Nueve meses de gobierno y la calle hierve –¡todo un récord!–, no son bots ni activistas financiados por Dogu o un mensaje de Trump, es fuego de cambio que ya una vez quemó una naciente dictadura; la desesperación social no negocia y, la indignación cuando se acumula, aceita la guillotina en las calles, vieja conocida en Francia y Roma, historia universal no ficción, “solo el pueblo es eterno”.
La fuerza de un reino no se construye con mover soldados, ni con excusas de ilegítimos, corre por la construcción de un comercio sano, alianzas sólidas y tribunales justos… Todo lo que hace falta en esta tierra, donde la expropiación de bienes públicos y la miseria social son bien vistas, por ahí va la ENEE, Ley Agroindustrial, fideicomisos y la próspera opulencia en poquitos.
En el relato de Poe el rey se encerró con los más pudientes, su clero y su amplia lista de cortesanas, oídos necios que pagaron con vida la alta traición, la figura del sucio blanco y máscara roja cruzará el salón, nadie lo detendrá y, entonces, no valdrá ninguna excusa ni suplica, lo que no sirve rodará, será la hora del llanto y crujir de dientes.
Reflexión
EL LIBERTADOR
redaccion@ellibertador.hn
Tegucigalpa. Camina cansado el señor, tantos gobiernos, tantas promesas y sigue con su lento andar, comprando el pan a las 5:00 de la tarde para alimentar a la familia, ha visto dictadores y golpes; políticos corruptos y algunos medianamente decentes, ha visto miles de movilizaciones haciendo algunos cambios y, también, ha visto todo volver a ser como antes o peor, marca el reloj a las 8:00 de la mañana, celebra lo mismo todos los años: día de la madre, 15 de septiembre, Semana Santa y Navidad, (cuando cumple años nadie sabe, está trabajando), nada cambia en esta tierra… lo único es su existencia cansada, agostada y como débil fueguito nervioso está a punto de apagarse,
mientras escucha una movilización más, un partido corrupto más… Y también, otro sobreseimiento más…


Mientras la indiferencia se sienta durante 500 años en el centro de la mesa degustando los banquetes del poder, el abuso, el olvido y el crimen susurran día y noche en los oídos de los gobernantes; mientras el costo de vivir se llame así “costo”; mientras el contraste de abundancia y miseria no tenga misericordia y los hombres de “dios” se arrodillen ante la comodidad de la seda y del papel moneda, siempre habrá un pueblo dispuesto a llenar las calles de luces, es hoy, ayer, mañana y ustedes lo saben bien, y si no, lo sabrán, todo tiene su tiempo y su hora en la rueda del tiempo y de la vida. Señores, señoras, estos teclados están roncos y gastados de advertirlos, es mejor compartir un poco ahora que perderlo todo después o, como lo vivió la reina (con un poder real incomparable a las fichas públicas que despilfarran ustedes), hasta en el último segundo supo que abandonar los miserables puede costar todo, los ojos de su rey verán marcharse el cuerpo y dibujará una pregunta: “¿Por qué?”


No es metáfora queridos y queridas que hoy son enemigos de la libertad y del pueblo, y ésto, se los grita Morazán desde la épica altura inmortal. Desde cualquier parte puede venir cabalgando el héroe, y no será su amigo ni su socio. Mediten, hasta esta noche todavía tienen tiempo, distribuyan o terminarán creando el restaurante de los lamentos, “little Honduras” de Miami, junto a otros viejos y viejas y sus descendencias llenas de odio, con aires de príncipes que nunca fueron, todos ellos, una vez soberbios y ladrones de sus países y, en extremo, ingratos con sus poblaciones: “little Habana”, “little Venezuela”, “little Nicaragua”, etc.
Por si no saben, existe una ley mística de compensación, recibimos lo que damos, si hacemos mal a otros eso volverá y si hacemos bien retornará, ¿creen que es paja? ¡Va’ pue! Llevénsela así, y verán cómo el monstruo siempre busca a su creador y, ustedes, son los creadores de la tristeza, del hambre, de la angustia y del sufrimiento en Honduras.


Habría que decirle a los poderosos del patio, con la cortesía que nos distingue, que la historia no es original, que cuando el pan falta y el impuesto sobra, los pueblos han hecho siempre lo mismo, se han cansado, se hartan. En 1789 fue harina y arrogancia de una corte que no entendía el porqué la plebe hacía tanto ruido por tan poco pan; “que coman brioche”, fue lo último que dijo una cabeza rodando sobre el suelo polvoso, todavía no era al glamuroso París, era igualito a pasar a pie hoy a las 12:00 de la noche por los mercados de Comayagüela. Dos mil años antes, fue un esclavo tracio llamado Espartaco quien decidió que las cadenas, por muy bien forjadas que estuvieran, no eran argumento suficiente para seguir agachando la cabeza; Ni Luis XVI ni los amos de los ludi romanos entendieron la lección, el desesperación social no negocia, y la indignación, cuando se acumula, se va a las calles y aceita la guillotina.
Nosotros tenemos nuestra propia historia de traiciones y rechazo, desde el enclave bananero que fijaba el precio del país entero desde una oficina en Boston; el impuesto que el pequeño comerciante (emprendedor, les dicen casi por desprecio) paga religiosamente, en tanto, el gran exportador negocia «incentivos» y encuentra, milagrosamente, la manera de que sus ganancias nunca engorden lo suficiente como para que el SAR se entere; la telefónica que factura en dólares y tributa en promociones, la misma mala telenovela que no ha cambiado en quinientos años, solo los actores se han puesto corbata nueva. El pobre, mientras tanto, sigue pagando el banquete al que nunca lo invitan.


Y ahora resulta que apenas van nueve meses. Nueve meses de gobierno y ya la calle hierve, ese signo hay que reconocerlo, es proeza nacionalista, hay presidentes que tardan un sexenio entero en indignar así a un país. El costo de la vida sube con una puntualidad que ya quisiera el transporte público, se negocia una reforma eléctrica que los políticos juran y perjuran que no es venta de la ENEE, aunque el campesino y el maestro, que ya han visto esta película, prefieren no creerle al que factura la luz. Se aprueba una ley «de protección agroindustrial» —nombre precioso, digno de premio en mercadotecnia— que a los pueblos del campo y garífunas le suena menos a protección y más a despojo con el visto bueno de nuestra hermosa justicia y acompañamiento policial; para cerrar la función, el TPS vence, 55 mil compatriotas quedan colgando de un hilo migratorio y, el presidente, en vez de un plan de nación claro, ofrece un ruego, que lo dejen trabajar, como si gobernar fuera un favor que el pueblo le debe, y no al revés. ¿Y el Escudo de las Américas, para qué? ¿Tanta humillación, para qué?
Cuentan que en un reino lejano, un rey frívolo escuchó que había una peste que desolaba los reinos vecinos, aquel hombre que debería cuidar a su pueblo lo abandonó y se encerró en su castillo con los curas de las iglesias, las cortesanas y las familias más ricas del lugar, oro, platino y paladio relucían por todo el lugar, en la noche se escuchaban los gritos de los pobres hambrientos, y el rey solo pedía a su orquesta más sonido de la música y solucionaba el «inconveniente»; un día se hizo una fiesta de máscaras: entre risas y disfrute, alguien entró, vestía blanco (sucio) y una máscara roja. Uno a uno, todos los hombres y mujeres cayeron a sus pies. No quedó rey, autoridad celestial o familia poderosa.


No hace falta mucho esfuerzo para reconocer el castillo, las salas del cuento bien podrían ser las salas del poder hondureño: Congreso, juntas directivas, mansiones inimaginables, bufetes que redactan las leyes que después firman los mismos que las encargaron, adentro se baila, se corta cinta, se promete inversión extranjera y se cuenta con orgullo cuánto crecieron las reservas internacionales; Afuera, la gente hace fila para comprar gasolina, pagar la matrícula, despedir un hijo que se va sin papeles porque aquí ya no hay ni promesa de trabajo y como en el cuento, el detalle es que la plaga no pide invitación, en algún momento del baile —quizás con las próximas elecciones, quizás con la siguiente factura de la luz— la figura de blanco sucio y máscara roja termina cruzando el salón sin que nadie logre detenerla en la puerta. Imposible no ser pesimista en un ambiente así, una sociedad buena es aquella donde los gobernantes procuran el bienestar mental, económico y espiritual de los habitantes, a los hondureños no han dado una sociedad mala, sino, solo miren cuántos muertos hay cada día, miren las filas de los personas que buscan un empleo, ¿y todos los privilegios al sector privado y las exoneraciones de 40,000 millones de lempiras y más, cada año, para que acumulen riqueza y produzcan más empresas y trabajos?
Y esas regalías que pagamos la mayoría de hondureños con un lempira devaluado empezaron en 1990… y mañana siguen y siguen en Navidad…


Porque esa esta es la moraleja final, ni Versalles ni Roma ni Tegucigalpa han querido aprender sus élites y sus comemigajas, podrán atrancar el castillo, todo lo que quieran, contratar seguridad israelí, cambiarle el nombre a la ley, jurar que la ENEE no se vende y que la tierra se protege, pedir tiempo y clemencia mientras la gente hace cola para irse por las fronteras o gritar al aire que ya no soporta el costo de vida; pero afuera sigue el señor del principio, con su lento andar y su débil fueguito nervioso a punto de apagarse, contando gobiernos como quien cuenta máscaras, se parecen todas, y cuando por fin alguien entra sin ser invitado ni amigo ni socio, no pregunta quién tenía el disfraz más caro.
La calle, mientras tanto, sigue ahí, sin máscara, porque no le hace falta. ¡Y no pregunten para quién encienden las llamas…! ¡Avanti!

Deja un Comentario