EL CRIMEN ORA POR JUICIO, EN HONDURAS EL DELITO ES LEY, AMORALES MANDAN A TEMIS

En la gestión de proyectos (Project Management), la Tasa Interna de Retorno (TIR) indica que la justicia hondureña no es viable, es inversión sin retorno y los recursos en Honduras son limitados, es un plan excluyente hace siglos. No le hablés a la justicia, te matará, ella permanece inmóvil si conviene, la balanza oscila y no puede hacer un juicio justo; eso miró Kafka en “El Proceso”, los laberintos de la zorra justiciera, aquí pasa justamente eso, la verdad es ironía y sospecha, quien denuncia el delito es culpable y el delincuente es premiado en el Congreso y anda por el mundo como virtud.

Amores, seamos positivos y estoicos, el mundo no fue ni será una porquería en el 1498 o en 2025 como dice ese poeta quintaesenciado, Joan Manuel Serrat, no fue el planeta quien quemó a Juana de Arco por usar pantalones y querer llegar pura ante Dios, tampoco la primavera asesinó a nuestra amado hermano, Francisco Morazán, por querer enseñar a idiotas centroamericanos una visión estratégica que hasta hoy no entienden y siguen en contra por intereses mezquinos y el “pisto” robado que gastan en Miami ¡pendejos!

Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. La imagen clásica de la justicia, aquella balanza firme y Temis ciega y equilibrada, pierde sentido en Honduras cuando se inclina según intereses que raramente se discuten en público. En la práctica, el peso de la ley no siempre recae sobre quien comete el abuso, sino sobre quién se atreve a señalarlo. El resultado es un paisaje judicial donde lo real y lo absurdo conviven, recordando inevitablemente la atmósfera opresiva descrita por Franz Kafka en “El Proceso”: un mundo donde las reglas existen, pero su aplicación resulta incomprensible para el ciudadano común. En ese escenario, los expedientes avanzan, las audiencias se celebran y las resoluciones se redactan, pero el sentido profundo de la justicia parece diluirse entre tecnicismos y silencios de impotencia para quien simplemente está condenado antes que empiece el juicio. La paradoja se vuelve evidente: quien denuncia termina defendiendo su propia integridad mientras el denunciado, el delincuente, el responsable, se refugia en la complejidad del procedimiento. Así, la justicia deja de ser un equilibrio de corrección social y se transforma en un espejo deformado donde la mentira, la traición y el engaño pueden encontrar más recompensa que la verdad, todo eso pasa en una tierra donde la bala es la ley.

Cossette López en un evento de su Partido Nacional escucha al ahora presidente del Congreso Tomás Zambrano en evento político en pleno golpe electoral 2025.

Lo mismo ocurre cuando un militar cobarde que niega sus crímenes y sus órdenes acusa al periodista que dejó a un lado el micrófono para salvar una vida; sin embargo, hoy lo acusa de qué fue él quien lo mató; un militar acusa a un periodista de una muerte, pese a que intentó salvar una vida. Similar el caso de Marlon Ochoa que denunció fraude con pruebas, pero las truculentas consejeras francesas y orlandistas serán premiadas y el joven Ochoa castigado, lo amenazan y las flojas momias del BOC-tox todas las noches piden el juicio político a su dios. En Honduras, la verdad no importa, vale verga, aquí hay que ser animal instintivo para sobrevivir, la gente culta se muere de frustración; todo depende de relaciones personales o intereses compartidos con el hombre fuerte del partido: artes, audios y todo se cumplió paso a paso en las 26 declaraciones de los “cositos” y no pasa nada en la Fiscalía ¡Vale verga! Empero, las consejeras del diablo serán premiadas y el muchacho condenado… ¡Culpable! Por decir la verdad, porque en esta tierra obscura no se trata de quien tiene la razón, aquí la lógica no ha nacido, vale la complicidad, el compadrazgo o negocio compartido. La verdad se tambalea en una balanza mal medida, que mira a sus favoritos y corre a librarlos de castigo.

En la dictadura de Juan Hernández, la sociedad exigió juicio político al entonces Fiscal General Óscar Chinchilla por negarse a investigar fraude electoral 2017 y otros delitos contra la patria para permitir la reelección de su amigo.

En Honduras, el sistema judicial parece caminar por un laberinto donde la lógica se disuelve y la verdad pierde peso frente a la conveniencia, así fue hasta esta noche. Quien se atreve a denunciar la corrupción suele descubrir que la ruta hacia la justicia termina girando en su contra, como si el engranaje institucional estuviera diseñado para asfixiar la valentía cívica y no el delito ¿Parece paja va’? Miren queridas y queridos, los hondureños hemos tenidos la clase política y económica más basura del continente, les damos un simple ejemplo de la sociedad mala que nos dado en 200 años, ¿saben quién es Humberto Cano? ¡Vaya! No perdamos tiempo pensando, fue un destacado compositor y violinista hondureño nacido en Tegucigalpa en 1906, se formó musicalmente en Italia, se graduó del Conservatorio «Giuseppe Verdi» de Milán. Aunque su carrera se consolidó en Italia y fue conocido por obras como «Vals Caprichoso», después de actuar en lo más alto de la música clásica se vino a Honduras, un año después murió de depresión, ¿imaginan el manual de sobrevivencia en este país? Aquí el denunciante, en lugar de encontrar protección, se convierte en sospechoso, su palabra es diseccionada, un montón de viejas putas piden quemarlo como Juan de Arco por querer llegar virgen ante Dios. ¡No me jodan hipócritas de la democracia que jamás existió!

El consejero de Libre, Marlon Ochoa sale a saludar a un grupo de hondureños que le apoyó en su denuncia contra el complot electoral entre noviembre y diciembre de 2025.

Las pruebas indubitables, incuestionables de Marlon son cuestionadas y arrastradas por un procedimiento torcido que se vuelve interminable. Mientras tanto, quien manipula influencias o domina los resortes del poder encuentra grietas por donde escapar y ahora andan por el mundo presentándose como mujeres ejemplarizantes de moralidad, impolutas, tan limpias como María, la mujer que concibió hijo sin sexo al hijo del Altísimo ¡Coman mierda! Así, lo que debería ser un proceso para esclarecer hechos termina transformándose en una maquinaria que invierte los papeles: el acusador pasa a ocupar el banquillo moral y el acusado aprende a caminar con tranquilidad entre expedientes que avanzan con una lentitud adecuada de la sentencia donde no hay salvación. En ese escenario, la justicia deja de ser una promesa institucional y se convierte en una experiencia absurda, casi literaria, donde el ciudadano descubre que denunciar puede significar iniciar una batalla contra el propio sistema que debería protegerlo.

Féretro con la leyenda «Democracia» en señal de muerte ante el crimen constitucional 2009.

¿Cómo es posible que sea un hombre como Jorge Cálix, que ni siquiera logró consolidar su peso electoral en el Congreso, quien hoy se permita lanzar amenazas con la seguridad de quien sabe que las instituciones difícilmente reaccionarán? La pregunta no es solo política, es profundamente moral. Cuando la voz que intimida no proviene de la legitimidad del voto ni de la autoridad de la ley, sino de la impunidad que se ha vuelto costumbre, el país entra en un terreno inquietante. Honduras comienza a parecerse a una distopía donde las jerarquías se invierten: quienes deberían responder ante la ley hablan con tono de poder, y quienes exigen transparencia deben medir cada palabra como si estuvieran caminando sobre terreno minado. En ese paisaje, la amenaza deja de ser un exabrupto aislado y se convierte en síntoma de un deterioro institucional más profundo, uno donde la política ya no se ejerce desde el debate o la representación, sino desde la intimidación y el cálculo del silencio ajeno.

En la gráfica Chinchilla, Mauricio Oliva, JOH y Rolando Argueta, «jinetes» de Fiscalía, Congreso, Presidencia y Justicia en la dictadura de Hernández.

La escena, vista con distancia, parece irreal: un país donde el peso de la palabra pública se distorsiona hasta el punto de que las advertencias sustituyen a los argumentos. Lo verdaderamente preocupante no es solo la amenaza en sí, sino la normalidad con la que se pronuncia, como si el espacio público hubiera perdido sus límites éticos y legales. En cualquier democracia madura, la intimidación sería inmediatamente confrontada por instituciones firmes y por una cultura política que entiende que el poder se ejerce con responsabilidad. Pero cuando ese equilibrio se rompe, el país entra en una lógica peligrosa: la de la intimidación como herramienta política. Honduras corre entonces el riesgo de acostumbrarse a lo inaceptable, de vivir en un escenario donde la realidad parece escrita con las reglas torcidas de una novela absurda, en la que la política deja de construir futuro y empieza a parecerse demasiado a una advertencia permanente. En palabras del poeta Roberto Sosa: “Entré en la Casa de la Justica de mi país y comprobé que es un templo de encantadores de serpientes. Jueces sombríos hablan de pureza con palabras que han adquirido el brillo de un arma blanca. Las víctimas –en contenido espacio– miden el terror de un solo golpe”.

La consejera López abraza a su compañero Ochoa en días previos a las elecciones generales de 2025, ahora es una de las que exige juicio político y niega el fraude.

Quizá por eso la advertencia de Roberto Sosa sigue resonando con una claridad incómoda. Cuando escribió aquellos versos en los que describe entrar a la casa de la justicia y encontrar un templo de encantadores de serpientes, no hablaba solo de un edificio ni de un momento específico de la historia, sino de una enfermedad más profunda: la deformación del poder cuando deja de servir a la verdad. Décadas después, la escena parece repetirse con inquietante fidelidad. Los expedientes cambian, los nombres cambian, los discursos se renuevan, pero la sensación permanece: la de un ciudadano que entra a buscar justicia y sale con la sospecha de que la balanza ya estaba inclinada desde antes de empezar. La culpa no es algo que se hace, es algo que se tiene por el simple hecho de existir bajo la mirada del poder. Avanti.

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