Según el análisis de Nate Bear, el conflicto ofrece a empresas como Palantir el escenario ideal para probar, ajustar y rentabilizar tecnologías militares basadas en inteligencia artificial.
Agencias / EL LIBERTADOR
Ucrania se ha convertido en una especie de laboratorio para tecnologías de rastreo, vigilancia y ataque basadas en inteligencia artificial (IA), mientras la empresa tecnológica estadounidense Palantir amplía su papel en estructuras militares, estatales y civiles del país, según sostiene Nate Bear en un análisis publicado este martes.
LA RED PALANTIR
Bear recuerda que Palantir llegó al territorio ucraniano poco después del inicio del conflicto entre Rusia y Ucrania, con herramientas destinadas a acelerar la llamada «cadena de muerte»: el procesamiento masivo de datos para localizar un objetivo y llevarlo hasta el punto de un ataque. Según el autor, esa cadena está controlada por Maven, mientras que otras herramientas, como Prisma y MetaConstellation, sirven para dirigir ataques con drones y coordinar vigilancia satelital previa a una ofensiva.
Tras su implicación inicial en el ámbito militar, Palantir amplió rápidamente su presencia en Ucrania hasta integrarse en estructuras estatales y civiles del país. Bear sostiene que esa expansión alcanzó la seguridad interna, el sistema educativo y la digitalización de funciones públicas, y vincula a ese proceso la base de datos militar Oberih y el sistema Reserve+.
El analista afirma que es precisamente Reserve+ el sistema que desempeña un papel central en la movilización forzosa en Ucrania, al integrar datos militares, fiscales, laborales, médicos y de residencia para identificar a hombres en edad de combatir y evaluar su aptitud para el reclutamiento. Aunque no existe confirmación oficial, considera muy fuerte la coincidencia entre las capacidades de Palantir y el funcionamiento de ese sistema.
Paralelamente, Palantir participa en la orientación de los llamados «ataques profundos» contra territorio ruso, que, según Bear, «no han logrado ninguna ganancia de importancia estratégica, sino que han provocado contraataques rusos mucho más devastadores que han traído aún mayor miseria a los ucraniano.
A COSTA DE UCRANIA
En su análisis, el autor asegura que el papel de Palantir en Ucrania no responde a fines altruistas.
«Palantir […] no está del lado de los buenos. No está ayudando a Ucrania porque le importe la democracia o los derechos humanos o cualquiera de la propaganda que nos venden sobre por qué Occidente debe apoyar a Ucrania contra Rusia».
A su juicio, aunque estas herramientas no hayan traído beneficios estratégicos decisivos para Kiev y sí hayan contribuido a una escalada más destructiva, los datos obtenidos en combate alimentan y perfeccionan los sistemas de la compañía. En esa lógica, sostiene que Ucrania se ha convertido en un espacio de pruebas para tecnologías de muerte, control y subyugación, y resume esa idea al afirmar que «los ucranianos se han convertido en ratas de laboratorio».
Bear subraya que incluso desde el lado ucraniano se ha reconocido abiertamente ese papel. Como ejemplo, recuerda las palabras del destituido ministro de Defensa de Ucrania, Mijaíl Fiódorov, que ya en 2024 afirmó que su país era «el mejor campo de pruebas para toda la tecnología más nueva porque aquí se puede probar en condiciones de la vida real».
NO ES SOLO PALANTIR
Al mismo tiempo, sostiene que el uso de Ucrania como banco de pruebas no se limita a Palantir. «Todas las grandes empresas tecnológicas, desde Microsoft hasta Amazon y Google, han pululado alrededor de Ucrania desde 2022, con la esperanza de tomar una tajada rentable del cadáver del Estado devastado por la guerra», enfatiza.
Como ejemplo, menciona al fundador de Google, Eric Schmidt, quien lanzó una empresa de drones que suministra grandes cantidades de aparatos desechables para los llamados «ataques profundos» contra Rusia. Según medios ucranianos, Schmidt «necesitaba un campo de batalla real para probar sus nuevos sistemas».
RENTABILIDAD DEL CONFLICTO
Bear afirma que Alex Karp, director ejecutivo de Palantir; Peter Thiel, cofundador de la compañía; y Schmidt actúan como «mercenarios» que en la Ucrania de Vladímir Zelenski han encontrado «las marionetas perfectas» para desplegar sus tecnologías experimentales sobre un país entero.
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«Estas personas nunca quieren que termine el asesinato y la muerte. El complejo tecno-bélico se beneficia de un laboratorio del mundo real, y se beneficia de personas muertas».
A juicio de Bear, ese mismo afán de lucro explica por qué esta dinámica tiende a perpetuarse: el conflicto ofrece a esas compañías el escenario ideal para desarrollar y ajustar armas basadas en inteligencia artificial, mientras Ucrania queda reducida a un «lienzo en blanco» para experimentar. El autor advierte que, mientras ese modelo siga siendo rentable, podrá replicarse después en otros lugares.

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