El mundo diplomático no es mirar lucecitas de New York en Navidad o el escondite para hijos de padres que nunca enseñaron a trabajar; es el ejercito hondureño con la misión de representarnos y desde ahí, lograr el desarrollo del país, el “Tigre asiático” Singapur lo entendió mejor que nadie, sin recursos y muchos pobres, sus embajadores con amor nacional, aprendieron economía, negocios, empresas; mientras los nuestros, pasean por la Fifth Avenue en Manhattan, creyéndose dioses con el dinero de los hondureños.
Cien años duró la corrupción del diplomático Carlos Gutiérrez Lozano en Londres y Víctor Herrán en París, un siglo estuvimos pagando los excesos de ese par de idiotas y lejos de aprender: mandamos más tontos. ¿Cuál es el costo de nuestro cuerpo diplomático? Y lo más importante aún ¿Cuál resultado?; Honduras no es República Bananera por su población, lo es por la mentalidad de montarral de su clase gobernante, política, empresarial.
El tema no va por cuánto nos cuesta sostener ese aparato “vacacional” para los “nepobabys” de la política tradicional, sino en cuánto más estamos dispuestos a mantenerlo intacto; ah, pero claro está, ofreceles el salario mínimo que gana un hondureño en el campo, y nadie querrá embajadas, es irónico su estatus en EE.UU. –por ejemplo–, nunca tienen tiempo para impedir que el ICE arreste, agarre a verga y despache a quienes sostienen nuestra economía.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. El viejo presidente, analógico de pensamiento y actuar, quizá fastidiado por el cargo que no pidió, ni los viajes de beneficio personal a Washington, se desploma en el sillón, agotado, lento, muy lento…quizá soñando el fascinante Mar-A-Lago, despierta ante… —Señor presidente, llegó su cita de las 2:00 de la tarde —suspirando se levanta despacio entre mareos y acidez estomacal. —¡Buenas tardes, amigo! Usted sabe que yo lo apoyé para que estuviera aquí —un cobro disimulado de comentario para pedir algo íntimo más que la intención de iniciar conversación franca—. El gobernante sonríe, sabe que todos lo buscan por lo mismo hasta Monique: favores y favores, no hay afecto, hay intereses, en medio de la basura todo era más fácil, incluso, más real, ahora está rodeado de lo mismo, pero se comportan distinto. —Si amigo, yo sé que me apoyó (mentiras), cuénteme ¿En qué lo puedo servir? —Yo solo vine a verlo, pero ya que lo menciona… no sé si le podemos hacer un favorcito a mi hijita, la que está allá… mire que gasta un montón y la vida está cara, más ahora con la guerras de Trump —responde el interlocutor al otro lado— el viejo regente, llama a su canciller y gira la instrucción, no sin antes enviarle un saludo a la “muchachita” de 52 años. No es una historia particular, es lo que hacen todos y es así como ha sido visto el servicio diplomático en un país que no termina de ser “banana republic” en su alma. Somos un cliché reciclado, aún cargamos los hondureños la inútil diplomacia del banano.




Donde la memoria es corta, pero las deudas largas, hubo dos nombres que entendieron la diplomacia no como defensa del Estado, sino como puerta de entrada para hipotecarlo: Carlos Gutiérrez Lozano en Londres y Víctor Herrán en París. No eran estrategas, eran operadores; no negociaban soberanía, la entregaban en cuotas a 100 años plazo. Mientras en otros países los diplomáticos blindaban intereses nacionales, estos dos piojos sanguíneos abonaban el terreno para que naciera la república bananera: concesiones generosas, contratos corruptos y un país atado por décadas a intereses extranjeros. No fue ingenuidad, fue viveza de ladrones. Y así empezó un endeudamiento silencioso que se extendió por generaciones, disfrazado de “progreso”; en contraste, el Servicio Exterior Mexicano entendió desde temprano que la diplomacia no es un club social, sino trinchera jurídica: defender tratados, cuidar precedentes, negociar sin arrodillarse, mientras unos construyen Estado con argumentos y técnica, otros lo desmantelan con sonrisas y copas de vino. Honduras, atrapada en ese patrón, sigue enviando emisarios que confunden representación con privilegio y patriotismo con las bonitas luces, sexo loco de sociedad moderna y el vive de New York o Europa.


Diciembre de 2012 no fue un desliz, fue un retrato de lo que estos piratas nuestros que navegan por las cortinas blancas de la diplomacia entienden como “servicio”. En la embajada en Bogotá, lo que debía ser territorio de Estado se convirtió en escenario de fiesta: alcohol, sexo fuerte, descontrol como adolescentes cuando sus padres se van de viaje y, por si fuera poco, robo de equipos oficiales, una extensión del ocio con presupuesto público. La consecuencia fue la renuncia del embajador, pero el desprestigio del país estaba consumado; no solo se perdió equipo, se perdió credibilidad. Porque una embajada no es un apartamento de paso ni un club privado, es una extensión simbólica del país. Y mientras eso ocurría, el Foreign Office británico operaba con una lógica opuesta: disciplina, protocolo, inteligencia estratégica y una obsesión casi quirúrgica por la reputación internacional. Ahí no hay espacio para improvisación ni escándalos domésticos; cada acción responde a una línea de Estado. La diferencia no es cultural, es estructural. Unos entienden que representan una nación, otros actúan como si estuvieran de vacaciones largas con inmunidad diplomática incluida. Y, si eso es poco, una pareja gay diplomática, hijos varones de honorables señores hondureños, solo usaron la embajada en Bruselas para que uno de ellos exhibiera sus cuadros de mal pintor en la Galería Nacional de Bélgica, uno de ellos ahora es analista en Televicentro.


No tenemos problemas de diplomáticos, tenemos un vergueo de país que no exige resultados, porque aún no tenemos carrera exterior profesional y dedicada a Honduras y al pueblo hondureño. Mientras el servicio exterior siga siendo premio de lealtades, refugio de apellidos, exilio del indeseable o caja chica del poder, seguiremos exportando mediocridad con pasaporte oficial. Y el costo no se mide en viáticos ni en salarios inflados, se mide en oportunidades perdidas de compatriotas con talento, en inversiones que nunca llegan, en tratados mal negociados y en una reputación internacional que se diluye entre escándalos y frivolidad.


Otros países entendieron que una embajada es una trinchera de desarrollo, el ejército civil de la Patria; nosotros la convertimos en sala de espera con vino importado. La pregunta ya no es cuánto cuesta sostener ese aparato, sino cuánto más estamos dispuestos a perder por mantenerlo intacto un batallón de holgazanes y vividores. El país que no toma en serio su representación ante el mundo, tampoco se toma en serio su propio futuro en el interior de sus gobiernos. Y la clase gobernante, hasta ahora, ha preferido la comodidad del ridículo antes que la incomodidad de la revolución en el servicio exterior. Avanti.

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