjo de manera aislada, sino que fue posible gracias al apoyo y complicidad de diversos sectores: los empresarios financiaron la maquinaria del poder, los militares ofrecieron su aval con miradas consentidas, los líderes religiosos cerraron los ojos, disfrutando de privilegios y manteniendo sus sotanas manchadas, y los medios de comunicación tradicionales, con sus teclas rotas, contribuyeron al silencio y la desinformación. Silent Hill, está abierto.
La escena política hondureña parece un teatro de sombras donde tres presidentes gravitan sobre una institucionalidad imaginaria. Uno carga la sentencia de haber convertido el poder en ruta para el narcotráfico; otro irrumpe desde el dolor, señalándolo de haber provocado la muerte de su hijo; y un tercero queda marcado por la humillación internacional frente a Trump. En ese triángulo de acusaciones, tragedias y descrédito, la clase gobernante empieza a parecer un escenario donde el poder se confunde con crisis y fantasmas, en este dilema hay que llevar a juicio a Themis.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Algún lugar imaginario que crearon los políticos en el montarral, donde hablaban de ponys que volaban y capitalismo funcional, que la democracia era votar cada 4 años y el Estado hondureño sería la cornucopia donde todos beberíamos y seríamos felices. Nada de eso existió y sigue así. Ese mundo creado se convirtió más un “Silent Hill”: un pueblo ficticio que, actúa como una entidad sobrenatural y malévola, no solo un lugar geográfico. Funciona como un espejo del subconsciente, materializando los traumas, miedos, culpas y deseos reprimidos de los personajes en forma de pesadillas, monstruos y un entorno de «Otro Mundo”. Esos personajes son nuestra clase gobernante, política y económica.


Del edén al terror. Todo comenzó a derrumbar y sentirse ese oxido en el aire, las “tarántulas” asesinaron a los muchachos estudiantes, los extranjeros se adueñaron de las empresas nacionales, mientras las calles brotaba la sangre de las alcantarillas con carteles de desaparecidos, ese club selecto de hombres y mujeres poderosos, cerraron las puertas del palacio y todo atrás murió con la peste de la corrupción y el engaño, la bandera de desgarró y las riquezas del escudo fueron robadas con palabras bonitas de muchachos que estudiaron en Miami y quienes alguna vez fueron paladines, se convirtieron en cuadros que posan a la espalda de los malvados, mientras el cardenal, espera qué Luz Ernestina, le sirva el té y dice -mientras cruza la pierna– pobres siempre habrá. Mientras llueve sangre para los pobres.


“Los manteles blancos del poder” escribió entonces un joven director de este medio; pero esos manteles están roídos y torcidos, aquellas señoras –hoy llenas de bótox– parecen más un sanatorio (con pecados incluidos); mientras los encantadores periodistas perdieron la forma y no hablamos del físico, tráqueas alquiladas, cuerpos llenos de Xanax y mentes en barrotes. El poder en Honduras se derrumbó espantosamente, como en Silent Hill, los invadió la noche y se quedó a vivir para siempre. ¿Y el pueblo? Ese es el digno, el eterno de Antonio Machado, el que ha construido está nación, el que emplea casi el 80 por ciento de la gente, quien paga impuestos, quien se despierta a trabajar y no espera el presupuesto para funcionar. ¿Y el anticorrupción? Duerme hasta 2030.


Tan alto llegó el hedor de los que dominan el país que el narcotráfico llegó a la presidencia de Honduras, mientras Morazán aún se retuerce y Froylán Turcios lanza algún insulto mientras escupe el suelo y Clementina Suárez esboza un poema. Todo eso pasó con el financiamiento de los empresarios, las miradas consentidas de los militares, las barrigas llenas y sotanas sucias de los religiosos y por supuesto, las teclas rotas de los medios de comunicación tradicionales, mientras el gringo, que antes fue el inglés y antes el español, siempre sonrieron ante el humillado e indigno que no siente su Patria.


Honduras parece haber ingresado en una especie de geografía política que recuerda al pueblo maldito de Silent Hill: un lugar donde el fuego no oculta monstruos sobrenaturales, sino las deformaciones de su propia democracia. Tres presidentes orbitan el mismo escenario como sombras de una institucionalidad inexistente. Uno carga la pesada sentencia de haber convertido el poder en ruta para el narcotráfico; otro responde desde el dolor y la furia, señalándolo de haber provocado la muerte de su hijo; y un tercero permanece marcado por la humillación internacional, reducido ante la mirada de Estados Unidos como un recordatorio de cómo el poder puede pasar de la arrogancia al descrédito. La democracia, que debería ser el espacio de equilibrio y legitimidad, aparece en cambio como un terreno distorsionado donde la verdad se disuelve entre acusaciones, memorias selectivas y heridas abiertas. Como en el juego, la ciudad no está poseída por fuerzas externas: simplemente refleja las culpas que sus habitantes no han resuelto. Avanti.

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