El Aeropuerto El Dorado, «corazón aéreo» de Colombia, vibra entre despegues, lágrimas y flores de exportación, mil emociones. Más que una terminal, es un punto neurálgico que enlaza a América Latina con el mundo, funcionando con precisión, una Suiza en medio del frío bogotano, así lo describe la periodista de EL LIBERTADOR, Francis Juanez.
Redacción Central / EL LIBERTADOR*
Bogotá. Son apenas las tres de la tarde, pero el cielo gris y una temperatura de 12 grados Celsius envuelven al Aeropuerto Internacional El Dorado en una atmósfera gélida y densa.
El viento corta la piel con suavidad, pero con constancia, mientras cientos de viajeros apresuran el paso por las explanadas y pasillos, arrastrando maletas, abrigos y una mezcla de nerviosismo y expectativa.
Ubicado al occidente de la capital colombiana, El Dorado no solo es el principal aeropuerto del país, sino también un titán logístico de América Latina. En medio de una tarde fría como tantas en la sabana bogotana, se revela su rostro más humano.
Por las amplias ventanas del segundo piso, se observa el incesante movimiento de aviones aterrizando y despegando. A lo lejos, las montañas que rodean Bogotá se asoman como testigos de esta colmena moderna.
En la terminal de carga, el movimiento no se detiene ni un segundo. Contenedores con flores, café, textiles y productos farmacéuticos se alinean como piezas de ajedrez en una logística perfecta. El Dorado lidera también el transporte de carga en la región, con conexiones que cruzan el Atlántico, el Caribe y llegan hasta Asia.
“Todo aquí se mueve como un reloj suizo, incluso cuando hay tormentas, protestas o congestiones”, comenta una funcionaria de Migración, envuelta en una bufanda, mientras orienta a una familia de turistas canadienses.
Una pareja de adultos mayores se despide de su hija entre lágrimas, justo al lado de una joven que escribe apresurada en su laptop antes de abordar un vuelo hacia Madrid.
En El Dorado, cada historia se entrelaza con otra, como las rutas que parten y convergen en sus pistas.
Es un escenario donde la distancia se acorta con un abrazo, donde el negocio y la nostalgia viajan en la misma maleta.
Entre el murmullo de motores y el aroma local, este aeropuerto late con el pulso de una ciudad que nunca deja de moverse, recordando que, en el aire, las despedidas y los reencuentros son solo escalas de un mismo viaje.
Francis Juanez, enviada especial de EL LIBERTADOR.












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