Mis avisados amigos y amigas, ustedes que todo lo saben y todo ven, resuelvan este acertijo: la rapaz águila calva cerró 2025 con una deuda pública impagable de 38 billones de dólares y el “señor naranja”, aprobó 900,000 millones de dólares para su ejército que solo gana guerras de verdad en Hollywood, ¿de dónde saca ese billete el Departamento del Tesoro? Si, exacto, más deuda, por eso la calva anda volando vendiendo petróleo de Venezuela. Es suficiente ¡Noooo queridas! Eso explica también la injerencia descarada en “Legoland”. Los fuertes no usan la fuerza, sólo los débiles.
En la honduras de “Legoland”, el paralelismo es brutal. El sistema colapsó igual que el Senado de las Galaxias, lleno de discursos vacíos, crimen con disfraz de votaciones y una clase política convertida en redes. Nadie cree, pero todos siguen actuando el papel de hacerse los pendejos. Los traidores de los Jedi aplaudieron a Palpatine, abandonaron cualquier idea de república real, ya no producen, administran órdenes de otros. Su único negocio viable es “El Pueblo Hondureño S.A.”, una corporación sin ética ni futuro.
Cuando dejaron de ser útiles como intermediarios, el imperio no negoció más con las humilladas malinches que guardan su patio trasero”, se impuso a punta de verga como Toño se quedó hasta morir como diputado, tal como el Canciller Supremo disolvió la parodia de República con aplausos. Desde la Carta Rolston —nuestro decreto no escrito— hasta hoy, todo estaba previsto, Honduras no es sujeto político, es plataforma territorial estratégica. No es república, es plantación bananera y, los capataces inician labores de finca.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. Estados Unidos no gobierna: administra el caos, como la República Galáctica en sus últimos días, cuando el Senado seguía sesionando mientras todo ya estaba decidido. El centro del imperio está corroído por dentro: zombis químicos vagan por ciudades quebradas, la economía se sostiene con deuda infinita y la moral fue sacrificada en nombre de la “seguridad”. Exactamente como en Coruscant, donde el miedo fue convertido en doctrina, el desorden en excusa y la emergencia en forma permanente de gobierno. Para que el sistema pudiera sobrevivir un día más, hubo que declarar estados de excepción, guerras eternas y enemigos convenientes.
Y como toda república en decadencia, necesitó sacrificar territorios periféricos para conservar la ilusión de estabilidad en el centro. Honduras ocupa ese lugar, planeta externo, prescindible, ofrecido como tributo. Ya no se trata de diplomacia ni de cooperación, sino de obediencia. La transición no fue anunciada como tiranía, sino como necesidad, así nacen los imperios, prometiendo orden mientras ejecutan sometimiento. Estados Unidos arrastra una crisis que no puede maquillar: más del 60 por ciento de su población identifica la inflación y el deterioro económico como el principal problema nacional; entre el 50 y el 65 por ciento señala el colapso del sistema de salud y sus costos impagables y, alrededor del 40 por ciento, vive con la percepción constante de inseguridad, violencia y crimen, un cóctel que explica por qué un territorio en ruinas busca sobrevivir sacrificando otras.


En Honduras, el paralelismo es brutal. El sistema colapsó igual que el Senado: lleno de discursos vacíos, votaciones inútiles y una clase política convertida en decorado. Nadie cree, pero todos siguen actuando. Los empresarios, como los gremios que aplaudieron a Palpatine, abandonaron cualquier idea de república real, ya no producen, administran órdenes de otros. Su único negocio viable es “El Pueblo Hondureño S.A.”, una corporación sin ética ni futuro. Cuando dejaron de ser útiles como intermediarios, el imperio no negoció más: se impuso, tal como el Canciller Supremo disolvió la República con aplausos. Desde la Carta Rolston —nuestro decreto no escrito— hasta hoy, todo estaba previsto: Honduras no es sujeto político, es plataforma estratégica territorial. No es república, es plantación. La diferencia es que ahora no hay Jedi que se opongan ni Senado que disimule. El Imperio ya no finge. Somos una “banana republic”, y la tragedia mayor no es que lo declaren desde afuera, sino que aquí, como en la galaxia, muchos aplaudieron el nacimiento del Imperio creyendo que traería orden.


Los últimos procesos electorales le enseñaron algo poderoso al “Águila”, todo el sistema colapsó, los viejos dioses que alguna vez fueron respetados cayeron, las instituciones perdieron su valor, los partidos políticos tradicionales incapaces de ganar una elección tuvieron que ser lo más asquerosamente descarados para imponerse, el narcotráfico llegó a sentarse en la presidencia del país, los oenegés financiadas y los medios neotradicionales, entre desprestigio y ningún impacto; el sistema perdió el control de la población, un hondureño que destruyó 200 años, en solo 4, como pasó en la última elección, el hondureño no votó por el Partido Liberal, sino por Salvador Nasralla, no porqué sea un genio, sino porqué para las personas aún es una opción, el hondureño es un nómada que sigue caminado y buscando su propio rumbo y Estados Unidos lo sabe. ¿Qué hará entonces el Partido Nacional?


Como espectro del infierno, el PN tomó el último hálito del PL, quien ya en una cama agonizante le cedió todo lo que pudo a su criminal hermano. ¿Estamos asegurando que estas estructuras ya no le sirven al intervencionista país? ¡No! Sin embargo, análisis con proyección ya han comenzado a dejar de ser opción. La historia de crimen que los persigue y la evolución del hondureño son los dos agujeros negros que juegan en su contra; por eso, antes que agradecer al hondureño, los azules se fueron a EEUU e Israel, fueron sentados (y obviamente puteados) sobre cuál será el guion: para comenzar, que le bajen 3 rayitas a la corrupción, que intenten no robar tanto; cuidado con el tema de los asesinatos selectivos de personas que son opuestos y, por favor, comenzar a modernizarse, ya sacar gente como el cachetón, que el alma ya se le refleja en el físico y quizá así… tener una opción de ganar 4 años más. Si no, posiblemente manifestaciones masivas los devorarán.


Claro, también se comenzarán a perfilar nuevos “outsiders”, que sigan el mismo patrón del viejo bipartidismo, como un Callejas en los 90, que representó al menos un cambio en la cara del partido, dándole aquellos ancianos rancheros un aire a modernidad. Todo acompañado de un enorme banquete y lo que deberá servir sobre la mesa es la cabeza de Libertad y Refundación; jamás deberá ese partido al poder. Si los operadores mediáticos antes estuvieron enfocados en sacarlos del poder, ahora será instalar la matriz de comunicación de que son los más corruptos; tendrán persecución, serán condenados hasta por una pajilla de más que hayan tomado. Pues, aunque Libre no es el partido perfecto, es lo más cercano a una alternativa para el pueblo; por lo obvio, el poder no está en un “mundo feliz”.


La historia demuestra que cuando los imperios entran en su fase terminal, ya no buscan aliados, solo seres obedientes del desastre. Honduras no está siendo gobernada: está siendo gestionada como zona de sacrificio. El error es creer que esto se resuelve en una elección o con un cambio de rostros. El guion ya está escrito y se repite: miedo, desgaste, imposición y luego aplausos. Pero hay una variable que el imperio no controla del todo: la conciencia popular. El hondureño dejó de creer en salvadores, partidos y promesas importadas; camina, observa, compara y aprende. Por eso el sistema tiembla. Por eso necesitan imponer antes que convencer; como en toda caída imperial, el peligro no es solo la fuerza del poder, sino la tentación de obedecerlo para “evitar el caos”. Ahí es donde nacen los imperios y mueren las repúblicas. Honduras está en ese umbral. O acepta definitivamente su papel de plantación administrada, o rompe el ciclo histórico que la condenó a ser moneda de cambio. En la galaxia y en la vida real, cuando el Imperio deja de fingir, resistir deja de ser una consigna y se convierte en una necesidad histórica, antes que Honduras sea una enorme ZEDE. Avanti.

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