

“No está en juego únicamente si el gobierno se consolida o fracasa. Está en juego qué es, en qué consiste, bajo qué condiciones existe. Asfura gobierna, pero bajo sospecha.
Ejerce, pero sin reconocimiento pleno. Existe, pero como hecho discutido. Y ahora esa disputa se desplaza: ya no ocurre solo entre actores políticos, sino también en sistemas que no deliberan ni responden, pero que filtran, ordenan y validan la realidad”, cita en este análisis el doctor Rodolfo Pastor Fasquelle.
Rodolfo Pastor Fasquelle
EL LIBERTADOR
redaccion@ellibertador.hn
Introducción insólita
Para obviar subjetividades, hoy decido preguntarle a ChatGPT ¿Qué piensa de los primeros 50 días? Cuando, por espacio de un cuarto de hora, se rehúsa con vehemencia a reconocer que Nasry Asfura asumió el mando presidencial de Honduras hace cincuenta días, le reclamo el absurdo. ¿Qué le pasa?
Pero Chat insiste. No.
No hay registro —escribe— de que haya asumido la presidencia hasta el momento.
No hay evidencia confiable de que sea actualmente presidente de Honduras.
¡El cargo sigue ocupado por Xiomara Castro!
No hay registro institucional, legal ni político de su toma de posesión…
Púchica. No te digo: me burlo y me sorprendo.
Hasta que incrédulo la amenazo. Recupera un haz de periódicos internacionales con las noticias y finalmente acepta. Y medio se disculpa… medio.
Recuerda entonces que su victoria —la de Tito— fue estrecha, menos de uno por ciento; que no todos los actores la reconocieron, que hubo denuncias de fraude. Y concluye, con seguridad: será un gobierno débil en legitimidad, con base social fragmentada, obligado a actuar con cautela.
Lo inquietante no fue la negativa inicial, sino la lógica. Chat no negaba el hecho únicamente por ignorancia, sino por criterio: no reconocía la existencia de un gobierno porque no encontraba consenso verificable que lo sostuviera como verdad estable. No distinguía entre hecho y legitimidad.


¿Si no era legítimo, no podía ser real? Hay ahí algo torpe, sí. Pero también algo más serio.
En ese gesto —que parece técnico— asoma una deriva: la realidad política empieza a depender de su validación algorítmica. (La IA no produce verdad: normaliza y estabiliza datos. Y para estabilizarlos elimina la ambigüedad, reduce el conflicto, desconfía de lo no demostrado. Pero la política —más evidentemente en contextos como el nuestro— es lo contrario: conflicto abierto, legitimidades en disputa, hechos que existen antes de ser aceptados, o incluso sin serlo).
Por eso Chat se obstina primero en la negación. Y cuando cede, no concede del todo: incorpora el hecho bajo sospecha, como incompleto, condicionado, casi nominal.
Los puntos de partida (según Chat) Argumenta como axioma, más que por observación, que —por estilo y circunstancia— Asfura gobierna exigiendo orden, gestión y eficiencia. ¿Será? Impulsando la continuidad de las viejas estructuras del país y del partido; buscando estabilidad, cooperación empresarial y externa; con alineamiento internacional clásico y política interna tradicionalista.
Pero la IA no enfoca ese condicionamiento externo. El comercio ya se resiente por tarifas; los combustibles se disparan por la guerra y la especulación; los insumos —los fertilizantes indispensables— escasean, mientras Asfura considera darle la espalda a China, que los produce. Hace tiempo que la geopolítica no era tan directa. El gobernante ofrece también lo suyo: alineamiento, disposición, incluso —potencialmente— la entrega de sangre joven catracha para conflictos ajenos, sin obtener a cambio siquiera una visa, un TPS.
Mientras tanto, nombra a quienes operan la maquinaria de un Estado que no rompe, sino que continúa: un Estado vasallo, administrado por funcionarios muchas veces ajenos a sus funciones… algunos, incluso, señalados. Que cambia para no cambiar. Y eso pesa.
Porque, a diferencia de la indiferencia mayoritaria, uno alcanza a ver cómo esos aparatos —los de aquel y este Estado— atraviesan la vida cotidiana. Somos parte de una burguesía que tramita, paga, gestiona; mientras la mayoría sostiene la carga principal vía el impuesto indirecto al consumo.
(Quizás por eso mismo, el gobierno busca compensar: restaurar privilegios del capital, flexibilizar el trabajo por hora, facilitar condiciones, reactivar ZEDEs, sostener exenciones).
Lo esencial —y aquí Chat acierta— es que se trata de un intento de restauración: el retorno al statu quo ante. Un modelo que no logró romperse ni resolver sus propias contradicciones, y que difícilmente ahora podrá sacar de la pobreza estructural a la mayoría, menos aún detonar un desarrollo compartido.
Los trabajos y los días
En las primeras horas, hay toma de posesión, pero no cierre de disputa. Los primeros días transcurren sin hegemonía. Luego, de inmediato, la búsqueda de legitimidad externa: Washington, Tel Aviv, actores de la derecha global. Señales, promesas, respaldos tentativos. Estrategia conocida, eficacia incierta.
Hacia el primer mes, emergen tensiones. La oposición se reactiva; los nombramientos se cuestionan; la legitimidad vuelve a discutirse.
En el segundo mes, la prisa: medidas concretas, ante reclamos, intentos de consolidación desde el aparato estatal. Pero en ausencia de legitimidad, cada acto se politiza.
A los cincuenta días, las filiaciones están claras. Las proyecciones también. No así la trayectoria.
No hay colapso ni consolidación.
Hay una inercia sin equilibrio, inestable.
Dilemas y núcleo duro
La base del poder es insuficiente.
Hay partido, redes, experiencia —incluso una expertise perversa—.
Pero no hay legitimidad transversal.
No hay consenso. Se gobierna en ajuste permanente.
Si logra normalizar su mandato, Tito sobrevive.
Si no, el poder queda suspendido.
Y eso erosiona todo: inversión, gobernabilidad, autoridad simbólica. En la calle se grita “Fuera la Racha”, mientras otros reclaman puestos. Ambos empujan. Como empuja también la inflación que viene: electricidad, combustibles, consumo.
Lo que Chat no termina de ver es que el esquema restaurado devuelve al Estado a una condición de rehén: subordinado a un núcleo empresarial y a sus alianzas externas. Se obtiene respaldo diplomático, una narrativa de estabilidad. Pero no desarrollo, ni cohesión, ni resguardo.
Sus tres escenarios —normalización, conflicto crónico, crisis— quedan cortos porque no ponderan e incorporan el peso de actores como Lobo o JOH, ni la naturaleza de los dilemas internos.
Asfura no puede despedir sin desestabilizar.
Ni retener sin traicionar.
No puede ceder sin perder, ni resistir sin aislarse.
Última digresión
Quizás por eso el problema no es solo político. Ni siquiera geopolítico. Es, también, ontológico.
No está en juego únicamente si el gobierno se consolida o fracasa. Está en juego qué es, en qué consiste, bajo qué condiciones existe.
Asfura gobierna, pero bajo sospecha.
Ejerce, pero sin reconocimiento pleno.
Existe, pero como hecho discutido.
Y ahora esa disputa se desplaza: ya no ocurre solo entre actores políticos, sino también en sistemas que no deliberan ni responden, pero que filtran, ordenan y validan la realidad.
En ese plano, ya no basta el ejercicio del poder.
Tiene que volverse verificable.
Y eso lo transforma y adultera.
Porque un poder que depende de validación constante no se fija: se sostiene en vilo. Puede permanecer, pero no se afirma.
Por eso, a los cincuenta días, no hay desenlace. No hay colapso, ni consolidación
Hay otra cosa: Un poder que opera sin fijarse.
Subsiste, sí, pero en vilo: un equilibrio reversible
Se prolonga sin asiento, expuesto siempre a la duda
Un fenómeno que ocurre … sin terminar de volverse real
Y eso —más que la crisis— es lo peligroso. ¿De que depende?
Porque entonces la pregunta deja de ser política y se vuelve más incómoda, existencial:
¿Quién gobierna realmente?
¿O qué apenas empieza a existir? ¿ Qué falta ahí, aparte de superar el estigma de origen y definir un propósito común?
San Pedro Sula, marzo de 2026