Nasralla no fue derrotado por el fraude, sino por incapacidad de sostenerse con firmeza cuando el poder dejó de aplaudirlo. Lo traicionó el partido que nunca tuvo, lo ignoró su propia representación en el CNE que, en vez de dignidad, se fue a esconder a la embajada que robó el triunfo de su líder. El sistema en que creyó, terminó devorándolo, ahora mismo Salazar, Cossette y Ana, se cagan de la risa por “Zoom”.
Salvador hizo campaña afuera intentando convencer a Washington y hasta el perrito Milei se mofó de él; la historia hondureña no condena al que pierde, sino al que no pelea. Atrapado en su propio reflejo se condena a sí mismo y busca excusas de consuelo, en su cabeza aún resuenan los reclamos de 2017 –nunca estuvo tan cerca de ser presidente–, abandonó a quienes hicieron lo que él no hará, luchar con disciplina y constancia, Castro le demostró que las presidencias no se ganan con marcas en papeleta.
Filosóficamente, Nasralla está atrapado en el “yo”, su lucha fue –y es– simbolismo, en el espacio cómodo pelea con cualquiera, en las calles no lo ven; se cumplieron las advertencias que despreció, y aun así eligió el silencio. Rogó a los “cheles” con devoción, confió en Trump, Rubio y Salazar como si la política imperial tuviera gratitud, y terminó arrojado a los lobos.
Reflexión
EL LIBERTADOR
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Tegucigalpa. —¿Por qué no luché por mi victoria, por quéeee? —se pregunta y repite así mismo Salvador Nasralla, viéndose al espejo sin poder ordenar las emociones que lo sacuden desde el revuelto inconsciente infantil— No fue el fraude que lo detuvo, sino ese “Escudo de Cristal” que lo acompaña desde siempre: protección frágil pero efectiva, hecha de excusas brillantes, quiebres teatrales y saltitos los domingos. Desde ese blindaje psicológico cualquier golpe externo se convierte en justificación íntima para retirarse. Nasralla no enfrenta; se repliega, no embiste; explica. Su personalidad errática, lejos de ser rebeldía, es oscilación constante entre la euforia del aplauso y el pánico al conflicto real. Su lucha es simbólica, no exige disciplina, ni sacrificio, mientras no le obligue a sostener una línea de carácter firme más allá del micrófono. Defender una victoria implica soportar presión, traición, desgaste y, eso, requiere templanza, impulso enérgico, valentía, no solo… maquillaje y repartir zambos con chile. El cristal lo protege del dolor, sí, pero también lo condena a mirar la historia desde afuera, como comentarista de su propio fracaso. “Me engañaron”, será su epitafio, un día sin importancia y sin lluvia.


—Tal vez no me enfrenté a nadie porque ganar me habría desnudado —continúa, ya sin cosmético, aquella vocesita que evade el grito interior—. Ahí aparece el narcisismo extraño, no el arrogante público, sino el inseguro, ese que necesita perder para seguir siendo el héroe moral, el incomprendido perpetuo, el hombre al que siempre “le deben algo”, el “más inteligente de Honduras”, el que enseñó el beso en el cachete. Filosóficamente, Nasralla es rehén de un “yo” que no tolera límites; psicológicamente, huye de toda confrontación que no pueda controlar. Ganar de verdad habría significado dejar de ser víctima, asumir responsabilidades, construir poder colectivo y no solo un logro personal, trabajar de verdad por un objetivo más grande que él. Y eso es insoportable para quien vive del reflejo, no de la estructura. La derrota, en cambio, es cómoda: permite conservar la pureza, la indignación intacta, el personaje sin fisuras. No peleó su victoria porque luchar exigía romper el cristal, aceptar el barro, mancharse las manos. Y sin ese escudo, sin ese mito, Salvador Nasralla habría tenido que enfrentarse no al sistema… sino a sí mismo.


En este país, que está en la olorosa cintura central del continente americano, la gente busca desesperadamente generar cambios en su vida, el péndulo de la ignorancia y la superstición vuelan en escobas sobre los techos improvisados y derrumbados por los huracanes… naturales y los provocados por la miseria; un gringo se asoma y con su cara de imbécil decide, ordena e impone su candidato, alguien con la hoz en la mano, un partido político que es una estructura criminal, con lideres en sus filas presos por narcotráfico, que humillaron a su base militante con mostaza y 50 lempiras, una y otra vez… y son ellos mismos quienes vuelven a votar por su verdugo, el esclavo recogiendo el látigo para ser golpeado; mientras un puñado de gringos, que no creen que las vírgenes aparecen en el pan blanco se burla de un territorio, un expaís, una pequeña isla de nómadas que van perdiendo el territorio, su población y finalmente el sentido de vivir… ¿Cuánta vergüenza sentiría Morazán o Cabañas? Mientras aquí, el ganador se esconde debajo de la mesa y entre llantos suspira… “es que los comunistas…”.


El capítulo de los gringos es quizá el más humillante de todos. Desde Donald Trump hasta Marco Rubio, pasando por Salazar y la fauna diplomática de turno, Nasralla decidió hacer campaña presidencial fuera del país, hablándole más a Washington que a Honduras, creyendo que la bendición extranjera sustituía el arraigo popular y el carácter político. Sirvió a los “cheles” con disciplina de alumno que quiere ser admirado por el maestro, repitió sus consignas, acomodó su discurso y esperó el premio. Pero la política imperial no tiene gratitud: cuando dejó de ser útil, lo arrojaron a los lobos como a un niño solo en la noche. Vinieron entonces la traición y humillación: lo vincularon al narcotráfico, lo amenazaron con quitarle la visa, lo exhibieron como descartable. Y, aun así, Nasralla guardó silencio. No respondió al insulto ni defendió su dignidad. Porque quien construye su poder fuera de casa, termina mendigando respeto donde nunca fue igual. Y el silencio, en este caso, no fue prudencia, fue sumisión. Apenas el murmullo de Iroska se escucha.


Lo mayor crueldad para Salvador Nasralla no fue el fraude ni la derrota, sino la traición silenciosa de su propio partido, ese que lo usó como rostro y lo dejó solo cuando el costo político empezó a cobrarse. Muchas de las advertencias que LIBRE lanzó —y que él despreció— se cumplieron una a una, como guion anunciado que decidió no leer. El sistema que creyó servía, terminó devorándolo, y ni siquiera su supuesta representación institucional respondió: Ana Paola Hall, su cuadro en el CNE, no le hace caso, no lo defiende, no lo escucha, más bien se ponen de acuerdo Cossette para enviar el mismo “X”, al mismo tiempo ¡increíble estas señoras ya tan mayores y tan picaras! Ahí se revela el vacío real del poder: no basta con ganar en números si no se construye lealtad, estructura y mando. Nasralla quedó atrapado entre un partido que lo traicionó, un aparato que lo ignoró y una narrativa que se le vino encima como búmeran, cada palabra regresó a golpearle la cara y la vanidad. Otra vez, eligió explicar en lugar de enfrentar. Y en política, cuando nadie te obedece, no es conspiración, es soledad.


Al final, Nasralla no fue derrotado por el fraude, sino por su incapacidad de sostenerse con firmeza cuando el poder dejó de aplaudirlo. Lo traicionó su partido, lo ignoró su propia representación en el CNE, se cumplieron las advertencias que despreció, y aun así eligió el silencio. Hizo campaña fuera del país, sirvió a los cheles con devoción, confió en Trump, Rubio y Salazar como si la política imperial tuviera gratitud, y terminó arrojado a los lobos: señalado, humillado, vinculado al narco, amenazado con la visa. Y no respondió. En un país convertido en territorio de burla, donde el verdugo gana elecciones y el esclavo recoge el látigo, el supuesto ganador se escondió bajo la mesa. No faltaron votos, ni discursos, ni advertencias: faltó carácter. La historia hondureña no condena al que pierde, sino al que no pelea lo que dice haber ganado. Y mientras Honduras sigue desangrándose entre la miseria y la risa extranjera, Nasralla permanece ahí, intacto y estéril, protegido por su “Escudo de Cristal”, viendo cómo otros deciden lo que él nunca se atrevió a defender. Deje de ver la pantalla del CNE, desde la embajada convertida en hotel, ya días se tiene al ganador y Salvador… no hará nada. Avanti.

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