La muerte de Mario de Mezapa deja un profundo silencio en los escenarios y en la comunidad artística hondureña, donde su voz, su canto y su compromiso con el arte —como forma de resistencia— marcaron generaciones.
Redacción Central / EL LIBERTADOR
Tegucigalpa. La historia del niño que, gracias al regalo de una guitarra, impactó la sociedad con su música protesta, se ha elevado más allá de la vida, ha muerto Mario de Mezapa. Con profundo dolor, la madrugada de este lunes, familiares comunicaron el fallecimiento de Mario Ernesto Castro, conocido artísticamente como Mario de Mezapa,
Originario de Mezapa, Atlántida, Mario fue un cantautor campesino que desde los años de 1970 mezcló la música con la denuncia social, contando en sus versos las historias y las resistencias del campo hondureño. Su voz —rasgada, cálida y directa— se volvió presencia en festivales, peñas y encuentros donde la canción popular se hizo memoria.
La trayectoria de Mario nació en la práctica y en la conciencia política. Inició como cantautor y se vinculó desde temprano al movimiento campesino, actividad que marcó su repertorio y su compromiso.
Su obra recoge relatos de labor, desplazamiento, injusticia y humor popular; canciones como las incluidas en su disco De Sucias, Cadejos y Cucuruchos y temas emblemáticos como “Todo es del patrón” lo convirtieron en una voz reconocible dentro y fuera de los círculos rurales.
Más que títulos académicos, su formación fue fruto del aprendizaje colectivo, la guitarra heredada en la escuela y el pulso de la calle.
El Grupo Teatral Bambú, con el que mantuvo una relación creativa y fraterna, expresó su profundo duelo y lo recordó como un aliado, amigo y hermano de la familia bambucina.
Bambú resaltó su presencia en el Festival Bambú y en los Encuentros de Cuentacuentos “Pa’ que te cuento”, donde su voz y su canto iluminaban tanto el escenario como el encuentro humano; su paso por estos espacios consolidó lazos con generaciones de narradores y músicos. Las muestras de aflicción se multiplicaron en las redes y en teatros, donde colegas y públicos revivieron anécdotas de sus presentaciones.
Artistas como la cantautora hondureña, Karla Lara, y gestores culturales recordaron su sensibilidad, coherencia ética y entrega a las causas sociales. Para quienes trabajaron junto a él, Mario no entendía el arte como un espectáculo vacío; su canto fue siempre herramienta de construcción comunitaria, acompañamiento en procesos y llamada a la reflexión.
Su compromiso con la memoria popular y la dignidad del campesinado lo convirtieron en referente para nuevos creadores que ven en la canción un acto político y afectivo.
Hoy la escena hondureña despide al creador y al ser humano generoso que dejó huella en cada espacio que habitó. Aunque la información completa sobre su biografía —fechas exactas, estudios formales o catálogos extensos de obra— aún requiere sistematización, su legado está vivo en las cantinas, en los festivales y en la memoria de quienes lo escucharon.
Como expresó su comunidad artística: su voz no se apaga; seguirá resonando en el canto compartido y en las causas que defendió con dignidad. Mario de Mezapa se va, pero su palabra, su música y su compromiso continúan caminando con quienes creen que el arte, nacido del pueblo, nunca muere.

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