Más de medio siglo después, la humanidad vuelve a la Luna, pero ya no solo como un hito científico. La misión Artemis, en su segunda fase, reabre el camino al satélite con intereses que combinan ciencia, recursos y competencia geopolítica.
El catedrático de astronomía de la UNAH, Miguel Chandias, explica a EL LIBERTADOR que la actual misión no busca solo explorar, sino sentar las bases de una presencia permanente en la Luna, en medio de una competencia entre China y EE.UU., y el interés por explotar sus recursos.
Redacción
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Más de medio siglo después de que la humanidad conquistara la Luna, el mundo vuelve a mirar hacia su satélite natural, pero ya no como símbolo de supremacía ideológica, sino como un territorio estratégico en disputa. En 2017, la NASA reactivó su ambición lunar con el programa Artemis, retomando una carrera iniciada en 1961 cuando John F. Kennedy propuso llegar al espacio en plena Guerra Fría.
Aquel esfuerzo culminó en 1969 con el Apolo 11 y la histórica frase del comandante Neil Armstrong: “Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Hoy, la competencia ya no se libra entre bloques ideológicos, sino entre potencias tecnológicas como Estados Unidos y China, en una disputa marcada por intereses científicos, económicos y de control estratégico.
En ese escenario, Artemis II se posiciona como el primer paso hacia una nueva era de exploración —y explotación— del espacio.
Fotografías de la misión Artemis II en el espacio – NASA:
“ARTEMIS II”
El miércoles 1 de abril de 2026, una tripulación de cuatro astronautas: Reid Wiseman, comandante; Victor Glover, piloto; Christina Koch, especialista de misión —primera mujer en una misión lunar—; y Jeremy Hansen, especialista, salieron de la órbita terrestre a bordo de la nave Orion, impulsada por el cohete Space Launch System, para realizar un sobrevuelo alrededor de la Luna en una misión de aproximadamente diez días.
El objetivo no fue alunizar, sino probar por primera vez con humanos los sistemas de navegación, soporte vital y comunicaciones en espacio profundo, en lo que la NASA ha definido como el paso previo indispensable para establecer una presencia sostenida en el satélite.
En ese contexto, y más allá del logro técnico, surgen interrogantes sobre el verdadero alcance científico, económico y geopolítico de esta nueva etapa de exploración espacial, aspectos que analizamos a continuación con un especialista en astrofísica.


RECURSOS
Lejos de tratarse de una simple misión de exploración, el regreso a la Luna responde a una lógica distinta, marcada por intereses estratégicos y económicos. Para el astrofísico y docente de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), Miguel Chandias, el cambio es claro: “esta ocasión ya no es una misión a la Luna simplemente de reconocimiento, sino que tiene un objetivo de asentar, el objetivo de esto es asentar la primera base lunar”.
Por ello, el especialista subraya que el enfoque actual trasciende la investigación científica y apunta a establecer presencia permanente en el satélite, especialmente en zonas estratégicas como el polo sur, donde se concentran recursos clave para futuras operaciones.
Además, explicó que a diferencia del programa Apolo, Artemis busca valida nueva tecnología, como el sistema de lanzamiento SLS, con la que se pretende llevar al hombre de nuevo a la luna y permitir las instalaciones de lanzaderas para crear minería e incluso, para llegar a Marte.


NUEVA GUERRA FRÍA
El componente geopolítico es, quizás, uno de los elementos más determinantes en el renovado interés por la Luna. Para el astrofísico, el contexto actual no puede entenderse al margen de la competencia entre potencias, particularmente entre Estados Unidos y China, aunque bajo nuevas reglas.
“Aunque no parezca, Estados Unidos sí está en guerra fría otra vez, pero con China; la gran diferencia es que en esta ocasión es más una guerra comercial”, explica, al señalar que ya no se trata de una confrontación ideológica o nuclear como en el siglo XX. En ese sentido, advierte que la exploración espacial ha dejado de ser exclusivamente científica para convertirse en un escenario de disputa estratégica, donde el dominio tecnológico y el acceso a recursos juegan un papel central.
Bajo esta lógica, programas como Artemis no solo buscan avanzar en conocimiento, sino también asegurar posicionamiento en un nuevo tablero global, donde la Luna aparece como el siguiente punto de tensión entre las grandes potencias.
MINERALES
La exploración espacial, en este contexto, también puede entenderse como una inversión a largo plazo, comparable con otros momentos decisivos en la historia de la humanidad, pero ahora impulsada por el interés en los recursos que ofrece la Luna. Para Chandias, las críticas sobre el alto costo de estas misiones responden a una lógica histórica recurrente: “yo me imagino que en aquella época debió haber gente que pensaba por qué vamos a invertir tanto dinero en tener gente allá cuando tenemos problemas acá”, señala, al trazar un paralelismo con la colonización de América.


Sin embargo, advierte que el atractivo actual radica también en el potencial económico del satélite, donde “van a haber un montón de minerales que pueden ser sacados de allá, y no de la Tierra: platino, cobre… la Luna está llena de minerales”. Bajo esta perspectiva, la inversión inicial se proyecta como una apuesta estratégica cuyos beneficios, aunque no inmediatos, podrían redefinir la economía y la tecnología global en las próximas décadas.
FUTURO
Más allá de la competencia geopolítica y los intereses económicos, la exploración espacial abre una discusión más amplia sobre el futuro de la humanidad fuera de la Tierra. Para Chandias, aunque el regreso a la Luna representa un paso firme, el siguiente destino —Marte— aún enfrenta importantes desafíos técnicos y financieros.
“Es bastante difícil que justo ahora se intente colonizar Marte con el sistema de propulsión que se tiene; es muy viable que primero generemos las bases en la Luna”, explica. En esa línea, el especialista plantea que lo que hoy parece una hazaña extraordinaria podría convertirse, con el tiempo, en una actividad cotidiana.
“Tal vez en 500 años solo sea algo parecido; al inicio venir a América era una odisea y ahora solo se toma un avión”, reflexiona. Así, más que un destino final, la Luna se perfila como el inicio de una nueva etapa en la relación del ser humano con el cosmos.











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