Quienes todavía creen ser dueños de esta hondonada de país y de la gente, no ignoren que detrás del lápiz y el papel duermen los cambios históricos; tarde o temprano los devorará el monstruo que han engordado por dos siglos, mientras eso llega, solo preguntamos: ¿Y esos juicios políticos a quiénes disparan contra universitarios? ¿Pesa más la queja de la vieja obesa, la autoproclamada “magistrada JOH”? ¿Ya lamentó Lily Munster la atrocidad contra el universitario de la Alma Mater?
Lo contrario y desigual en esta tierra no es concepto del horror cósmico, es “Eso” o Cthulhu, la bestia que enfrentamos es la indiferencia metida en lo remoto de nuestro cerebro y en nuestras almas cansadas del miedo, más de 30 mil jóvenes asesinados en la noche de los últimos 12 años; nuestras pesadillas rechinan debajo del cemento de los grandes “moles” y torres; lo que ha surgido ahora puede hundirse y lo que se ha hundido puede surgir.
Pero las naciones “pequeñas” no olvidan fácil, transmiten sus horrores por generaciones, desde aquí no olvidamos nunca a la pequeña Soad y su tragedia, protestó en 2015 y apareció estrangulada, con apenas trece años mostró el coraje que muchos no tendrán ni viviendo cien años, retó a la bestia y le costó la vida, porque las tiranías odian la juventud y la rebeldía, borran murales indígenas y escupen si nuestra bandera tiene el color del cielo.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Aún el aire no se disipa y ya de lejos se ven las lápidas con miles de nombres, otros cientos siguen anónimos y botas chorreadas de sangre que pertenecen a muchos y muchas, se han olvidado tantos que ya la maleza crece sobre las tumbas y se derrumba la palabra: juventud. Lovecraft creó la entidad cósmica de Cthulhu, se la describe como una mole gigantesca con cabeza de pulpo, cuerpo escamoso, garras y alas, que se harta todo a su paso; hace mucho tiempo que esa bestia vive en el abismo de este país, lleno de hambre y dolor, de odio y miedo.


Escalofríos recorren el alma de cualquiera que lea esta expresión en los textos de organismos internacionales sensibles: “Ser joven es un factor de riesgo en Honduras”, la descripción exacta “te asesinan por ser joven, por pensar, por exigir algún derecho hasta de una silla como la pequeña Nicolle en el Central”, cualquier bestia nocturna da un zarpazo y te roba un ojo o te lleva el alma, y no es metáfora, por ejemplo, de acuerdo con el Observatorio Nacional de la Violencia de la UNAH y el Observatorio del Crimen de EL LIBERTADOR (OCEL), entre 2010 y 2021 fueron asesinados 30,477 muchachos y muchachas entre los 18 y 29 años –4,020 de ellos eran niños–, y por supuesto, el 98 por ciento de los casos está impune, solo sumando numeritos rojos, simples notas de registro repetidas en infamia infinita, son estadísticas mortales tan grandes y sin castigo que se pierden en la memoria de la anciana injusticia.


No es casual que los monstruos no tan cósmicos, esos que se visten de azul y verde, de los que disparan y preguntan después, muerdan según los deseos de sus nuevos dueños, pero como ya lo dijo el Joker “No quiero al perro, sino a quien soltó la cadena”. ¿Quién dio la orden de disparar contra muchachos que protestaban para exigir el presupuesto de su universidad? Ya que estamos en modo juicios políticos, sería hermoso que pudiéramos ver los responsables (no los autores materiales solamente), frente a un banquillo y que sea televisado, explicándole a la sociedad su argumento del porqué le quitó el ojo a un estudiante, y así, como pueblo los podamos juzgar ¿O no funciona así? ¿Es menos importante la visión de un estudiante que los llantos falsos de la doña gritona del CNE, la autoproclamada “magistrada JOH”? ¡Lo siento! ¡Lo siento! Es que a veces se me olvida cuáles son las prioridades de los monstruos 667.


¡Ojo! No es desliz el odio contra el que estudia, brutalidad contra el que bajo la sombra de un árbol lee poesía con sus amigos y luego se va haciendo bromas a la protesta, escuchando a Silvio, toda tiranía detesta lo joven, la cultura, lo sano, lo contestario e irreverente, borran los murales de las luchas indígenas, desprecian que una mujer de lucha aparezca en un billete, que una bandera tenga el color del cielo ¿Dónde está la indignación de esa salvajada? ¿Y los comunicados incendiarios y “democráticos” de ASJ y CNA? ¿Y las alarmas de Suyapa –que ya días no “tuitea”? ¿No? Bueno, quizá los empresarios respondieron molestos que “sus impuestos” se usen para disparar a cipotes ¿No? ¡Aaay! pero qué raro está esto ¿Ministerio Público y Fiscalía de Derechos Humanos? ¿Nuestro defensor del pueblo, el ombudsman? ¡Aaaah! Ya sé quiénes son muy activos y jamás dejarían pasar algo tan espantoso como esto, los medios de comunicación tradicional, ellos seguro, segurito, llenaron la “red” de noticias, fue ultima hora en todos los programas y portada ¿No? Que raro… O nada extraño, ja,ja,ja,ja ¿Va’?


Soad Nicolle tenía 13 años cuando salió a protestar porque en su colegio no había ni sillas donde sentarse, trece, la edad en que se aprende a escribir futuro, no a defenderlo en la calle. Señaló lo obvio —aulas vacías de oportunidades— y lo hizo frente al poder, ese que prometía orden a punta de gases y violencia, después, el país hizo lo que mejor sabe, mirar a otro lado, su nombre pasó de lista escolar a titular breve; de rostro a expediente; de vida a cifra. Y la mañana del 25 de marzo de 2015 apareció asesinada, brutalmente estrangulada adentro de un saco de nylon blanco, como si alguien hubiera querido borrar no solo a la niña, sino la pregunta que dejó abierta no fue un rayo aislado, fue la continuidad de un sistema que castiga la voz temprana y premia el silencio, no bastan los minutos de indignación ni los comunicados que envejecen en segundos. Aquí la cadena sigue tensándose y siempre hay una mano que la sostiene desde la obscuridad. ¿Quién decidió que una niña que pedía sillas merecía una tumba? No el ejecutor que aprieta el gatillo, sino el que convierte la protesta en condena. La juventud estorba y cuando estorba, la desaparecen. Así opera la bestia: no solo devora cuerpos, también busca borrar los recuerdos para que olvidemos cómo empezó todo el cagadal,


Los señores feudales de este rancho, jamás deberían ignorar que es justamente detrás de un lápiz y una mente que aprende donde se esconden los cambios de las naciones, un día cualquiera un cipote crecerá y no será amigo de ustedes, ni de las familias, pero si tendrá las cicatrices de las heridas que deja el abandono que le han regalado los hombres y mujeres del poder a las generaciones de hondureños y hondureñas en los últimos 200 años, hasta hoy, un territorio con población y sociedad mala, asustada y constantemente perseguida, justamente es desde las universidades donde una tarántula vestida de “rector magnifico”, ese psicópata, que fichaba muchachos que finalmente desaparecían… esa es una historia de macabra que supera la mayor fantasía y la imaginación de los dos directores del cine, «maestros del terror», Alfred Hitchcock y John Carpenter.


Cthulhu no es una figura que habita en libros, es el nombre que le damos a lo que no queremos nombrar, aquí no despierta en océanos lejanos, sino en la costumbre diaria de aceptar lo inaceptable, de ver como normal lo anormal, crece en la indiferencia, en el expediente cerrado, en la estadística que ya no escandaliza a nadie. Y mientras se normaliza la pérdida, también se normaliza el olvido. Cada nombre borrado es una pregunta que nadie quiso responder a tiempo, cada joven ausente es una advertencia que no se escuchó, los señores feudales de este potrero pueden seguir creyendo que les pertenece la vida y la muerte del pueblo hondureño, pero el tiempo siempre cobra, porque detrás de cada juventud interrumpida o lastimada hay una conciencia que no desaparece del todo y, aunque intenten reducirlo todo a control, miedo o silencio, hay algo que persiste, la memoria que siempre regresa. Esos recuerdos son incómodos, constantes, peligrosos para quienes dependen del olvido, un país que entierra sus jóvenes termina construyendo su propia horca y cuando ya no queden nombres por borrar, el monstruo no tendrá nada más que devorar sino su propio reflejo en el vacío como aquellas viejas y viejos perversos que pasan todas las tardes en “La pequeña Habana” en Miami, llorando su riqueza perdida en el mar. Avanti.

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