En nuestra larguísima novela (historia) de piratería, las ZEDE que nacieron con golpe de padres de patria, han firmado un nuevo capítulo: “Próspera Honduras” con su propia justicia para mofarse de la capital, quienes juran compartirán su mesa y ganancias, mal cálculo de los grupos que asiste a sus foros “turismo”, esas bestias extranjeras, no les darán valor en su nuevo orden, tampoco a los cipayos nacionales.
Las ZEDE no entraron con tanques ni “decretos de ONU” como ese Estado de enfermos, llámese Israel; a pura misas negras y sobornos, “el hombre presidente” que les dio vida: nunca trabajó en su vida y nos vendió el territorio, y primero nos dijeron que habría empleo e inversiones, y después nos demandaron, reclamaron autonomía y ahora vomitaron sobre el palacio de justicia que, como una rima insólita, está pintado en un pasivo gris, pero cada año gasta fortunas.
¡¿Y dónde están los reclamos del CNA, ASJ y los pastores?!, el silencio retumba en esta casa tomada por el encave de Silicon Valley ¿no es motivo para izar la bandera negra pirata? O celebrar un día de humillación, ¿Los excéntricos presentadores no se conmueven con la venta de un país, no gritan percepción?
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. El 12 de agosto de 1765, bajo el sofocante calor de una tienda militar en Allahabad, el emperador mogol, Shah Alam II, entregó las llaves de su reino después de la derrota en la guerra, firmó la justicia y los impuestos de Bengala, región situada en el noreste del subcontinente indio. Hoy está dividida en dos: República de Bangladés y el Estado de Bengala Occidental (en la República de la India) a favor de la “East India Company», una junta de mercaderes con sede en un edificio de Londres. Un pícaro contador llamado Robert Clive logró lo inefable, privatizar los tribunales de una nación; dos siglos y medio después, el fantasma de Allahabad resucita en las montañas y costas de Honduras, el nombramiento de un juez propio dentro de una ZEDE no es un ajuste técnico de «seguridad jurídica», es el retorno del viejo feudalismo corporativo, donde la ley no nace del soberano ni de la Constitución, sino de un grupo de viejos enfermos extranjeros con el sometimiento afeminado de los quizá nacionales.


Frente a esta historia distópica hondureña, la orquesta del establishment local ejecuta una sinfonía de silencio mística, la cúpula empresarial, que suele rasgarse las vestiduras ante el mínimo pestañeo fiscal, guarda un mutismo sepulcral, las iglesias no descubren pecado alguno en la mutilación del mapa nacional, ni la “humillación”; los partidos políticos, expertos en gritar «¡traición a la patria!» en las tarimas electorales, miran el techo de sus “sedes” y la sociedad civil dormita bajo la sombra de un sedante conveniente, ni Gabriela, todavía humillada en el rincón, ni Carlos andan locos gritando o haciendo conferencias de prensa. Una corporación extranjera desembarca, iza su bandera, nombra a sus propios magistrados en suelo catracho y el Estado responde con un suspiro resignado, cansado… casi muerto. Mientras barcos a todo vapor se aproximan al petróleo de la Moskitia.
Los apóstoles del modelo repiten: «Como la justicia hondureña es un desastre, mejor importamos una», esos gorditos que van a los foros hablar estupideces que en sus casas ya no escuchan. La ironía tiene un precio absurdo, para financiar a nuestro propio Poder Judicial —ese paquidermo burocrático especializado en redactar cartas de libertad para corruptos ilustres, engavetar expedientes hasta la herrumbre y dilatar juicios hasta el cansancio—, el pueblo desembolsa un presupuesto que supera los 4,300 millones de lempiras al año, pagamos un billete de oro por un circo de impunidad para luego aplaudir que un enclave privado monte su propio circo en la habitación de al lado. Y la vieja jueza acomodada solo dice “Así es aquí”.


El despojo tiene el ritmo pausado de Casa tomada, el célebre relato de Julio Cortázar, en esa casona de pasillos fríos, dos hermanos escuchan un rumor sordo y prefieren replegarse antes que pelear: «Han tomado el ala trasera», murmuran, y pasan el cerrojo, luego ceden el comedor, la cocina, el pasillo central, estrechando su vida a un rincón sofocante hasta que solo les queda la acera y la llave tirada en la alcantarilla.
Las ZEDE operan con esa misma lógica. No entraron con tanques ni estruendos, sino con el goteo de las negociaciones con nuestros corruptos desde el Congreso, con los insultados en el norte, primero pidieron un retazo de tierra bajo la promesa dorada del empleo; después reclamaron autonomía administrativa; más tarde, colmillos fiscales, hoy, al nombrar sus propios jueces, han pateado la puerta del palacio de justicia y se han acomodado en el sillón principal, mientras tanto, la institucionalidad hondureña actúa como los hermanos del cuento de Cortázar: retrocede, echa llave a la dignidad y ajusta el margen de la Constitución para que quepa el intruso. Es mejor como dijo un magistrado, acumular 7 millones en la Corte Suprema, que estar en peligro de perder la visa.


¿Dónde están esos sectores que vimos antes indignados? ¿No es esto suficiente para elevar una bandera negra en el capital? Para que católicos y evangélicos llamen a sus ovejas a salir a las calles, solo escuchamos un silencio que recorre todo el país, mientras nos quitan la tierra, los ríos, las leyes y la energía, aquí hay un mal cálculo para los grupos facticos y es creer que esas enormes bestias sedientas les van a dar algún valor en el nuevo orden, todos los negocios que alguna vez los llevaron a tener riquezas absurdas se los van a quitar y como nunca sembraron nada, nadie los va a proteger, a nadie le va importar y posiblemente hasta sea una caída celebrada, señoras del capital tradicional y como decía Aria en GOT, los ojos azules y verdes vienen por todo y por ustedes.


Que un puñado de extranjeros entre a nuestra casa y tomen las decisiones que quieran nos marcan una decadencia absoluta y señala el camino para volvernos otro Haití en América Latina, un grupo de gente caminando, sin orden, ni ley, sin patria ni dignidad y cuando esa hora llegue, muchos huirán, recordaran sus tiempos de bonanza y los técnicos no podrán ladrar ningún perdón; aún están los pedazos de rieles de las bananeras como una promesa que algún día volverían y regresaron en forma de ZEDE.


Robert Clive enseñó al mundo que cuando a una empresa se le entrega el mazo de juez, el ciudadano deja de existir para convertirse en un renglón en el balance general, Clive fue parte del asesinato de ¾ partes de la población en Bengala, por hambruna, al final una empresa solo persigue capital, no el bienestar social. La verdadera tragedia no es solo el desenvolvimiento bucanero de un enclave mercantil, sino la complacencia de una élite que dirige el país y que liquida la patria, que se pierde sin memoria. Si nadie reclama la casa, el final está escrito: terminaremos parados en la acera, viendo desde afuera cómo extraños administran lo que alguna vez llamamos República. Avanti.

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