¿CAFÉ O TÉ? VISITA “INCÓMODA” Y ORO DE 24 QUILATES DE LA CARTA ROLSTON

En esos vastos jardines vigilados por perros robots, donde el mapa de Centroamérica es apenas un manchón verde sin nombres, pero con minas de oro y buena geografía, se decide el destino de millones con el asombro aldeano que se pide café o un té. El hombre de traje caro habla de país tercero, seguridad, cooperación, amistad entre pueblos, mientras ordena pagos pendientes a empresas, cárceles disponibles, cuerpos utilizables, recursos naturales y las ZEDE.

No menciona derechos porque estorban, son muy feos como cierta gente y razas que le dan asco, no habla de leyes porque son irrelevantes. El país pequeño es un formulario más, una guayaba, “América olorosa”, un acuerdo que no se lee. Afuera, el pueblo sigue madrugando, bailando punta, zumba o perrea los viernes, otros tierra adentro, siguen cortando caña, creyendo que la bandera protege algo.

Pero adentro de la montaña, la soberanía se dobla como papel toalla en el cagadero, se guarda en un bolsillo ajeno y se cambia por migajas diplomáticas. Nadie firma con sangre, pero todos saben que el precio se paga en generaciones. Y el lápiz sigue temblando. En tanto, la mansión Mar-a-Lago, descansa sobre el arrecife de coral con hormigón y acero, resistente a huracanes. Y, salones con detalles en oro de 24 quilates, columnas doradas, lámparas de cristal de roca y mármol italiano, agradecen a la Carta Rolston.

Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Se derramó el azúcar… esa que viene de las zafras de países de América Latina, esa que un día hizo de Haití la “Reina de los Mares”, esa que se cosecha con fuego ardiente en todo el cuerpo y sudor en la frente de hombres y mujeres que madrugan a las 4:00 de la mañana con machete en mano, enfundado en rústica vaina hecha con tubo de polietileno. Aquel extranjero malnacido, ve a ese obrero de la construcción, saliendo de la basura, convertido en presidente con cierta torpeza de gestos, trato autóctono y sin saber dónde o cómo pararse o dónde poner las manos, si atrás o adelante, mientras “el chele” lo mira de reojo con alguna furia contenida por percepción falsa de los “hoyos de mierda”, gravita en el ambiente algún mandato inconcluso, racismo y el complejo inseguro vestido de arrogancia. Por momentos se le cruza la mala idea de llamar al ICE, pero se detiene al sentir que un país huele a guayaba y a india virgen y dormida en América Central.

Imagen oficial de la reunión entre Donald Trump y Nasry Asfura este sábado.

Mientras aquel señor con semblante de respeto aldeano, de hombre sincero, embutido en sus burritos, recuerda las palabras de su canciller, aprendidas en diálogos afeminados con presentadores de televisión o con viejas momias de “Banana Man” que hablan bajito y riéndose para no ganarse el desprecio y una puteada del extranjero. Y, aquel hombre que solo recuerda dos palabras “racha” y “trabajo”, los recuerda: —Señor presidente, por favor, se lo suplico, se lo imploro, no lo haga enojar, si el señor naranja le grita, solo agache la cabeza, si le dice algo que no entiende solo dígale que “si”, no lo mire directo a los ojos, juegue sus ojos de la nariz a la frente de él, no piense, no murmure… por favor, no respire— y aquel hombre sin cuna noble y lejano del talento diplomático, cumplirá su misión, no dirá nada, tomará nota y regresará a su Banana Republic.

La opositora venezolana Corina Machado entregando su Premio Nobel a Trump.

Una débil mano sujeta un lápiz, tembloroso deberá volver a escribir como Bart Simpson: “Jamás debemos pensar como país soberano, debemos obedecer y agachar la cabeza”, y repetía y repetía como si siguiera el rezo del misterio en las 59 cuentas de un rosario, hasta que llega la hora — Entonces aquel hijo de inmigrantes, que detesta a los inmigrantes — Comienza a dictar las ordenes para el país tropical, será la nueva “Carta Rolston” para la reina de las flores y, nadie, pero nadie dirá que no. Cuatro ancianos arrugados desde un programa de televisión ya demasiado viejo, aplauden la sumisión, los labios flojos son una manguera tirando saliva malinche, aquellos cadáveres que murieron hace muchos años —solo que aún no lo saben— braman, saborean, disfrutan ese sensación mental del yugo sobre el lomo, eso que fueron durante toda una vida inútil para el país, pero provechosa para ellos, arrastrarse les permitió cargos públicos y billete fácil para educar a sus hijos en el extranjero, y, aunque les abrieran la jaula para que sean libres al borde de sus tumbas, la volverían a cerrar porqué no sabrían qué hacer si dejan de humillarse y de traicionar al pueblo, los marea, aturde, confunde… Extasiados imaginan su gobernante hincado y mueren en imaginarios orgasmos de patriotas, llamándose demócratas, no por su tierra, sino por el partido que siguen en el norte.

Previo a declarar en tribunales por corrupción, Asfura se asomó a una ventana del edificio judicial para saludar a militantes que llegaron a apoyarle.

—Deja de estar viendo mis perros robots que cuidan mis jardines, comienza a tomar nota: Lo más importante y que entendás es que vos me pertenecés, sos mi objeto, mi cosa, yo te nombré y sabés que no había ninguna oportunidad de ganar hasta que aparecí en tu vida, eras el tercero en la votación, okey? Do you understand? —dice con aire despectivo el amigo de Epstein y por eso mismo carga juicios de los más aberrantes para cualquier ser humano; en tanto nuestro hombre, se hace pequeño como en el cuento de “Alicia en el país de las Maravillas”, solo que sin magia, sin inspiración, desaparecido y se paga recompensa por el carácter que esta alma ya no encontró; en segundo lugar vamos a habilitar las ZEDE, es un negocio de un gran amigo mío, me interesa que esté feliz, lo vas a conocer, es muy agradable y ama las mascotas africanas.

En la gráfica Juan Hernández y el presidente nacionalista Ricardo Maduro (2002-2006), quien también es «accionista» de las ZEDE.

Mientras el señor de los burritos con la cabeza agachada solo apunta con un lápiz de carbón que siempre usa por ahorro y conciencia ambiental, escribe despacio para como mesero en restaurante o tomador de pedidos. —Continuamos —No es menos importante que acepten el mismo acuerdo de Bukele, ese es un buen muchacho, El Salvador está saliendo adelante, aprendé lo bueno, igual que la democracia que llevamos con el Comando Sur cuando llega a Haití o a Honduras. Mirá, Bukele llegará lejos o a alguna de sus mismas cárceles, pero algún lugar llegará (se ríe moviéndose todo su cuerpo), es decir: Honduras será un “país” seguro para migrantes que los Estados Unidos mandemos, entregaran todas sus riquezas naturales bajo contratos estadounidenses y sin posturas comunistas, mirá por eso perdieron las elecciones esos que estaban, obviamente deben volver al CIADI y que el pago de la deuda a nuestras empresas no se atrase ni un segundo, okey? Do you understand?

Finalmente necesito un “pez gordo”, vamos a usar la extradición como moneda de cambio, en algún momento, cualquiera de mis “empleados hondureños” se va a contactar con vos, okey? Y debés saber que ellos llevan mis órdenes, cuando pida alguna mierda deberá cumplirse ¿Okey? do you listen to me? —Yes, Míster! — responde desde la poca cosa aquel hombre que juró, protegería la soberanía de un país. A cambio tendrán, como regalo de un “dios” misericordioso, ampliación del TPS y alguna rebaja en los aranceles. Hace más de un siglo, los “americanos” los tenemos medidos a ustedes, siguió Trump, a tus paisanos solo dales dinero y los tenés tranquilos, a los del poder de tu país nada les importará, ellos solo quieren la visa “americana” para gastar el capital que le chupan a tu país mierdero, más que sus propios intereses y seguirse revolcando en cantidades obscenas de “pisto”, mientras la pobreza sea un monstruo que devorará al miserable. Pero fíjate que hay hondureños que me caen muy bien, conocí uno en la universidad. Y, como siempre fue, como nunca debió dejar de ser. El “Señor de las moscas” ha vuelto a la granja.

Samuel Zemurray, «The Banana Man», fundó la Cuyamel Fruit Company y después presidió la United Fruit Company protagonista en la construcción de Honduras como «Banana Republic».

El modelo ya está probado una y otra vez, y funciona para la Honduras de aquí y para la Honduras de allá en el norte, convertir la miseria en servicio de cambio para que nada cambie, con moneda y dignidad devaluada, el encierro en negocio, el miedo en política pública. Se aplaude al alumno obediente que aprendió rápido que gobernar no es decidir, sino cumplir y durísimo con el paisano: destierro, encierro y entierro como dicen los gringos “si vienes a nuestras fronteras, seguro estarás muerto”. Se le llama moderno, pragmático, eficiente, mientras se naturaliza que un país sea depósito de desechos humanos, almacén de culpas ajenas, patio trasero con candado nuevo y llave vieja. Los comentaristas celebran el orden, repiten consignas, se envuelven en banderas que no les pertenecen. Hablan de estabilidad como si no oliera a muerte, de inversión como si no viniera con grilletes. Y así, poco a poco, la dignidad se vuelve un lujo ideológico, la crítica una traición, la sumisión una virtud nacional. El guion no lo escriben aquí, pero se actúa con entusiasmo, porque el aplauso del amo siempre ha sido la única ambición de los mediocres, sin embargo, es perdonable la humillación en el miserable, pero es despreciable la sumisión del que tiene riquezas para veinte generaciones, esos son los verdaderos condenados de la tierra, el honor y la clase no se compran con tarjetas de crédito, ni se guarda en cajas de caudales en Suiza o New York.

En septiembre 2019, Trump (A casi dos años de la imposición de Hernánez), accedió a conocer al líder nacionalista; el encuentro no fue en la Casa Blanca y ese día también se habló solo de migración, seguridad y «comercio».

No se trata de recursos naturales ni de tratados comerciales escritos en sánscrito: es algo más profundo y viejo. Se trata de poder, quién manda y quién obedece, quién dicta y quién baja la cabeza, y esa ha sido la consigna de la clase política del patio, la tratan de igual manera, y, por tanto, responsables directos del monstruoso atraso social y económico de la nación hondureña. Y eso, a largo plazo, es más devastador, porque un país que aprende a verse como objeto termina aceptando cualquier precio por existir y mientras el mundo discute cifras, vuelos y cárceles, aquí seguimos aprendiendo a callar, a agradecer el castigo, a confundir protección con jaula. La historia no absuelve a los sumisos, solo los repite, este libreto, por desgracia, ya lo conocemos de memoria.

Una anciana hondureña sostiene la bandera de EE.UU. en las afueras del Congreso donde se realizó la toma de mando de Nasry Asfura.

La noche cae en Mar-a-Lago, la mansión, residencia principal de Donald Trump en Florida, situada en Palm Beach, y una caravana del Servicio Secreto toma el Southern Boulevard, tramo recientemente renombrado como “President Donald J. Trump Boulevard”, en una de las 30 camionetas blindadas Chevrolet Suburban va nuestro hombre, Tahoe para los equipos de respuesta rápida y contramedidas electrónicas. Van también modelos recientes de GM como el Cadillac CT5 y Chevy Colorado para diversas funciones de apoyo logístico. No dará conferencia de prensa, su mente y su cuerpo es solo mi pincelazo en aquello que ha visto, y no puede evitar pensarlo, viene de una mansión anclada sobre un arrecife de coral con hormigón y acero para hacerla resistente a huracanes. Salones con detalles en oro de 24 quilates, columnas doradas, lámparas de cristal de roca y mármol italiano. Posee un salón de estar de 167 metros cuadrados con techos de 12 metros de altura. 126 habitaciones en una propiedad de aproximadamente 7 u 8 hectáreas (20 acres). No entendió cuando le explicaron que Mar-a-Lago es un hito histórico nacional construido en la década de 1920, con un estilo hispano-morisco y mediterráneo. Y nuestro hombre sintió miedo a desobedecer y también pensó en lo atrasado que estamos los hondureños y Honduras. Avanti.

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