EN HONDURAS Y DERRY VIVE EL MISMO “DEMONIO” O ¿POR QUÉ AL PARTIDO QUE GANÓ LE INTERESA UN PRESIDENTE AZUL?

Como un conteo silencioso los días avanzas en las hibueras, quienes con ojo clínico la observan saben de sus males; el hondureño de a pie, se preocupa por lo que comerá ese día. Mientras tanto, los monstruos no discuten en la oscuridad, se sientan a la mesa cuando ya devoraron la esperanza de los descalzos. Por eso Honduras no es lejana a la Derry de Stephen King, aquí también aprendieron a convivir con su verdugo, normalizando fraudes, corrupción y violencia como parte del paisaje cotidiano.

Aquí también hay payasos —ya lo hemos advertido—, pero no salen de las alcantarillas, sino de los sets de televisión. El Hermes habla en la tele, la gente sabe de sus pajas, pero prefiere el silencio. Como en Derry, no es ignorancia: es costumbre. Mientras tanto, el monstruo no necesita esconderse, negocia a la vista de todos —hoy en el COHEP, mañana en la iglesia de Evelio—, porque en esta Derry de la realidad no se gobierna: se reparte, y el olvido es la moneda favorita de los monstruos.

Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Derry, un pueblo construido sobre un pacto invisible; no está constituido en actas municipales ni en archivos policiales, pero rige con la fuerza de una ley antigua: olvidar. Allí han ocurrido masacres, desapariciones de niños, horrores que deberían haber vaciado las calles para siempre; sin embargo, cada mañana las persianas se levantan con normalidad mecánica. La gente compra pan, pasea al perro, asiste a ferias escolares, comenta el clima. El espanto se escurre bajo la alfombra de la costumbre. No es que no sepan, es que han aprendido a no ver. La memoria se vuelve una molestia práctica, un obstáculo para la rutina. Derry no ignora el monstruo: convive con él. Ha comprendido que nombrarlo es peligroso, que recordarlo exige coraje, y el coraje es incómodo. Así, el pueblo entero participa en una amnesia colectiva que protege la fachada de normalidad mientras, en los sótanos de la historia, la sangre aún está fresca. ¿Le suena?

Hondureña acompaña a su familiar en camillas durante la pandemia por Covid-19, que dejó, además de los numerosos casos de corrupción y saqueo institucional , más de 20 mil hondureños fallecidos.

Pues sí, Honduras, como Derry, también ha firmado su propio pacto de silencio. Aquí no desaparecen niños en alcantarillas —¿o sí? Aún se recuerda a la pequeña Soad Nicole Ham y sus diez palabras mortales: “Puta, hey, puta, ni sillas tenemos. Compren sillas, viejo hijuelagranputa” a JOH y se la comió “Eso”—, pero se extravía el país en las urnas. Fraudes electorales, golpes de Estado, presidentes vinculados al narcotráfico, redes de corrupción que gobiernan con traje y corbata: todo ha ocurrido a la vista de todos. No obstante, la vida continúa con una resignación domesticada. Se abren negocios, se celebran feriados, se llenan estadios, se celebra el “4th of july” y “The Giving Day”. El horror se normaliza. El corrupto promete que ahora sí cambiará, que esta vez no robará, que aprendió la lección, y parte del pueblo decide creerle, no por ingenuidad, sino por cansancio. Recordar exige confrontar, y confrontar implica conflicto. Más fácil es votar de nuevo por el verdugo conocido que arriesgarse a un futuro incierto. Así, el país se acostumbra a vivir entre escándalos como quien se habitúa al ruido del tráfico: molesta, pero ya no despierta. Y ¡vuelvo en cuatro años! ¡Yo seré el candidato!

Gráfica izquierda : el dictador Juan Hernández, previo a ser extraditado y condenado por narcotráfico . En la derecha, Hernández junto a Donald Trump, presidente de EE. UU.

En Derry, el monstruo vive en las aguas negras y se disfraza de payaso. En Honduras, no necesita maquillaje: se llama sistema. No devora cuerpos, devora conciencias. Se alimenta de la desmemoria, de la resignación, de la idea peligrosa de que “todos son iguales”. Como en Derry, el verdadero poder del monstruo no está en la violencia directa, sino en la costumbre. Mientras la gente siga comprando pan y celebrando fiestas como si nada ocurriera, la bestia seguirá creciendo. Porque los demonios colectivos no se sostienen solo por la fuerza, sino por la complicidad pasiva de quienes prefieren olvidar. Allá es una criatura que acecha desde las cloacas; aquí es una estructura que camina por los pasillos del poder. Cambian las formas, no la esencia. En ambos casos, el terror no triunfa cuando mata, sino cuando logra que el pueblo aprenda a vivir con él. Porque el sistema no es corrupto, el sistema es la corrupción.

Tomás Zambrano, del Partido Nacional, y Salvador Nasralla, del Partido Liberal, juntos durante una concentración política .

¿Por qué hemos visto a los liberales que ganaron desesperados por nombrar un presidente “azul”? En este Derry latinoamericano muchos se lo preguntan sin más respuesta que una sola, brutal y simple: son lo mismo. No hay líneas divisorias profundas entre quienes debieran ser oposición y quienes gobierno —ni gaste saliva en debate perdido, su matrimonio es histórico—; al final, todos buscan proteger el sistema que mantiene a los hondureños hundidos en la miseria. Honduras sigue exhibiendo niveles de pobreza insoportables: más del 64 por ciento de la población vivía por debajo de la línea de pobreza en 2023, con más del 41 por ciento en pobreza extrema, y la desigualdad de ingresos entre las más altas de América Latina. Al mismo tiempo, la violencia endémica persiste con miles de homicidios cada año y tasas de femicidios que figuran entre las más elevadas de la región, con alrededor de 7 muertes de mujeres por cada 100 000 y es mucho más alto para el género masculino. De cada 10 víctimas de homicidio en Honduras, 9 son hombres dejando claro que la vida humana no vale para el poder.

Ciudadano es brutalmente reprimido por las fuerzas de seguridad del Estado durante el golpe de Estado de 2009,

Lo que se protege no es la dignidad del pueblo, sino el orden que alimenta privilegios. Mientras la gente sufre hambre, exclusión y miedo, las élites políticas se turnan en el mismo teatro de promesas rotas. El águila del norte impone sus deseos y la clase política local —esas “Corinas Machado hondureñas”— agacha la cabeza, negocia premios y entrega sobornos bajo la sombra de la humillación, lo indigno y a veces hasta lo patético. Dicen que regresarán como si nada para «corregir» sus propios crimenes, prometen que no habrá más corrupción o violencia, pero cada elección se parece más a un deja vu de angustia y desesperanza.

En la gráfica Ana Paola Hall (Partido Liberal) hace comentarios a la presidenta del CNE, Cossette López (Partido Nacional).

Pero este pacto no dicho entre el pueblo y su destino —olvidar, mirar para otro lado, resignarse— no surge de la nada. Es producto de generaciones de promesas rotas, de golpes de Estado, de gobiernos manchados por el narcotráfico y de un sistema que premia al que traiciona. Aquí en Honduras, como en Derry, el monstruo no ruge desde la obscuridad: camina entre nosotros. Ya no es un payaso disfrazado; es la maquinaria completa que ha aprendido a reciclarse, a cooptar la esperanza y a devolver siempre el mismo menú aunque cambie el empaque. Esta es la razón por la cual muchos liberales, tras ganar, se vuelven desesperados por nombrar un presidente azul, no porque crean realmente en el cambio, sino porque el sistema exige un rostro conocido para seguir funcionando sin interrupciones, protegiéndose a sí mismos ante cualquier amenaza de transformación real. Quienes observan desde afuera lo llaman equilibrio político; quienes lo viven lo llaman tragedia y burla popular, aunque viejos cobardes como Yllescas juren que esto es una “democracia”.

El proclamado presidente electo, Nasry Asfura, junto al secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio.

Como en Derry, aquí también hay payasos —ya lo hemos advertido—, pero no salen de las alcantarillas, sino de los sets de televisión. Algunos periodistas, como Renato y Melgar, han hecho declaraciones tan horrorosas como funcionales al candidato del Partido Nacional, amputando la memoria colectiva con bisturí mediático. Hablan como si Honduras no hubiera sido saqueada, como si no existieran los fraudes, el narco-Estado, la miseria heredada, la migración forzada y los cementerios llenos, no hay critica, ni antecedente, ni contexto en estas estrellas, el periodismo ha muerto. Olvidan el contexto a propósito, porque la amnesia paga bien. Actúan como versiones criollas de “Eso” (IT): sonríen, dramatizan, asustan, seducen, y mientras distraen, empujan al pueblo otra vez hacia las fauces del monstruo. No informan, administran percepciones. No analizan, acomodan la verdad al mejor postor. Son payasos diabólicos con micrófono, que convierten la manipulación en espectáculo y la mentira en rutina. De día maquillan al verdugo; de noche, cuando se apagan las cámaras, ni los ansiolíticos logran silenciar la conciencia. Porque saben que no están equivocándose: están traicionando. Y esa es una carga que no duerme, solo posterga.

La representante de EEUU en Honduras, Heide fulton, da lectura a resultados electorales ante la mirada del expresidente del TSE, David Matamoros Batson. Esas elecciones significaron la reelección ilegal de Juan Hernández.

Y a pesar de todo, nuestra “Derry” (Honduras) tiene algunas armas de esperanza en el incansable movimiento social, pero este aún yace dormido por su fallida transición a Gobierno; todo es pros y contras, y en el universo de Stephen King, algunos pueblos tuvieron resultado trágico, atormentado por “monstruos” de otras épocas donde gobernó la obscuridad, “Salem’s Lot” da la pauta, reducido a cenizas por la maldición del vampiro (la avaricia y maldad pura). “Dios hizo el mundo a su imagen, y si no te comes el mundo, el mundo te come a ti”. Avanti.

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