PADRE NUESTRO… QUE ESTÁS EN NEW YORK

Pienso en las ironías de la vida, Juan Orlando Hernández saliendo desde Toncontín a enfrentar su destino, el aeropuerto que quiso cerrar a toda costa y viene a mi memoria las palabras de Ana García, la esposa cómplice que una vez dijo: “Ningún familiar mío viajará a Estados Unidos con un coyote”, y en efecto sus palabras se cumplieron.

Belinda Portillo*
Columnista
EL LIBERTADOR
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Veo desde mi ventana que da a la pista del Aeropuerto Toncontín, una muchedumbre, hombres y mujeres, periodistas, militares, incluso la figura patética de una mujer en paños menores, la misma que el día anterior buscando un minuto de fama o posiblemente un “like” dijo por las redes sociales que quería hacer el amor con JOH. No todos los que están presenciando su partida están celebrando, muchos lloran en silencio, por temor a lo que él pueda decir o por lo que han perdido y no tendrán nunca más.

Desde lejos, soy testigo de la entrega a la DEA de una figura que durante ocho años fue intocable, veo como rueda el avión por la pista hasta que despega y se pierde, no en un horizonte azul, sino más bien en un horizonte denso y lechoso producto del humo de los incendios; en ese preciso momento, pienso en las ironías de la vida, Juan Orlando Hernández saliendo desde Toncontín a enfrentar su destino, el aeropuerto que quiso cerrar a toda costa y viene a mi memoria las palabras de Ana García, la esposa cómplice que una vez dijo: “Ningún familiar mío viajará a Estados Unidos con un coyote”; y, en efecto, sus palabras se cumplieron, su esposo viajó, no con un coyote sino en un avión de la DEA. Tengo una mezcla de alegría combinada con angustia, en mi cabeza me rondan las interrogantes: ¿realmente se está llegando al fin o este es sólo el principio? ¿Quién sigue? ¿Cuántos más van a caer? ¿Se logrará limpiar a Honduras?

Mis miedos no me engañan, una sensación profunda y extraña me invade, algo me dice que esto no ha terminado. Trato de acallar esa sensación y me digo “el avión ya despegó, JOH se ha ido”. Pero en lo más profundo de mi ser, presiento que el fantasma del narcotráfico está allí agazapado, esperando atacar y burlarse nuevamente de todos los hondureños, porque sus cómplices aún siguen en Honduras, escondidos tras los muros de la política, la justicia, la banca y la iglesia.

Juan Orlando Hernández, el mítico presidente de Honduras, el “indito indómito” de Lempira, que nos engañó a todos o a quienes dejamos que nos engañara con la idea que era la reencarnación del indígena Lempira, quien nos sacaría de nuestro sueño profundo y nos convertiría en un país «10”, se valió de nuestro clamor por una vida libre de violencia, de nuestra escasa cultura política, y sobre todo de nuestro miedo visceral al socialismo; nos vendió, y compramos la idea, de que él era el elegido para salvar al pueblo hondureño de las garras de la perdición, de la herejía y de la izquierda. Durante dos periodos el pueblo lo ensalzó y celebró cada una de sus palabras, cada una de sus mentiras.

Aún a pesar de las evidencias el pueblo creyó que los índices de violencia y pobreza bajaron, que la gente que migraba lo hacía para reunificar a la familia o empujados por un ardid político de la oposición –hoy Gobierno–, repetían hasta el cansancio que los hondureños teníamos una vida mejor. Se hacían de oídos sordos ante los reclamos nacionales e internacionales por las mentiras, los abusos y violaciones de derechos humanos de la administración de Juan Orlando y su grupo de allegados; las mentiras seguían y seguían pero muchos se negaron a escuchar, porque en su fuero interno sabían que todo era una quimera bien diseñada y apoyada por un segmento de la población a quien le habían comprado la voluntad y la conciencia, y sobre todo, apoyado por una empresa privada y políticos corruptos, ensalzado por algunos medios de comunicación y bendecido por una iglesia que, como hienas, se alimentaban de la carroña que JOH y el narcotráfico dejaban.

Creo, sin temor a equivocarme, que Juan Orlando se fue, pero su legado de corrupción y mentiras quedó entre nosotros, JOH compró conciencias y lealtades, en pocas palabras corrompió el sistema, como un cáncer desarrolló metástasis en todas las dependencias del sector público. Toca esperar para ver que harán las autoridades para erradicar esta herencia maldita, para extirpar el cáncer de la corrupción e impunidad, si tienen la capacidad y la cintura política para hacerlo, para recatar el país, o por el contrario sucumbirán ante ella y nuevamente los hondureños tendremos que esperar “que el Padre nuestro que está en New York”, actúe por ellos.

*Economista con estudios de maestría en Planificación y Política Económica, con más de 30 años de experiencia en el área de Derechos humanos de La Niñez y Derecho de las Mujeres; 20 años de trabajo en ámbito internacional en esos temas. Actualmente se desempeña en el sector Salud como representante en Honduras de la empresa “Procesos Inteligentes”, de capital colombiano.

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